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Asesinato en Montmartre

Электронная книга - «Asesinato en Montmartre». Краткое содержание книги:

Al intentar salvar a una amiga de la niñez (ahora policía) de ser acusada de asesinato, Aimée se cruza en el camino de los personajes más curiosos de Montmartre: separatistas corsos radicales, gánsteres, los Servicios de Seguridad, prostitutas, descendientes de artistas y otros bohemios… Identificar al verdadero asesino acerca a Aimée a la resolución del misterio que rodea la muerte de su propio padre, unos años antes, en una explosión en la plaza Vendôme, una muerte que todavía acecha sus pensamientos. No descansará hasta que descubra quién fue el responsable.
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Miércoles por la noche, más tarde

– Bonsoir -dijo Aimée-, ¿está Lucien Sarti, s'il vous plaît?

– ¿De parte de quién? -preguntó una voz de mujer.

– Soy Aimée Leduc.

– No está. Se marchó hace unos días.

¿Qué podía decir? Tenía que pensar rápido.

– ¿No trabaja en un club? Trabajo con Felix Conari. Hay una pega en su contrato -dijo-. Tengo que ponerme en contacto con él.

Se produjo una pausa. A través del teléfono podía oírse un siseo. Quizá la mujer estaba cocinando.

– Déme su número. Si llama…

– 06 57 89 42. Por favor, lo antes posible.

Colgó. Esperaba que un músico hambriento mordiera el anzuelo.

Un momento después, el teléfono vibraba en su bolsillo. Vaya si tenía hambre.

– Allô?

– Siento llamar tan tarde. Soy Yann Marant -dijo una voz con el ruido de conversaciones de fondo-. Acabo de terminar de trabajar y he encontrado algo, bueno, igual no es nada, que tiene que ver con su investigación.

¿Por fin un golpe de suerte?

– ¿Podemos vernos? Me está dando guerra el teléfono -respondió.

– En el Café Noctambule -dijo él-. Hay mucho ruido, pero no me conoce nadie.

– De acuerdo.

Yann estaba de pie en el Café Noctambule, un antro con las paredes cubiertas de espejos ahumados al estilo de los años setenta. Sobre el pequeño escenario, un hombre con el pelo cardado cantaba chansons. El lugar estaba abarrotado y las parejas giraban con la música del acordeón y el ritmo del tambor.

Yann saludó con la mano.

– Por aquí.

A su lado discutían dos mujeres, gruñendo como gatas en un callejón. Un hombre pequeño que parecía tener modales refinados sonreía ante el espectáculo.

Yann se tapó los oídos.

– Lo siento, este no parece un sitio para hablar. ¿Tiene hambre?

Aimée asintió. No se acordaba de cuándo había comido algo por última vez.

A unos pocos locales de distancia, encontraron un bistró del tamaño de una cajetilla de cigarros, cinco mesas apretadas en una sala oscura con una estufa de carbón. Hacía tanto calor que te cocías, pero estaba lleno. Reacia a marcharse, Aimée sugirió que se quedaran de pie en la barra de zinc y pidieran un jambon-beurre.

– Gracias por llamar, Yann. Cualquier cosa puede ayudar.

– Ahora me siento un tonto. Leo demasiadas novelas de misterio -dijo él retorciéndose las manos-. Probablemente no sé nada, pero usted dijo…

– Adelante. -Esperaba que no hubiera ido para nada. Paciencia, necesitaba tener más paciencia.

A pesar de los pantalones negros arrugados de Yann y de su coleta suelta, exudaba más atractivo que la mayoría de los locos de la informática que había conocido. Y era más guapo. ¿De verdad se habría acordado de algún detalle importante o solo había usado el asunto como una excusa para verse? De todos modos, el calor del bistró le atraía más que su frío y vacío apartamento.

– Esta noche, después de salir de casa de Felix, he tirado una botella de agua al contenedor de la obra, el que está aparcado frente al edificio que están rehabilitando -dijo Yann-. Se ha caído todo, un desastre. Ya sé que está prohibido, pero, bueno, lo he recogido, he trepado para volver a tirarlo… -Se detuvo-. Siento estar aburriéndola, va a pensar que me lanzo dentro de los contenedores por la noche, pero no es eso.

– Bon appétit -dijo el dueño del bistró con delantal blanco mientras ponía un plato con unos bocadillos de baguete con mantequilla y jamón frente a ellos.

– Siga, por favor -dijo ella mordiendo un trozo al tiempo que recogía en la palma de la mano las migas de pan que caían.

– He encontrado esto intentando hacer sitio. -Rebuscó en el bolsillo y puso sobre la mesa varias hojas arrugadas y borrosas fotocopiadas en blanco y negro. Olían a escayola y las alisó con la mano. Mostraban planos dibujados a mano con gruesas flechas y «X» marcadas en tinta-. Me he imaginado que eran de la obra y estaba a punto de volver a tirarlas cuando me he fijado en esto.

Curiosa, se inclinó hacia delante siguiendo el movimiento de su dedo. Uno de los diagramas tenía una anotación: «rue du Mont-Cenis» y «rue Ordener».

– Así que hay un edificio donde se juntan estas dos calles -dijo-. Pero esto no es la copia de un plano de construcción. ¿Qué es?

– Eso es lo que me preguntaba. Con todos esos atentados separatistas… bueno, igual estoy intentando ver demasiado en todo esto -suspiró-. Lo siento, por lo menos me encuentro mejor. Pero soy idiota. ¿Me perdona? Igual ha sido como una excusa para volver a verla. -La comisura de sus labios mostraba una pequeña sonrisa-. No conozco a mucha gente por aquí.

Aimée le devolvió la sonrisa con la mente puesta en el diagrama.

Él dobló los papeles.

– Ahora pensará que soy un idiota, pegado a mi ordenador como un siamés. Y tiene razón.

– Espere, Yann -dijo ella sacando su plano de bolsillo y abriéndolo por el distrito 18-, la Mairie está en esa esquina. -El Ayuntamiento era el único edificio en ese lugar-. ¿Puedo ver el diagrama otra vez? -El corazón le latía más rápido.

A un lado, en letra más pequeña, estaba escrito: «(2) 18.00 cambio (1) 23.00 cambio». Unas flechas señalaban los símbolos que mostraban las entradas. Pensó de nuevo en el periódico, en el artículo que describía las amenazas de bomba a un edificio del Gobierno sin determinar.

Lo observó con más atención.

– Podría querer decir que dos guardias se ocupan de la entrada principal hasta el cambio de turno de las seis de la tarde, y luego son sustituidos por un solo guarda.

Yann pestañeó varias veces.

– ¿Quién dejaría unos papeles tan incriminatorios en el contenedor de unas obras?

– Exactement -dijo ella-, pero podrían ser planes antiguos, que ya no tienen sentido y cuyas implicaciones se han olvidado.

Pegó un mordisco a la baguete mientras pensaba.

– Creo que no tiene nada que ver con el asesinato de ese flic -dijo Yann, sonrojándose-. La vida real no es una novela de suspense en la que todo tiene relación.

¿Tendría razón?

Ella estudió el diagrama con más detalle. Vio Atlas, el nombre de una compañía de alarmas y una «X» en lo que parecía ser una entrada de servicio. Más letras equis en la rue du Mont-Cenis. ¿Podría ser el emplazamiento de un coche o una camioneta bomba?

Tendría que convencer a Yann para que entregara los diagramas a las autoridades y mantenerse alejada. No mancharse las manos con el ala militar del ministerio. Echarían las zarpas sobre esto muy rápidamente. Solo pensar en tener que vérselas con seguridad hacía que le sudaran las manos. Debería…, pero, ¿alguna vez hacía lo que tenía que hacer?

Su estilo no era entregar información. Sin embargo, la información podría devolverle algún favor a cambio. Así funcionaban.

– Si este diagrama va en serio, sería un delito no informar de ello -decidió apostar-. ¿Le importa si se lo enseño a un contacto en la DST?

– ¿La Brigada Antiterrorista? Claro que no -repuso él-, no piense…

– Yann, ¿le llamó la atención algo de Lucien Sarti?

Yann sonrió.

– ¿Mi primera impresión? Pensará que… Bueno, parece ser una especie de trovador ambulante, vive con lo justo, pero la música le da fuerza.

– ¿Qué quiere decir?

– Ligado a Córcega, a la tierra y la gente, un idealista que cuenta historias a través de la música -dijo Yann-. De alguna manera conoció a Felix y le envió una grabación de esa fascinante fusión de polifonía tradicional y música tecno.

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