Los hombres lloran solos
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los hombres lloran solos». Краткое содержание книги:
Hoy lanza al público su cuarto volumen, continuación de los tomos precedentes, decidido a convertir dicha trilogía en unos Episodios Nacionales a los que añadirá un quinto y un sexto volumen -cuyos borradores aguardan ya en su mesa de trabajo-, y que cronológicamente abarcarán hasta la muerte del general Franco, es decir, hasta noviembre de 1975. La razón de la tardanza en pergeñar el cuarto tomo se debe a dos circunstancias: al deseo de poderlo escribir sin el temor a la censura y a su pasión por los viajes, que se convirtieron en manantial de inspiración para escribir obras tan singulares como El escándalo de Tierra Santa, El escándalo del Islam, En Asia se muere bajo las estrellas, etc.
Con esta novela, Los hombres lloran solos, José María Gironella retorna a la entrañable aventura de la familia Alvear en la Gerona de la posguerra, a las peripecias de los exiliados y del maquis, sin olvidar el cruento desarrollo de la segunda guerra mundial. Los hombres lloran solos marcará sin duda un hito en la historia de la novela española contemporánea.»
Don Emilio conseguía sonreír. Un día había visto bailar al Niño de Jaén, junto con varias gitanas.
– Reconozco que aquello era contagioso… Yo me sorprendí palmeando y el notario Noguer me dijo: "Qué le pasa? Siente usted muy adentro las campanas de la Giralda? Hay que ver, hay que ver…"
– De todos modos -argüía el profesor Civil-, a lo mejor quienes se contagian son ellos y les da por la laboriosidad… No digo para el ahorro, porque esto, dadas las circunstancias, sería una burla. Pero últimamente he visto algunos andaluces que se esfuerzan por abrirse camino. Ha oído usted hablar de Charo, la mujer de Gaspar Ley, director del Banco Anís?
– Pues, no…
– Es andaluza y se ha venido a vivir aquí. Está a punto de abrir una peluquería de lujo para señoras, que haga pendant con la barbería de Dámaso… Todo a la última moda, incluidos esos espejos que le quitan a uno quince años de encima. Y todas las dependientas, andaluzas. Lo que saben las andaluzas de arreglarse el pelo! Lo ensortijan, lo caracolean, peinan incluso a las mil imágenes de la Virgen que adoran allí… Y digo adoran porque muchos andaluces no creen en Dios, pero sí creen en la Virgen.
Eran diálogos repletos de humanidad. A menudo don Emilio Santos palidecía y tenía una crisis: el corazón. Entonces el profesor Civil le secaba con el pañuelo el sudor de la frente.
Si coincidía con Mateo, la estrategia funcionaba mejor todavía. Mateo quería mucho a su padre y agradecía al notario Noguer y al profesor Civil tan amistosa asiduidad…
– Qué, padre? Qué le ha contado hoy el profesor? Que los rusos están a punto de tomar Berlín?
– Anda, no pinches, no pinches… -replicaba don Emilio-. Me ha hablado de los zapatos "topolino" y de los peinados Arriba España.
– Oh, sí, es verdad!
– Y de la cafetería España…
– Pues sí que está al corriente! Rogelio se está forrando, al igual que Rosselló. Es una lástima que a mí no me dé por los negocios… -Mateo miraba el reloj y exclamaba-: Pilar, un vaso de agua! Es la hora de las pildoras rojas!
Pilar acudía con idéntica solicitud y entre todos rodeaban a don Emilio de un afecto que se había merecido a lo largo de sesenta y cinco años de existencia.
Hasta que don Emilio Santos murió. El mismo día en que murió, en Francia, León Daudet. El mismo día en que Montgomery, en África, en El-Alamein, iniciaba la contraofensiva contra Rommel. Don Emilio Santos murió de un colapso cardíaco. El padre Forteza acudió veloz, pero no le dio tiempo a suministrarle la extremaunción. Hizo la señal de la cruz sobre el cadáver y leyó un responso. Don Emilio Santos, muerto, cobró una placidez que causaba a la vez respeto y espanto.
– Un santo varón… -murmuró el padre Forteza.
Los demás asintieron llorando.
El entierro fue multitudinario. El profesor Civil, el notario Noguer y el camarada Montaraz escoltaron a Mateo, cuya cojera pareció acentuársele más. Tampoco andaban lejos Matías e Ignacio. Y Manolo. Y Alfonso Estrada. Y José Luis Martínez de Soria… Y el doctor Chaos y Moncho, los cuales estuvieron de acuerdo en algo tan corriente y vulgar como que cada muerto era un fracaso de su profesión.
Ah, por supuesto! Sin don Emilio Santos el piso de la plaza de la Estación pareció otro. A la noche, retirados todos los acompañantes, Mateo y Pilar se quedaron solos, junto a la cuna del pequeño César, con la única excepción de la sirvienta Teresa, que se las ingenió para retirarse pronto a descansar.
Silencio tenso el de la pareja, con Mateo que aparecía derrotado y Pilar que no sabía dónde posar la mirada. Finalmente la posó en la máquina de coser, en la que había pedaleado horas enteras recordando su aprendizaje en el taller de las hermanas Campistol.
Por suerte, ni el pájaro disecado ni el retrato de José Antonio estaban en el comedor. Junto a la radio, una foto de la boda, una de don Emilio Santos, otra de César. Las fotografías de la familia Alvear estaban en la alcoba conyugal.
Mateo rompió la pausa.
– Ahora tendremos que arreglárnoslas solitos, Pilar. A ver si de una vez por todas consigo volver a ser tu marido…
Pilar jugueteó con la medalla que le colgaba del pecho.
– Hago lo que puedo, Mateo… Pero hay algo dentro de mí que no consigo vencer -y besó la medalla.
– Jamás pude imaginar que tu rabieta durara tanto… Te escribí desde Rusia mis mejores cartas de amor.
– Si no te hubieras ido, las cartas hubieran sido innecesarias.
– Pero me fui. Y me siento orgulloso de mi cojera…
Pilar suspiró.
– Eso es lo que nos separa. Que no te arrepientes de nada. Ni siquiera al saber que tu padre empeoró en cuanto tú te marchaste.
Mateo se pasó la mano por su gran cabellera negra e hizo un esfuerzo para no estallar. Estaba fumando, enlazando un pitillo tras otro.
– Qué te aconsejan tus padres? Que sigas en la brecha?
– No me aconsejan nada. Ni siquiera Ignacio… Soy yo la responsable y la madre del hijo que me diste.
Mateo aplastó la colilla en el cenicero.
– De modo que te he perdido para siempre?
– Yo no he dicho eso. Te quiero igual que antes. Sólo que ahora me consta que hay cosas en la vida que las prefieres a mí…
Mateo abrió los brazos.
– Crees que el nuestro es un caso único? Millares de hombres prefieren su profesión a la vida familiar. Otros prefieren la bebida, como el capitán Sánchez Bravo… Otros, su tertulia en el café. Y las mujeres aguantan y no les vuelven la espalda.
– Por lo visto yo soy un caso aparte. Te necesito a mi lado. Y esto es un pecado mortal…
Mateo tuvo un rapto. Se levantó, se acercó a Pilar y tomándole la cabeza entre las manos la besó en los labios con todas sus fuerzas… Pilar comprendió que aquel momento era crucial. Cortarlo en seco significaría la rotura. Se acordó de don Emilio Santos, que la víspera le había dicho: "Hija, cuándo volverás a mirar a Mateo como antes?". Pilar aceptó el beso. Y le correspondió. Era la primera vez que cedía desde el regreso de Mateo. Éste, en un momento determinado pensó: "Eureka! He vuelto a la vida". Pero Pilar tuvo un acceso de tos y el beso se interrumpió. Y miró a Mateo. Y en un segundo repasó la película de sus vidas, como, según el doctor Andújar, les ocurría a los moribundos. Mateo estaba de pie y parecía llorar. Mateo no lloraba nunca. Ni siquiera lloró en el cementerio. Aquello humedeció también los ojos de Pilar. Su conflicto interno era agotador. Los sentimientos, al cruzarse, la desbordaban.
– Mateo… -murmuró, por fin.
Al muchacho le dio un vuelco el corazón.
– Por la memoria de tu padre, abrázame otra vez… -y Pilar se puso de pie.