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Asesinato en Montmartre

Электронная книга - «Asesinato en Montmartre». Краткое содержание книги:

Al intentar salvar a una amiga de la niñez (ahora policía) de ser acusada de asesinato, Aimée se cruza en el camino de los personajes más curiosos de Montmartre: separatistas corsos radicales, gánsteres, los Servicios de Seguridad, prostitutas, descendientes de artistas y otros bohemios… Identificar al verdadero asesino acerca a Aimée a la resolución del misterio que rodea la muerte de su propio padre, unos años antes, en una explosión en la plaza Vendôme, una muerte que todavía acecha sus pensamientos. No descansará hasta que descubra quién fue el responsable.
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El hombre metió una cinta en el radiocasete. La voz de Dalida se elevó sobre las conversaciones del café. La sala alargada forrada de madera castaña se asemejaba a un autobús, uno en el que ella deseaba no haberse montado. Espeso humo de cigarro puro flotaba como una nube sobre la mesa de un grupo de jugadores de backgammon de mediana edad. Burgueses o burócratas, a juzgar por sus caros zapatos de piel.

Le apetecía echar un cigarro. Mañana a las 9.37 de la mañana haría exactamente cuatro días que lo había dejado. Desearía no estar contando los minutos. Miró alrededor para ver a quién podría sonsacar información y señaló lo que estaba bebiendo el hombre sentado junto a ella.

– Lo mismo -dijo.

Como la había escuchado, el hombre dijo:

– Parece usted ser de las del tipo activo.

Con sus ojos de párpados caídos y sus anchas manos de obrero, podría ser perfectamente el hermano del barman.

– Llámame Theo.

– Todavía puedo hacer el pino y la carretilla sin rajarme los pantalones -respondió.

Sus ojos caídos se abrieron más y sonrió.

– ¿Has oído eso, Marcus? -dijo al barman-. ¡Tenemos aquí una acróbata!

– Dejé el circo -dijo ella poniendo tres francos sobre la barra-. Unos beneficios terribles.

Ojalá la prostituta entrara por la puerta, ojalá no tuviera que esperar demasiado. El olor a lana mojada y la fragancia del tabaco la estaban mareando.

– ¿Has oído eso, Marcus? Los de nuestro sindicato de albañiles no son los únicos. También los del andamio.

¿Tendría esto que ver con el andamio del edificio en el que mataron a Jacques? Qué interesante.

– Así que, Theo, ¿trabajas ahí en la construcción? -preguntó, señalando la ventana con la mano.

– Theo es el que es culpable del ruido. Ya llevan seis meses. El permiso de obras era solo para dos -dijo uno de los que estaban fumando un puro levantando la vista.

– Y, a vosotros, ¿quién os ha dado permiso para entrar en la conversación? -repuso Theo frunciendo el ceño.

El aire estaba impregnado del olor que despedía la calefacción de queroseno. A Aimée le picaba la nariz y estornudó. Vio que Theo estaba mirándole las piernas.

El borgoña, suave y con cuerpo, dejaba un regusto amargo.

– Así que ¿tendríamos que trabajar más rápido y acabar en las canteras? -preguntó Theo extendiendo los brazos.

– Típico de los sindicatos -dijo el fumador de puros-. Siempre lloriqueando.

– Los cimientos están rodeados por un enjambre de cavidades de piedra caliza. En esta parte de la colina es como si tuvieras que andar con pies de plomo antes de mover unos pocos centímetros de tierra.

– Tiene razón -dijo Marcus a la vez que limpiaba el mostrador-. ¡Nosotros necesitamos un permiso especial solo para cambiar una tubería!

Siguió una apasionada discusión que le recordó al pueblo de su abuela en la región de Auvernia, en el que el café era realmente la sede social en las noches de invierno. Le resultaba familiar, como una manta usada. Pero en lugar de campesinos, los habituales del café reflejaban el rostro de la butte: albañiles, intelectuales, un periodista de Le Canard Echainé, el periódico satírico, y burócratas jubilados.

Marcus, el barman, rellenó su copa y le guiñó un ojo:

– Por Theo.

– Santé -dijo ella levantando la copa. Pensó que el barullo de la conversación constituía un buen momento para hacer preguntas-. Theo, ¿no ha habido un tiroteo donde trabajas?

– Otro retraso -dijo él.

– ¿Y eso?

– Un flic se cargó a otro flic.

– Eso no es lo que yo he oído -dijo ella. La conversación se detuvo-. Mi vecina vio hombres, no policías, disparar en el tejado.

– ¿Qué pudo ver tu vecina en medio de una tormenta espectacular? Le debe de gustar que se le quede congelado hasta lo blanco del ojo. Fue una especie de récord, la nieve que cayó esa noche.

– He oído que la tormenta empezó justo después del tiroteo -dijo Aimée.

– Si pudo ver algo con ese tiempo, tiene que tener rayos X en los ojos.

Antes de que pudiera seguir presionando, entró Cloclo, saludó con la cabeza a los habituales y observó a Aimée. Señaló una mesa en la parte trasera debajo de una cubierta abuhardillada de cristal sucia de hollín. Recordó que su abuelo decía que «Las prostitutas son mil veces más honorables que las actrices. Las primeras venden su cuerpo, las segundas su alma y más».

– Un pastis, si invita usted -dijo Cloclo según pasó a su lado en la barra.

Para cuando Aimée le llevó la bebida, Cloclo ya se había quitado el abrigo negro largo. Brillante bisutería tintineaba en su profundo escote y sus muñecas lucían pulseras Diamonique de color rosa pastel.

– No me extraña que su mote sea Cloclo.

– Estoy todo el día en danza -repuso ella-. Me gusta algo que me alegre.

Al ver los enganchones y la carrera que tenía en la media negra, Aimée pensó que estaba en danza, pero también de rodillas. Pasó los francos prometidos por debajo de la mesa y los depositó sobre la mano expectante de Cloclo. Su aroma a perfume floral barato se mezclaba con el olor a anís del pastis.

– Podemos hablar, pero no tengo mucho que contar -dijo.

Perfecto. Acaba de darle el último dinero que tenía. Se quedaría sin vuelta a casa en taxi en medio de una noche que prometía congelar el agua de las cañerías.

– Mire, Cloclo, piense que me está ayudando como si ayudara a mi amiga. Está en coma a consecuencia del golpe que recibió ahí arriba. Es difícil que las cosas vayan peor después de eso.

– Esa amiga… su amiga… es la flic, ¿verdad?

Aimée asintió.

– Somos amigas desde que teníamos diez años. Nuestros padres se pateaban la calle aquí arriba. Laure siempre tuvo complejo de inferioridad. Su labio leporino…

– La conozco. Una chica joven -interrumpió Cloclo.

– ¿La trata bien?

– Me dejaba en paz. -Cloclo añadió agua al pastis y lo revolvió hasta formar una mezcla turbia. Sus ojos no se apartaban de la cara de Aimée mientras bebía un largo sorbo. Aimée trató de ignorar el olor acre del anís.

Para Cloclo, dado su trabajo, eso sería tratar bien a alguien.

– Laure no mataría a su compañero. De ninguna manera.

– El que no me gustaba era él.

Aimée aguzó el oído.

– ¿Quién? ¿Su compañero Jacques?

Cloclo hizo un gesto negativo con la cabeza y pasó el dedo sobre su ceja perfilada de negro.

– ¿Sabe qué estaba haciendo Jacques en el tejado?

– No me refería a Jacques -dijo echando un vistazo a su reloj Diamonique.

Aimée se inclinó hacia delante, sorprendida.

– ¿A quién entonces?

Tras los ojos de Cloclo algo se nubló.

– Se está haciendo tarde -dijo.

¿Tendría miedo?

– Lo siento, siga. Creía que hablaba de Jacques, su compañero.

Aimée sentía las vibraciones del tamborileo sobre el suelo de madera del zapato salón negro con tacón de aguja de Cloclo.

– Ese mec. Cree que la calle es suya, ¿sabe lo que quiero decir?

Aimée pensó en el músico que había visto en la entrada, el que Conari había identificado como Lucien Sarti.

– ¿Uno con piel, ojos y pelo oscuro? ¿Un músico? ¿Está pensando en ese?

– No, no es tan guapo.

– Entonces no sé a quién se refiere.

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