En tiempo de prodigios
- Автор: де ла Круз Марта Ривера
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «En tiempo de prodigios». Краткое содержание книги:
Al rememorar aquella tarde, frente al ordenador, se me cayeron algunas lágrimas. Al contrario que otras veces, no las sequé de un manotazo, ni empecé a hacer otra cosa para apartar a empujones el recuerdo de mi madre. Quería entregarme a aquella imagen, ella y yo viendo juntas las fotos de la nieve, mientras fuera hacía frío y el aire del invierno, de nuestro último invierno juntas, golpeaba los cristales. Luego vinieron otras escenas, otras estampas, otras lágrimas. Me vi besando las manos de mi madre la tarde anterior a su muerte. La recordé acariciándome la cara después de que la hubiese arropado en su cama de enferma, en un gesto de gratitud innecesaria. Y seguí llorando todo lo que no lloré el día que murió, y las semanas posteriores en las que dediqué a alimentar mi rabia por su pérdida todo el tiempo que hubiera podido emplear en honrar su recuerdo.
Creo que ha llegado el tiempo de aprender a llorar por mi madre, sin histerismos, sin aspavientos, yo sola, acompañada por su memoria y por su ausencia. Ahora soy consciente del valor de cada lágrima, y me siento aliviada porque, seis meses después, por fin puedo llorar como hay que hacerlo, con la dignidad que mi madre se preocupó de inculcarme y el abandono de quien conoce el peso exacto de la tristeza. Se acabaron los reproches, se acabaron las preguntas. He perdido a mi madre, y eso es lo peor. Eso es lo único por lo que hay que llorar, lo único por lo que se debe llorar, lo único que vuelve necesario el llorar. Qué gran error por mi parte el no haberlo hecho antes. Qué estupidez cometí al buscar excusas para no abandonarme a una legítima tristeza. Prefería sentir rabia antes que estar triste, destilar rencor antes que reconocer el tamaño de mi desconsuelo. Hacer reproches al recuerdo de mi madre antes que dolerme por su muerte. Por fortuna, uno casi siempre está a tiempo de dar marcha atrás y volver a empezar. A tiempo de aprender a hacer las cosas de la forma correcta.
Antes dije que el dolor es una estación de paso. Ahora creo que puede ser también un punto de partida.
SEGUNDA PARTE
Acabé los dibujos unos días antes de la fecha fijada, y tras meterlos en una carpeta me fui a la editorial para hacer la entrega en mano. Normalmente llamo por teléfono para que un mensajero los recoja en mi casa, pero esta vez, no sé por qué, quería llevarlos yo. Hice el trayecto en un taxi y atravesé la ciudad dorada bajo el sol caramelo del mes de noviembre. Había dejado de llover y el cielo azul tenía la transparencia particular que le otorga el otoño. Los árboles conservaban aún parte de sus copas amarillas, y los bulevares estaban cubiertos de una alfombra crujiente de hojas secas. Cuando era niña, hace ya muchos años, me gustaba pasear por el parque dando patadas a las hojas muertas que se amontonaban en los paseos, bajo los plátanos y los castaños de indias. Al verlas volar, mecidas por el aire del otoño, me daba la sensación de estar insuflándoles vida. No sé cuándo dejé de pasear por los parques, de pisar hojas secas, ni tampoco por qué lo hice. Madrid está lleno de parques, de árboles desnudos, de follaje marrón que se derrama cada otoño sobre las avenidas de gravilla.
Entregué los bocetos a la editora. Después de las discusiones de los últimos días, habíamos llegado a una especie de pacto de no agresión. Ella estaba disgustada conmigo, yo con ella, pero el enfado de ambas se desvaneció en cuanto los dibujos estuvieron desparramados por la mesa del despacho, y ante nosotros empezaron a desfilar las princesas de los cuentos, los príncipes encantados, las hadas y los ogros, y el castillo envuelto en maleza donde la bella durmiente se entregaba a su sueño de cien años en espera de un beso de amor.
– Ay, Cecilia… esto era lo que quería.
– ¿Te parecen bien las hadas?
Había dibujado a tres mujeres completamente distintas entre sí, una alegre y serena de edad avanzada, otra delgada y lánguida en su camino hacia la madurez, y una tercera, aniñada y libre de formas, con la mirada esquiva de una adolescente. Tres hadas madrinas diferentes, inconfundibles, particulares. Silvia estaba entusiasmada con aquellos bocetos.
– Creo que es lo mejor que has dibujado en tu vida. Ven, dame un abrazo… pobrecita, he estado insoportable contigo.
– Oh, yo sí que estuve insoportable. Con todo el mundo -suspiré-. Me alegro de que te gusten los dibujos.
– ¿Gustarme? Me entusiasman. Mira el caballo del príncipe, parece que va a echar a volar… y la bruja… Cecilia, este libro va a llevarse un premio. ¿Has traído la factura? ¿No? Pásamela mañana, sin falta. Les daré caña a los de administración para que cobres enseguida. Por cierto, tengo otro trabajo para ti. Como últimamente pareces más rápida que Billy el Niño…
Iba a sacar la libreta de notas para apuntar los detalles del nuevo encargo, pero cambié de opinión.
– Silvia… esos otros dibujos… ¿te corren mucha prisa?
Se encogió de hombros.
– Debería decir que sí, pero te estaría mintiendo. Son para un libro que vamos a publicar a finales del año que viene…
– Entonces, si no te importa, ¿podemos hablar dentro de unas semanas? Llevo seis meses trabajando sin parar, y creo que voy a regalarme una especie de vacaciones.
Silvia me apretó el brazo.
– Te las has ganado. Llámame cuando quieras.
Salí del despacho sin la carpeta y con la sensación de haberme liberado de otro peso. Al volver de la editorial, pedí al taxi que se detuviese un poco antes de llegar a casa de Silvio, y paseé sola y en silencio por entre las hojas caídas en el bulevar de Recoletos, mientras el viento de noviembre me acariciaba la cara. Tenía muchas cosas en qué pensar, mucho tiempo que recuperar. Mucha vida que poner en orden después de seis meses entregada al trabajo en cuerpo y alma, parapetándome detrás de mis dibujos, refugiándome en ellos de un montón de cosas a las que no quería enfrentarme. Supongo que, en su momento, el trabajo fue una buena excusa para aplazar mi regreso a la vida. Pero había llegado el momento de volver, o mejor, el momento de empezar otra vez.
Ya había oscurecido cuando llegué a casa de Silvio. Al abrirme la puerta, tuve la sensación de que Lucinda me miraba de otra forma, como si ya no se asustase de mi presencia.
– Buenas tardes, señorita Cecilia. Tomará usted la merienda con el señor Silvio, ¿verdad?
– Claro. Por cierto, Lucinda… -Acababa de ocurrírseme una idea-: ¿Tiene usted hijos?
– Sí, señorita. Tres. Ya están grandes.
Por supuesto. No sé por qué había pensado en niños pequeños. Niños a los que pudiese regalar algunos ejemplares de los cuentos que ilustraba.
– Perdone, ¿por qué lo quiere saber?
– Es que… tengo muchos libros para niños… y si usted tuviera hijos, le traería alguno. Pero, claro, si sus chicos ya son mayores…
El rostro de Lucinda se iluminó.
– Ay, señorita, pero me los puede dar a mí. Yo leo malamente, pero voy despacito y me entero de todo. ¿Me los trae al otro día? ¿Me los trae de verdad?
Se lo prometí. Silvio me esperaba en la sala, ante la mesa con el servicio de té, con la caja de fotografías en una esquina. Mientras merendábamos hablamos de media docena de obviedades: el tiempo de noviembre, el tráfico en Madrid, el precio astronómico de las flores en la fiesta horrenda de los Fieles Difuntos. Conversaciones de ascensor, charla para entretener la espera hasta que pudiésemos llegar a esa parte de la tarde que esperábamos ambos: Silvio, porque quería seguir contando su historia. Yo, porque en cuanto llegaba a aquella casa, se me despertaba la necesidad de saber más acerca de la historia de mi amigo.