Электронная книга - «Asesinato en Montmartre». Краткое содержание книги:
– Ese tipo que me las hace pasar mal, un tipo desagradable -dijo Cloclo-. No el que lleva la funda de un instrumento musical.
Una silla se arrastró en el suelo cerca de ellas y una voz exclamó:
– Adieu, mes amies.
Cloclo dijo adiós con la mano a un viejo que salía arrastrando los pies.
Aimée tenía que conseguir que Cloclo le hablara de este otro mec.
– ¿Conocía a Laure y a su compañero?
– Cuánto conocía a su compañero, eso no lo sé -contestó Cloclo en un tono neutro-. Pero alardeaba de sus contactos, ya sabe. Quería privilegios.
Aimée notó que algo en su mente pugnaba por salir. Si conseguía unir todos los detalles, alguna pieza encajaría.
– ¿Vio a ese mec y al compañero de mi amiga juntos?
– Los vi hablar en ese bar de la rue Houdon. -Cloclo paseaba la mirada por el local.
Por fin alguna relación.
– ¿En donde Zette? ¿Y ese tipo tiene nombre?
Se encogió de hombros.
– Esos corsos son muy reservados, no crea.
– ¿Está segura de que es corso?
Cloclo asintió, y la bisutería hizo un ruido metálico sobre su amplio pecho.
Aimée trató de juntar todos los retazos. Jacques conocía a Zette y lo habían visto con este otro tipo. ¿Habría matados a los dos? ¿Por qué?
– ¿Dónde puedo encontrar a este corso desagradable?
– Es imposible saberlo. Pero entra y sale de ese sitio pijo de un poco más abajo de mi estación.
La estación… su lugar en la calle.
– ¿Se refiere a enfrente de esa casa elegante frente al patio del número 18?
– Oui.
– ¿Alguna idea sobre el apartamento al que entra?
Volvió a encogerse de hombros y acabó su pastis.
– ¿Cómo es?
– Como cualquier gamberro con dinero. Oro alrededor del cuello. Pelo y ropa a la moda.
Y ahora lo importante.
– ¿Oyó un disparo, Cloclo?
Ella negó con la cabeza.
– Estaba trabajando, chérie.
– ¿Y vio algo?
– Ya se lo he dicho. -Puso en blanco los ojos con abundante máscara-. Trabajando. Pero ese chico guapo subió desde Pigalle y se plantó en la entrada, sabe, donde se divide la calle. -Apuró las últimas gotas de la copa.
Aimée se imaginó la vista desde la posición de Cloclo y el lugar en el que había estado Sarti. Si venía de Pigalle, ¿podría haber tenido tiempo de matar a Jacques y atacar a Laure? ¿Y el otro mec?
– Aquí tiene mi número -dijo Aimée entregándole una tarjeta-. Llámeme la próxima vez que vea al corso. De día o de noche. Hay más francos para usted.
Miércoles por la noche
Lucien subió los gastados escalones que conducían a la avenida Junot con los pulmones contraídos por el intenso frío. Era una escalinata empinada salteada por aisladas farolas anticuadas de metal verde, como las de su pueblo. Excepto por el hielo y el viento que cortaba, podría haber estado en su tierra. A pesar de la desilusión, le latía el pulso a toda velocidad. El técnico de grabación le había saludado con cara larga en la puerta del estudio y le había informado de que lo sentía mucho, pero la sesión se había cancelado y tenía que ir a la rue Lepic, 63 y subir las escaleras.
Lucien se imaginó que Felix estaba de camino a alguna reunión y se encontraría con él allí para darle la mala noticia de que los de Soundwerx se habían echado atrás.
¡Estupendo! Ni siquiera tenía un abrigo de invierno decente. Y los flics lo tenían en el punto de mira. Además, todavía no tenía dinero para pagar un alquiler.
De las viejas paredes crecían hierbas aromáticas silvestres y su aroma se mezclaba con el que filtraba la tierra mojada. En la cima de la escalinata había un espacio llano con gastadas piedras protegidas por ramas de olmo, fresno y sicómoro. Una roca de yeso más alta que él bloqueaba el camino. Del muro de piedra semiderruido brotaban ramas de ailanto parecidas a los helechos y sus hojas relucientes con la lluvia captaban la luz de la luna. Se tropezó con un adoquín suelto. Se escuchó un crujido entre los arbustos y mirlos moteados y urracas despegaron el vuelo en estampida dejando una estela de hojas secas.
Un lugar salvaje en el corazón de París. No sabía que existiera ninguno.
Por delante de él vio una figura bajo una farola vestida con un abrigo oscuro. Los ojos le brillaban bajo el gorro de punto color malva. De aspecto ágil y figura estilizada, la reconocería en cualquier lugar.
– ¡Marie-Dominique!
¿La habría convencido Felix para que esperara su llegada para endulzar el mal trago?
– Lucien, por aquí. -Se movió hasta el lugar en el que se entrelazaban las ramas de higueras silvestres y cedros.
– Vaya sitio para quedar, Marie-Dominique -dijo él. El aire lo llenaban nubecillas de vaho helado entre los dos.
– Es como el monte bajo de Montmartre. Me recuerda a casa. -Con su dedo enguantado en piel negra señaló más allá de los tallos de una planta similar a los ajos-. Yo lo descubrí. Es maravilloso, ¿verdad? Una anciana me contó que aquí estuvo la granja de su abuela. Por allí estaban los abrevaderos para los animales.
Lo único que veía Lucien eran piedras oscuras y maleza.
– Estas viejas paredes eran parte del molino de trigo para hacer harina.
Lucien dio unos pasos sobre la maleza y vio los sombríos brazos de un molino de viento que se vislumbraban tras el muro de piedra. Escondidos.
– Hubo un tiempo en el que aquí existieron docenas de molinos -dijo ella-. Ahora solo quedan dos.
A sus pies, las centelleantes luces brillaban como luciérnagas atrapadas en una red de helechos. En la oscura tranquilidad, sintió el aroma a rosas que se desprendía de ella. Quería tenerla entre sus brazos.
– Estás en peligro, Lucien -su voz había cambiado.
– Ya lo sé. Parece que soy objeto de investigación policial. -El deseo se apoderó de él a pesar de su anterior desilusión. El simple hecho de verla a solas hacía que se le erizara el vello.
– ¿También ellos? Averigüé que Petru ha puesto propaganda de la Armata Corsa en el estudio -repuso ella- y ¡lo ha organizado todo para que la policía te detenga!
– ¿Petru?
– Trabaja para nosotros, pero está implicado en algo más. He dejado un mensaje a Felix para advertirle de que Petru está intentando sabotearte.
– No lo entiendo.
Marie-Dominique dio un paso atrás, con la duda en su rostro.
– ¿No tengo razón? Ese grupo al que os unisteis tus amigos y tú…
Felix. Ahora Marie-Dominique. Ya estaba cansado de eso.
– Me alisté y fui a una sola reunión con mi hermano y unos amigos. Ya te lo dije. ¿Cómo puedes creer que yo pertenecería a algo que ni siquiera es ya un movimiento político? ¡Son delincuentes! Extorsionan dinero a cambio de protección y hacen pintadas con la tête de Maure por todas partes para dar un sentido político a los atentados. -Dio una patada a un adoquín suelto y agrietado que hizo ruido al romperse entre los arbustos-. Los verdaderos separatistas quieren liberar a Córcega, pero no así.
Ella desvió la mirada y él la sujetó por el brazo.
– Yo tengo motivos para saberlo. Mi hermano pequeño, Luca, trabajaba en la construcción de la base militar hasta que el sindicato fue a la huelga y cerraron las obras.
– Deja de hablar así, Lucien. ¡Siempre la misma historia!
– ¿La misma historia? -Tenía que hacer que lo entendiera-. A Luca se le olvidó su caja de herramientas y volvió para recogerla. Los gánsteres, el llamado «sindicato», pensaron que había pasado por encima de los piquetes. Al día siguiente llevaron su cuerpo a mi madre. Lo que quedaba de él.
Estaba temblando, intentando olvidar la imagen sangrienta de un Luca mutilado con la tête de Maure pintada en el pecho.