La verdad sobre el caso Savolta
- Автор: Мендоса Эдуардо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La verdad sobre el caso Savolta». Краткое содержание книги:
Terminado el espectáculo, la gitana saludó, recogió su capa, se la echó sobre los hombros, envió un beso a la concurrencia y desapareció. Sonaron unos débiles aplausos y luego reinó de nuevo el silencio. Las luces se encendieron e iluminaron a un grupo de gentes sorprendidas, cadáveres alineados para un juicio en el que el delito a juzgar era la tristeza y la soledad de las almas allí varadas. Perico Serramadriles se enjugó por enésima vez el sudor de la frente y el cuello con un pañuelo arrugado.
– ¡Chico, qué…, qué…, qué cosa! -exclamó.
– Ya te dije que no perderíamos el tiempo viniendo aquí -respondí yo aparentando desparpajo, aunque me sentía hondamente turbado. En mi interior no hacía más que repetirme que aquella mujer había sido de Lepprince y que tal vez ahora sería de otro. Y me repetía con insistencia obsesiva que vivir sin poder franquear la puerta de semejantes goces era peor que morir.
El camino de vuelta a casa fue triste: ni Perico ni yo hablamos mucho. Yo, por hallarme inmerso en un torbellino de confusas emociones, y él, por respeto a mi estado de ánimo que intuía. Huelga decir que aquella noche apenas dormí y que los breves retales de sueño o duermevela en que cayó mi cuerpo derrengado se vieron acosados por convulsas pesadillas.
Al día siguiente me sentía náufrago en un mundo cuya vulgaridad no conseguía identificar y a cuya rutina no podía amoldarme a pesar de mis esfuerzos. Perico Serramadriles intentó en vano sonsacarme y la Doloretas se interesó por mi salud creyéndome acatarrado. Sólo recibieron gruñidos monosilábicos en pago a sus atenciones. Al caer la noche y mientras mordisqueaba sin gana un bocadillo correoso en un inhóspito figón, tomé la determinación de volver al cabaret y dar un giro renovador a mi vida o perderla de una vez en el intento.
Faltaba poco para el alba cuando Nemesio Cabra Gómez entró en la taberna. Un aire viciado por el humo áspero de tabaco barato, olor a humanidad y a vino derramado le hizo trastabillar. Estaba muy cansado. En apariencia la taberna se hallaba vacía, pero Nemesio Cabra Gómez, tras una pausa de aclimatación, avanzó decidido hacia unas cortinas grasientas de arpillera. El tabernero, que lo contemplaba todo con ojos soñolientos, le gritó:
– ¿Dónde vas tú, rata?
– Sólo quiero hablar un momento con un señor, don Segundino. De veras que me voy en seguida -suplicó Nemesio.
– La persona que buscas no ha venido.
– ¿Cómo lo sabe usted, con perdón, si aún no he dicho a quién busco?
– Porque me sale de las narices, ¿lo entiendes?
Mientras recibía los improperios con humildad, Nemesio Cabra Gómez había ido reculando hasta llegar a la cochambrosa cortina. Hizo una última reverencia, levantó un extremo del trapo y se coló de rondón en la trastienda, sin dar ocasión al tabernero de impedírselo. La trastienda estaba iluminada por un candil de aceite que colgaba del techo sobre una mesa. La mesa era redonda y de amplio perímetro y en torno a ella se sentaban cuatro hombres de pobladas barbas negras, gruesas chaquetas de franela parda y gorras con visera sobre los ojos, que fumaban pitillos amarillentos, brutalmente liados. Ninguno bebía. Uno de los asistentes a la tétrica reunión sostenía en sus manos un complejo instrumento en cuya parte superior destacaba una espacie de despertador al que daba cuerda con meticulosa lentitud. Otro leía un libro, dos conversaban a media voz. Nemesio Cabra Gómez permaneció quieto junto a la entrada, mudo y encogido, hasta que uno de los asistentes reparó en su presencia.
– Mirad qué bicho más asqueroso se ha colado en este cuarto, compañeros -fue la salutación.
– Se me antoja un gusano -apuntó un contertulio fijando en el recién llegado unos ojos pequeños, separados por un chirlo que le bajaba de la ceja izquierda al labio superior.
– Habrá que utilizar un buen insecticida -señaló otro abriendo una navaja de cuatro muelles.
Y así fueron apostrofando a Nemesio, que se inclinaba servilmente a cada comentario y ensanchaba su sonrisa desdentada. Cuando los reunidos acabaron de hablar, reinó un silencio sepulcral en la estancia, sólo turbado por el flemático tic-tac del instrumento de relojería.
– ¿Qué vienes a buscar? -preguntó por fin el que había estado leyendo, un hombre joven, chupado de carnes, de aspecto enfermizo y color grisáceo.
– Un poco de conversación, Julián -respondió Nemesio.
– No hablamos con gusanos -replicó el llamado Julián.
– Esta vez es distinto, compañero: trabajo para la buena causa.
– ¡El apóstol! -ironizó uno.
– No podéis decir que os haya traicionado jamás -protestó débilmente Nemesio.
– No estarías vivo si lo hubieras hecho.
– Y os he ayudado en muchas ocasiones, ¿no? ¿Quién te avisó a ti, Julián, de que iban a registrar tu casa? ¿Y a ti, quién te proporcionó aquella cédula y aquel disfraz? Y todo lo hice por amistad, ¿no?
– El día que descubramos por qué lo hiciste, será mejor que prepares tus funerales -dijo el hombre del chirlo-. Pero, ahora, basta de charla. Di a qué has venido y luego lárgate.
– Busco a un individuo…, para nada malo, palabra de honor.
– ¿Quieres información?
– Advertirle de un grave peligro es lo que quiero. Él me lo agradecerá. Tiene familia.
– El nombre de ese individuo -atajó Julián.
Nemesio Cabra Gómez se acercó a la mesa. La luz del candil iluminó su cráneo rasurado y sus orejas adquirieron una transparencia cárdena. Los conspiradores concentraron en él sus ojos amenazantes. El instrumento de relojería emitió un silbido y dejó de marcar el compás. En la calle un reloj dio cinco campanadas.
El mayordomo anunció la presencia de Pere Parells y señora. María Rosa Savolta corrió a su encuentro con el rostro acalorado, besó efusivamente a la señora de Parells y con más timidez a Pere Parells. El viejo financiero conocía a María Rosa Savolta desde que ésta vino al mundo, pero ahora las cosas habían cambiado.
– ¡Creía que no vendrían ustedes! -exclamó la joven anfitriona.
– Cosas de mi mujer -respondió Pere Parells tratando de ocultar su nerviosismo-, temía que fuéramos los primeros en llegar.
– Hija, por Dios, no nos trates de usted -dijo la señora de Parells.
María Rosa Savolta se ruborizó ligeramente.
– Ay, no sabría tutearles…
– Claro, mujer -terció Pere Parells-, si es naturaclass="underline" María Rosa es joven, y nosotros, unos carcamales, ¿no te das cuenta?
– Jesús, no diga eso -protestó María Rosa Savolta.
– ¡Cómo, Pere! -convino la señora de Parells fingiendo enojo-. Habla por ti. Yo me siento una niña de corazón.
– Diga que sí, señora Parells, lo que cuenta es ser joven de espíritu.
La señora de Parells hizo tintinear sus pulseras y golpeó las mejillas de María Rosa Savolta con su abanico de nácar.
– Eso lo decís los que no sabéis de achaques.