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Hombres de armas [Men at Arms - es]

Электронная книга - «Hombres de armas [Men at Arms - es]». Краткое содержание книги:

“¡Sé un HOMBRE en la Guardia de la Ciudad! ¡La Guardia de la Ciudad necesita HOMBRES!”
Hasta ahora, sin embargo, la Guardia Nocturna solo cuenta con el cabo Zanahoria (técnicamente un enano), el agente Cuddy (realmente un enano), el agente Detritus (un troll), la agente Angua (una mujer… la mayor parte del tiempo) y el cabo Nobbs (descalifica do de la carrera evolutiva por hacer trampas).
Y necesitan toda la ayuda que puedan conseguir. Porque hay un asesino suelto en las calles, con un arma nueva y mortífera y, lo más peligroso, un PLAN para devolver a la ciudad de Ankh-Morpork su grandeza perdida. Además, el misterio debe resolverse antes del mediodía, cuando el capitán Vimes devolverá su placa y se casará con la mujer más rica de la ciudad. Comparado con lo que les viene ahora, acabar con aquel dragón que atacó la ciudad hace un tiempo resultó fácil, ¡enfrentarse a un ejército de enanos sería más fácil! Y si la tarea es incluso complicada para un cuerpo de vigilancia normal, para la Guardia Nocturna puede convertirse en un quebradero de cabeza… literalmente.
Una espléndida novela de acción, misterio y humor, Hombres de armas es la decimoquinta entrega de la conocida serie Mundodisco.
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Después leyó el informe de Cuddy, escrito en la cuidadosa caligrafía angular de alguien más acostumbrado a las runas. Y las sagas.

Capitán Vimes, la aqví presente es la crónica de mí, el agente Cvddy. Lvminosa era la mañana y brillaba el sol sobre nvestras cabezas cvando procedimos al Gremio de Alqvimistas, donde acontecieron los acontecimientos qve ahora cantaré. Estos inclvyeron bolas qve hacían explosión. En cvanto a la epopeya a la cval habíamos sido enviados, fvimos informados de qve el papel anexo [anexo] hallábase escrito en la letra de Leonardo da Qvirm, qvien se desvaneció en misteriosas circvnstancias. Versa sobre cómo hacer vn polvo llamado pólvora Nvmero 1, el cval se utiliza en fvegos artificiales. El señor Silverfish el alqvimista dice qve cvalqvier alqvimista lo conoce. También, en el margen del papel, hay vn dibvjo de lo qve se conoce como El Debólver, porqve le pregvnté acerca de Leonardo a mi primo y él solía venderle tubos de pintvra a Leonardo y reconoció la letra y dijo qve Leonardo siempre escribía de atrás hacia delante porqve era vn genio. He copiado lo mismo en este lvgar.

Vimes dejó los papeles sobre la mesa y puso el trozo de metal encima de ellos.

Luego metió la mano en el bolsillo y sacó de él un par de piezas de metal.

Un palo, había dicho la gárgola.

Vimes contempló el dibujo. Se parecía mucho, tal como había observado Cuddy, a la culata de una ballesta con un tubo encima. Junto a él había unos cuantos esbozos de extraños artilugios mecánicos, y un par de las cositas de seis tubos. Todo el dibujo parecía una especie de garabato. Alguien, posiblemente el tal Leonardo, había estado leyendo un libro acerca de los fuegos artificiales y luego se había dedicado a dibujar en los márgenes.

Fuegos artificiales.

Bueno… ¿fuegos artificiales? Pero los fuegos artificiales no eran un arma. Los petardos hacían pum. Los cohetes subían, más o menos, pero lo único a lo que podías estar seguro de que terminarían dándole era al cielo.

Martillogrande había llegado a hacerse famoso por su habilidad con los mecanismos. Aquello no era un atributo muy habitual entre los enanos. La gente creía que sí, pero no lo era. Los enanos eran muy hábiles con el metal, y hacían buenas espadas y joyas, pero no eran demasiado técnicos cuando se trataba de cosas como los engranajes y los resortes. Martillogrande había sido un caso poco habitual.

Así pues…

Suponiendo que hubiera un arma. Suponiendo que hubiera algo en ella que fuese distinto, extraño, aterrador.

No, no podía tratarse de eso. O terminaría hallándose disponible en todas partes, o sería destruida. No terminaría en el museo del Gremio de Asesinos. ¿Qué se colocaba en los museos? Cosas que no habían funcionado, o que se habían perdido, o que debieran recordarse… así que ¿dónde podía estar el sentido de exhibir nuestro palo de fuego?

Recordó que había muchísimas cerraduras en la puerta. Así que… no se trataba de un museo en el que se pudiera entrar como si tal cosa. Quizá había que ser un asesino que hubiese llegado muy arriba, y entonces un día uno de los líderes del Gremio de Asesinos te llevaba allí a altas horas de la noche, cuando todo parecía estar muerto, ja, y decía… y decía…

Por alguna razón inexplicable, el rostro del patricio surgió de la nada llegado a aquel punto.

Vimes volvió a sentir el contorno de algo, alguna cosa fundamental que se hallaba presente en el centro de todo aquello…

—¿Adónde ha ido? ¿Adónde ha ido?

Había un laberinto de callejones alrededor de las puertas. Cuddy se apoyó en una pared y trató de recuperar el aliento.

—¡Allá va! —gritó Detritus—. ¡Por el Camino de la Barba de Ballena!

El troll fue tras él con sus pesados andares.

Vimes dejó la taza de café encima de la mesa.

La persona que le había disparado aquellas bolas de plomo había sido muy precisa para estar a varios centenares de metros de distancia, y había efectuado seis disparos más deprisa de lo que nadie podía llegar a disparar una flecha.

Vimes cogió los tubos. Seis tubitos, seis disparos. Y podías llevar encima un bolsillo entero de aquellas cosas. Podías disparar más lejos, más deprisa, con más precisión de lo que podía llegar a hacerlo ninguna otra persona con cualquier otra clase de arma.

Bien. Un nuevo tipo de arma. Mucho, mucho más rápida que un arco. A los Asesinos no les iba a gustar nada aquello. No, no les iba a gustar en lo más mínimo. Ellos ni siquiera eran partidarios de los arcos. Los Asesinos preferían matar de cerca.

Así que habían dejado el… el debólver a buen recaudo poniéndolo bajo llave. Solo los dioses sabían cómo habían llegado a hacerse con él en un principio. Y unos cuantos asesinos veteranos estarían al corriente de su existencia. Transmitirían el secreto: tened mucho cuidado con cosas como esta…

—¡Ahí abajo! ¡Ha entrado en el callejón del Tanteo!

—¡Ve más despacio! ¡Ve más despacio!

—¿Por qué? —dijo Detritus.

—Es un callejón sin salida.

Los dos guardias se detuvieron.

Cuddy sabía que actualmente era el cerebro del equipo, por mucho que en aquel momento Detritus estuviera contando, con el rostro resplandeciendo de orgullo, las piedras en la pared que había detrás de él.

¿Por qué habían perseguido a alguien a través de media ciudad? Porque ese alguien había salido huyendo. Nadie huía de la Guardia. Los ladrones se limitaban a enseñar sus licencias. Los ladrones que carecían de licencia no tenían nada que temer de la Guardia, dado que reservaban todo su miedo para el Gremio de Ladrones. Los asesinos siempre obedecían al pie de la letra la ley. Y los hombres honrados no salían huyendo en cuanto veían a la Guardia.[18] Huir de la Guardia era decididamente sospechoso.

El origen del nombre del callejón del Tanteo estaba afortunadamente perdido en las famosas nieblas del tiempo, pero dicho nombre había llegado a ser muy merecido. El callejón había ido convirtiéndose en una especie de túnel a medida que se construían más almacenes superiores tanto fuera como por encima de él, dejando solo unos cuantos centímetros de cielo.

Cuddy echó un vistazo más allá de la esquina, intentando ver algo en la penumbra. Clic. Clic.

El sonido provenía del interior de la oscuridad.

—¿Detritus?

—¿Sí?

—¿Llevaba alguna arma?

—Nada más que un palo. Un palo.

—Es solo que… huelo a fuegos artificiales.

Cuddy volvió a meter la cabeza detrás de la esquina, haciéndola retroceder con mucho cuidado.

Había olido a fuegos artificiales en el taller de Martillogrande, y el señor Martillogrande había terminado con un gran agujero en el pecho. Y una sensación de terror con nombre, que es mucho más específico y aterrador que el terror innombrable, estaba empezando a apoderarse de Cuddy. Era similar a la sensación que experimentas cuando estás jugando a un juego donde las apuestas son muy altas y de pronto tu oponente sonríe, y entonces caes en la cuenta de que no conoces todas las reglas pero sabes que tendrás suerte si sales de ahí con tu camisa, y eso si eres muy afortunado.

Por otra parte… podía imaginarse la cara del sargento Colon. Perseguimos a ese hombre hasta un callejón, sargento, y luego nos fuimos…

Desenvainó su espada.

—¿Guardia interino Detritus?

—¿Sí, guardia interino Cuddy?

—Sígame.

¿Por qué? Aquel dichoso trasto estaba hecho de metal, ¿verdad? Diez minutos en un crisol caliente y fin del problema. Algo como aquello, algo peligroso, ¿por qué no limitarse a librarse de ello? ¿Por qué conservarlo?

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18

En estos momentos, el axioma «Los hombres honrados no tienen nada que temer de la policía» está siendo revisado por la Junta de Apelación de Axiomas.

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