Los hombres lloran solos
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los hombres lloran solos». Краткое содержание книги:
Hoy lanza al público su cuarto volumen, continuación de los tomos precedentes, decidido a convertir dicha trilogía en unos Episodios Nacionales a los que añadirá un quinto y un sexto volumen -cuyos borradores aguardan ya en su mesa de trabajo-, y que cronológicamente abarcarán hasta la muerte del general Franco, es decir, hasta noviembre de 1975. La razón de la tardanza en pergeñar el cuarto tomo se debe a dos circunstancias: al deseo de poderlo escribir sin el temor a la censura y a su pasión por los viajes, que se convirtieron en manantial de inspiración para escribir obras tan singulares como El escándalo de Tierra Santa, El escándalo del Islam, En Asia se muere bajo las estrellas, etc.
Con esta novela, Los hombres lloran solos, José María Gironella retorna a la entrañable aventura de la familia Alvear en la Gerona de la posguerra, a las peripecias de los exiliados y del maquis, sin olvidar el cruento desarrollo de la segunda guerra mundial. Los hombres lloran solos marcará sin duda un hito en la historia de la novela española contemporánea.»
Mateo la abrazó hasta casi sentir que le crujían los huesos. La lámpara del comedor parecía de plata.
Al separarse, Pilar se arregló el pelo y dijo:
– Es la primera vez que he sentido que algún día me olvidaré del lago limen…
Mateo abrió los ojos de par en par.
– De modo que… todavía tengo que esperar?
Pilar miró la mecedora en la que solía sentarse don Emilio Santos.
– No vamos a elegir precisamente el día de hoy para decir que hemos resucitado…
La reconciliación, una semana después, fue un hecho. Pilar volvió a llorar, pero esta vez de felicidad. Mateo volvió a juguetear con su mechero de yesca. Todavía no se atrevió a enseñarle las fotografías de Rusia, en las que se le veía también con gorro de astrakán o con casco alemán, sobre un fondo infinito de nieve. Pero todo se andaría. Por de pronto, gran alborozo en el piso de la Rambla. Matías y Carmen Elgazu abrazaron a su yerno. Matías le invitó a ir a pescar. Carmen Elgazu, a un plato de crema catalana. "No me preguntéis de dónde he sacado los ingredientes, no me lo preguntéis". El combate más duro se libró en el cerebro de Ignacio, quien acababa de defender, y ganar, otro pleito en la Audiencia referido a la compra ilegal de unos productos intervenidos. Ignacio no podía con el fanatismo de Mateo. Se dio cuenta de que éste no había abdicado de ninguna de sus ideas y que ni siquiera se quitaba de la camisa azul el emblema del Ejército alemán. Por si fuera poco -aunque esto suponía una gran ventaja-, volvía a disponer de coche oficial. Por el momento Mateo no podía conducir y se le asignó un chófer llamado Hernando, quien precisamente acababa de separarse de su mujer.
Ignacio abrazó a Mateo y volvió a sentir que le quería entrañablemente, como cuando ambos discutían bajo las arcadas de la Rambla el ser y no ser de España. También le vino a las mientes toda la película de su amistad. Mateo, imposible negarlo!, tenía una inteligencia desbordante, que se le manifestó muy precozmente. El primer diálogo no protocolario de ambos recordó una partida de ping pong.
– Aunque lo disimules, tú eres inteligente… -le dijo Ignacio.
– Me gustaría verte togado… -replicó Mateo-. La toga debe sentarte como a Cristo dos pistolas.
– No lo creas. Los hermanos Costa saben algo de eso…
– Los hermanos Costa perderán los pleitos pequeños, pero lo de más bulto, vaya usted, señor abogado, a comer ranas al restaurante de la Barca… -y Mateo echó una bocanada de humo al rostro de Ignacio.
– No me hagas estornudar, que me sé cuáles son tus puntos débiles…
– Cuáles, a ver?
– Los dientes. Te pego un puñetazo jurídico en los dientes y la Voz de Alerta tiene que ponértelos de oro, con lo que dejarás en ridículo al cantarada Montaraz.
Mateo se rascó la nariz.
– Sabías que el camarada Montaraz colabora en ' La Codorniz'?
– No, no lo sabía -admitió Ignacio-. Pero no me sorprende. En el fondo, para ser gobernador civil en un Estado totalitario hace falta mucho sentido del humor…
– No vuelvas a las andadas, que te recordaré los arduos combates que libraste en Esquiadores, con el retrato de Franco en la mochila…
– No me recuerdes nada. He sabido doblar la página…
– Yo también he doblado una. La de Pilar.
– Lo lamento mucho. Sin cuñado a la vista, vivía como los ángeles…
– Ahora tendrás que soportarme.
– Ya sabes que estoy muy ocupado.
– Yo también. Quiero terminar la carrera de abogado y enfrentarme contigo a la primera ocasión.
– Prepárate… Ahora ya no valdrá, como antes, tu curriculum. Ahora, muchos codos en la mesa.
– El problema es el tiempo. De dónde lo saco? Pero no importa. En Rusia aprendí a no dormir…
– Los eslavos no duermen?
– Cuando se emborrachan, sí… Y se emborrachan todas las noches.
– Entonces, no te quejes.
– No me quejo de nada.
– Te reto a una partida de futbolín… -brindó Ignacio.
– Acepto. A condición de que el pequeño Eloy no te eche una mano.
La eclosión reconciliadora tuvo lugar en casa de Manolo y Esther. Éstos invitaron a cenar a Mateo y Pilar, a Moncho y a Eva, y a Ignacio… Faltaba Ana María para que el emparejamiento fuera completo. Aunque Ana María le había telefoneado a Ignacio: "Estoy preparando un viaje a Gerona, invitada por Charo. Pienso estar lo menos una semana, aprovechando que mi padre se va a Portugal por no sé qué asunto de cuadros de pintores clásicos".
Manolo y Esther le pidieron permiso a Pilar para hablar un poco de Rusia, tema que, aparte de la guerra, debía de ser apasionante.
– No te parece? Olvídate de que Mateo fue allí a pelear… Entre los matrimonios no puede haber tabúes, so pena de que la confianza mutua se tambalee. Deja que Mateo se despache a gusto, fórmula mágica para zanjar la cuestión.
Pilar hizo un mohín impreciso, que nadie supo cómo interpretar. Por un lado parecía resignada, pero por otro era obvio que se había colocado a la defensiva.
Manolo insistió.
– Rusia ocupa la sexta parte de la superficie terrestre. Una inmensidad. No vamos a eliminarla de un plumazo por culpa de la División Azul… Si la BBC no miente, y no miente nunca, ahora ha empezado de veras la batalla de Stalingrado, en la que, al parecer, Hitler empeña gran parte de sus fuerzas.
Mateo intervino.
– Y qué queréis que os cuente yo de la batalla de Stalingrado? Nosotros vimos una Rusia en miniatura, una parcela, algo así como un diograma… Aprendí varias palabras, el sonido del samovar y creí haberme vacunado contra el dolor que puede producir una muerte… Pero ahora, al morir mi padre, comprobé que no es así. Diríase que los muertos en la guerra son menos muertos que los demás.
Mateo sacó su mechero de yesca -su ex librís- y dio lumbre al cigarrillo de Esther. Ésta preguntó:
– Es cierto lo del estoicismo de los rusos?
– Ciertísimo. Nadie lo niega. Fueron siempre esclavos y lo serán hasta el fin de los siglos.
– Y su brutalidad? -preguntó Moncho-. Crees que son más brutos que los demás? En mi opinión, todos los pueblos son idénticos cuando son idénticas las circunstancias…
– Nada de eso… -impugnó Mateo-. Depende de las costumbres, del clima, de la tradición. Y lo que no querría es generalizar. La Rusia norteña que yo conocí nada tiene que ver con la de Ucrania, con la del mar Negro. Un esquimal no puede ser igual que un negro del Congo.
Ignacio preguntó a su vez, mientras apuraban el consomé:
– Qué es lo que te daría más miedo si los rusos, vamos a suponer, avanzaran hacia el Oeste?
Mateo dejó la taza en el plato.
– Que ya no se retirarían nunca más. Y las violaciones… -Se hizo un silencio y Mateo prosiguió-: Ante una mujer desconocida, distinta de las suyas, se comportan brutalmente y son capaces de preñar a los mismísimos demonios.
Ignacio intervino de nuevo.
– Eso queda claro leyendo a sus novelistas, que de un tiempo a esta parte han sido mi obsesión, dejando a un lado el tema de las religiones orientales… Gogol llega a decir que el alma rusa se comerá el alma de los demás pueblos y que sólo entonces se podrá hablar de revolución universal.
Mateo movió la cabeza negativamente.
– Ésa es otra cuestión… No tengo más remedio que afirmar que Hitler acabará con los sueños de Gogol y de todos sus correligionarios.
Pilar tuvo un gesto de desencanto. Ella había confiado en que el diálogo tomaría otro cariz. Todos lo advirtieron y se produjo un silencio, que Moncho, el analista del grupo, rompió, aprovechando que en la mesa se había servido el segundo plato.
– Ignacio, qué te pasa a ti con Oriente? Te has hecho budista, o qué? No le temes al señor obispo?
Hubo un titubeo. A Mateo le hubiera gustado seguir hablando de Rusia, de sus tics temperamentales, y a Manolo y a Esther también. En cambio, Eva, que por fin parecía haber aprendido a vestirse, se interesó vivamente por la invitación hecha a Ignacio.