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Электронная книга - «En tiempo de prodigios». Краткое содержание книги:

La novela finalista del Premio Planeta 2006 Cecilia es la única persona que visita a Silvio, el abuelo de su amiga del alma, un hombre que guarda celosamente el misterio de una vida de leyenda que nunca ha querido compartir con nadie. A través de una caja con fotografías, Silvio va dando a conocer a Cecilia su fascinante historia junto a Zachary West, un extravagante norteamericano cuya llegada a Ribanova cambió el destino de quienes le trataron. Con West descubrirá todo el horror desencadenado por el ascenso del nazismo en Alemania y aprenderá el valor de sacrificar la propia vida por unos ideales. Cecilia, sumida en una profunda crisis personal tras perder a su madre y romper con su pareja, encontrará en Silvio un amigo y un aliado para reconstruir su vida.
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– No sé qué quieres decir.

– Pues que no entiendo tu actitud. Llevas dos años sin enviarnos noticias. Supe de ti gracias a tu madre, que, por cierto, tampoco recibe muchas novedades de tu parte. No contestas al correo, ni has intentado ponerte en contacto con nosotros al regresar del frente…

Detuve el inicio de sermón con un gesto que no dejaba lugar a dudas: no iba a permitir que nadie juzgase mi forma de actuar. Ni siquiera el hombre que había influido en mí más incluso que mi propio padre.

– Zachary, lo siento… pero digamos que en los últimos años he estado muy ocupado matando gente y evitando que me volaran la cabeza. Además, confieso que tampoco tenía gran cosa que contaros.

– No se trata de eso. Lo creas o no, Elijah y yo lo sabíamos todo de ti. Me procuré un seguimiento completo de tu compañía. Felicidades por tu condecoración. Por cierto, ¿qué tal el brazo?

Instintivamente, me llevé la mano a la extremidad malherida.

– Mejor. Ya casi no duele.

– Me alegro. -Encendió un cigarro y me ofreció otro. Luego atemperó el tono, o eso me pareció a mí-. Silvio, lo que no comprendo es que no hayas intentado obtener noticias nuestras en todo este tiempo. ¿No estabas preocupado por nosotros?

– Por favor, Zachary… ¿de qué iba a preocuparme? No creo que los obuses sean capaces de cruzar el océano, y además, las malas noticias vuelan. ¿Ha terminado Elijah sus estudios?

– Sí, es bachiller en Artes. Se acaba de matricular en la Facultad de Arquitectura. Ésta es la foto de su graduación.

Miré aquel retrato con muy poco interés y bastante rencor: aquel muchacho fornido oculto bajo una túnica y un birrete que sostenía ostentosamente un diploma historiado era mi amigo de la infancia. Elijah sonreía a la cámara en un gesto triunfante. El gesto de los que están obteniendo de la vida todo lo que la vida puede darles. El gesto de quienes consideran que merecen cada golpe de fortuna, cada motivo de satisfacción. Elijah, que había conseguido un título mientras yo mataba gente, que se había chapuzado en la vida estudiantil mientras yo cruzaba campos de lama y carreteras embarradas. ¿Qué tenía yo que ver con semejante lechuguino?

– ¿No vas a preguntarme por los Sezsmann? -La voz de Zachary West vino a rescatarme de mi absurdo atracón de bilis a la vista de aquella foto. Los Sezsmann… nuestros amigos músicos. Me los imaginaba cómodamente atrincherados en su espléndida mansión de Varsovia, envueltos en las notas de algún violín, haciendo planes para futuros viajes mientras Hannah, convertida ya en una mujer, preparaba su ajuar de novia.

– Supongo que estarán bien.

– Pues supones mal. -Apagó el cigarro contra un cenicero de latón-. Silvio ¿en qué mundo estás viviendo de un tiempo a esta parte?

No quise responder.

– Hitler acaba de invadir Polonia. Y no hace falta ser muy listo para saber que los problemas para los judíos polacos están a punto de comenzar. Llevo un tiempo haciendo gestiones para sacar del país a los Sezsmann y a Hannah Bilak, pero en su último telegrama Ithzak me decía que Amos no puede viajar.

– ¿Por qué?

Zachary bajó los ojos.

– Está casi inválido, Silvio. Y hace unos meses que se ha quedado ciego.

Algo se revolvió en mi interior al recordar al Amos Sezsmann que había conocido seis años atrás: aquel hombre soberbio de ojos enormes y manos prodigiosas capaces de hacer hablar a los violines, el viajero audaz, el músico cosmopolita de generosidad desbordante que nos había acogido en su casa aquel verano, en Varsovia, cuando yo pensaba que los cimientos de nuestro mundo estaban perfectamente asentados.

– Lo siento mucho -dije, torpemente-. Pero, Zachary, ¿crees de verdad que van a verse en apuros sólo por ser judíos…?

El antiguo aviador me miró con una ferocidad desconocida. Me di cuenta de que estaba apretando los puños como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano por contenerse para no golpearme.

– Silvio… ¿has dedicado siquiera unos minutos del tiempo que empleas en lamentar tu suerte a enterarte de lo que ocurre con los judíos en la Alemania de Hitler? ¿No? Pues te haré un resumen. Estamos hablando de asesinatos masivos. De deportaciones. De restricciones salvajes destinadas a limitar los movimientos de la comunidad al mínimo imprescindible. Al principio, simplemente, se les impidió trabajar, tener dinero en el banco, alquilar una casa, entrar en un café o usar el transporte público. Pero ahora el gobierno de Hitler quiere eliminarlos a todos. ¿Lo entiendes? Hacer desaparecer a los judíos de la faz de la tierra. Te estoy hablando de planes de exterminio, Silvio…

Yo escuchaba a Zachary West jugando nerviosamente con la bufanda que llevaba al cuello y que ni siquiera me había quitado. No podía creer lo que me estaba contando. O quizá prefería ignorarlo. Bajé la voz.

– Pero los organismos internacionales… no sé, la Cruz Roja…

Zachary menó la cabeza con energía.

– No, Silvio. Al mundo no le interesa ese problema. Te contaré algo. Colaboro… colaboro con una organización que intenta sacar de Alemania a algunos judíos. No hemos tenido mucho éxito, pero a pesar de todo se ha logrado poner a salvo a un centenar de familias. Esta primavera, supongo que con objetivos propagandísticos, el gobierno nazi permitió salir del país a unos cuantos… exactamente 943. Zarparon del puerto de Hamburgo en un barco, el Saint Louis, que estuvo semanas casi a la deriva porque ningún país aceptaba hacerse cargo de los refugiados… ¿Recuerdas a la señora Griessmer?

Edith Griessmer… la imagen de la hermosa madre de Hannah Bilak vino a mi encuentro de la mano de otras memorias de aquel verano en Polonia. Me pareció que podía oler el perfume de sus guantes de piel -una suave esencia de violetas- y escuchar su voz, hablándome en un idioma que no comprendía. Edith Griessmer, con su piel transparente, su acento francés y su sonrisa estelar.

– ¿Qué pasa con ella?

– Iba en ese barco. Su marido ario la abandonó hace más de un año y se llevó a los hijos de ambos. Edith trató de huir a Polonia, pero los judíos ya no tenían libertad de movimientos. Casi de milagro pude conseguir que viajara en el Saint Louis

– ¿Y dónde está ahora?

– A punto de llegar a Estados Unidos. Se le permitió entrar en territorio cubano cuando el barco atracó en La Habana. Tuvo suerte, ¿sabes? La mayoría de los pasajeros del Saint Louis tuvieron que regresar a Europa. Dentro de unos meses, muchos de ellos estarán muertos. Y el destino de los judíos polacos promete ser peor. Por eso tenemos que hacer todo lo posible para sacar de Varsovia a los Sezsmann y a Hannah Bilak. Si Amos no estuviera tan enfermo sería más fácil. La huida es dura para todo el mundo, pero él está impedido y es casi un anciano. De todas formas, es un momento perfecto para organizar las salidas porque, a pesar de la famosa organización alemana, en Polonia reina todavía cierto descontrol. Intentaremos que en las próximas semanas algunas familias crucen la frontera. Ya hemos diseñado los trayectos para la huida, pero este tiempo es precioso y no podemos perderlo… Así que tenemos que darnos prisa.

Zachary encendió otro cigarro y se aclaró la voz antes de cambiar el tono para dirigirse a mí. Esta vez me pareció que su acento tenía el deje falsamente casual de un charlatán de feria.

– Estás trabajando en el Ministerio de Asuntos Exteriores, ¿no es así?

– Sí… en oficinas.

– Perfecto. Eso nos será de gran ayuda.

En aquel instante lo comprendí todo.

– Así que por eso has venido… porque crees que puedo serte útil.

Zachary me miró con los ojos muy abiertos mientras el pitillo se consumía entre sus dedos.

– Silvio… no te estoy hablando de mí. Se trata de personas que van a ser asesinadas. Se trata de niños, de mujeres, de Hannah y de Ithzak…

– ¿Y qué se supone que puedo hacer yo? ¿Ir a Polonia y traerlos a todos a cuestas?

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