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Электронная книга - «En tiempo de prodigios». Краткое содержание книги:

La novela finalista del Premio Planeta 2006 Cecilia es la única persona que visita a Silvio, el abuelo de su amiga del alma, un hombre que guarda celosamente el misterio de una vida de leyenda que nunca ha querido compartir con nadie. A través de una caja con fotografías, Silvio va dando a conocer a Cecilia su fascinante historia junto a Zachary West, un extravagante norteamericano cuya llegada a Ribanova cambió el destino de quienes le trataron. Con West descubrirá todo el horror desencadenado por el ascenso del nazismo en Alemania y aprenderá el valor de sacrificar la propia vida por unos ideales. Cecilia, sumida en una profunda crisis personal tras perder a su madre y romper con su pareja, encontrará en Silvio un amigo y un aliado para reconstruir su vida.
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– Alcánzame la caja -dijo, en cuanto Lucinda retiró los platos. Sacó unas cuantas fotos que no me enseñó inmediatamente. Las apartó del resto, cerró la caja y puso aquellos retratos boca abajo y encima de la mesa.

– El otro día les dejé a ustedes en la estación de ferrocarril de Varsovia -le ayudé-, despidiéndose de los Sezsmann y de aquella chica, Hannah Bilak. ¿Qué ocurrió después?

Silvio sonrió unos segundos antes de recuperar su gesto grave y retomar el relato.

El verano siguiente lo pasamos entre Italia y Suiza. Amos Sezsmann iba a dar conciertos en Roma, Milán, Zurich y Basilea, y Zachary decidió que acompañarle en su gira sería un buen plan para el mes de agosto. Fueron unas vacaciones estupendas pero, a diferencia de las del verano del 33, estuvieron libres de acontecimientos excepcionales. Nuestro Ithzak había obtenido calificaciones excelentes en el conservatorio, y continuaba su noviazgo con Hannah Bilak. Después de las semanas de zozobra vividas el año anterior, su relación se había consolidado, y aunque me pareció que ya no tenía el apasionamiento de aquellos primeros tiempos -apasionamiento provocado, a partes iguales, por la juventud, las emociones y la incertidumbre- había evolucionado hasta volverse estable y de una grata placidez que iba muy bien al carácter de Ithzak y al de la propia Hannah. Se habían comprometido formalmente aquella primavera, después de que Edith Griessmer diese su consentimiento por escrito desde Alemania, y entre sus planes estaba casarse en cuanto Ithzak concluyera su formación musical. Le quedaba un curso en el conservatorio, y a continuación el señor Sezsmann quería someterle a la disciplina de distintos profesores particulares para consolidar su aprendizaje. Luego vendrían los conciertos, las giras y, me decía yo, los aplausos y la gloria. Aunque Ithzak jamás pensaba en el reconocimiento ajeno. Sólo pensaba en la música. Y, por supuesto, en Hannah.

Amos había invitado a la novia de su hijo a unirse a nosotros en nuestro viaje, pero la anciana señora Bilak no quiso ni oír hablar del asunto: hubiera sido escandaloso que una muchacha tan joven viajase por Europa en compañía de su prometido. Así que Hannah e Ithzak se contentaron con intercambiarse cartas y telegramas en espera del tiempo en el que no tendrían obstáculos para recorrer el mundo los dos juntos. Ithzak hablaba de su matrimonio con Hannah con la misma tranquila seguridad que utilizaba para referirse a su futuro como director de orquesta. Para él, no se trataba de simples posibilidades, sino de estaciones perfectamente prefijadas en el itinerario de la vida. Un día, mientras paseábamos por el Trastévere bajo un sol de justicia aprendiendo que en Roma el mes de agosto puede ser implacable, le pregunté cómo, con dieciocho años, podía estar tan convencido de que su destino era casarse con Hannah y convertirse en músico profesional. Me dijo que porque eran cosas que dependían únicamente de sí mismo: tenía talento y su novia estaba enamorada de él, así que sólo debía cultivar y cuidar aquello que amaba: la música y Hannah.

En el verano del 35 no hubo viaje al extranjero. Mentiría si dijese que Elijah y yo no nos sentimos decepcionados, pues habíamos diseñado por nuestra cuenta una excitante gira con Ithzak por Hungría y Checoslovaquia. Teníamos la tímida esperanza de que se nos permitiera viajar solos en aquella ocasión, y a los dieciocho años la idea de vivir por unos días libre de la presencia de tutores nos parecía emocionante. Pero, cuando Zachary West nos informó de que los Sezsmann iban a trasladarse a España para cumplir con algunos compromisos profesionales de Amos, supimos, resignados, que debíamos guardar en un cajón las guías, las listas de hoteles y los horarios de los trenes. Aunque consideramos casi una desgracia el ver desbaratados nuestros planes para el mes de julio, la perspectiva de ser anfitriones de los Sezsmann nos compensaba hasta cierto punto de la decepción, así que no pensamos más en nuestra excursión frustrada y la pospusimos hasta que llegase una mejor oportunidad. Ahora creo que, si hubiese sabido lo que iba a ocurrir en cuestión de meses, hubiera insistido en realizar aquel viaje.

Ithzak y su padre estuvieron seis semanas con nosotros, primero en Barcelona, donde Amos ofreció dos recitales en el Liceo, y luego en Madrid, pues también había sido contratado para dar un concierto. Después viajamos juntos a Galicia para que los Sezsmann conociesen Santiago de Compostela -a Amos le fascinó la ciudad, que definió como «un magistral concierto de piedra»- y nos quedamos una semana en Ribanova antes de trasladarnos a San Sebastián junto a mi familia. Esta foto nos la hicimos allí, en una terraza junto al paseo marítimo. Mira a mi madre, estaba preciosa con aquel sombrero. La foto la tomó Efraín, que no se separaba de su cámara y parecía entregado al arte de la daguerrotipia. A pesar de que mi hermano no hablaba más idioma que el suyo y apenas podía entenderse con nuestros amigos extranjeros, Ithzak simpatizó mucho con él. Es un artista, me dijo un día, después de verle medir la luz y la distancia de una forma milimétrica, para obtener una foto -por supuesto, en blanco y negro- de la puesta de sol en la playa de la Concha.

Ithzak, que acababa de cumplir diecinueve años, había ofrecido ya su primer concierto en una pequeña sala de Varsovia. Interpretó al piano algunas obras de Liszt, y el éxito obtenido fue tal, que el señor Siewerski aseguró que podría conseguirle algunos contratos fuera de Polonia. Pero los Sezsmann no quisieron considerar la proposición: Ithzak estaba llamado a ser director de orquesta, no un simple intérprete de piano. Si interrumpía sus estudios con viajes y actuaciones, quedaría relegado a la categoría de concertista corriente y moliente. Y eso era algo que no deseaban ni el padre ni el hijo, cuyos deseos, afortunadamente, seguían estando en completa sintonía.

En cuanto a mi futuro, durante aquel año se tomaron algunas decisiones importantes. Había obtenido el título de bachiller con unas calificaciones bastante buenas, y quería ir a la Universidad y estudiar ingeniería. Zachary West habló con mis padres: pensaba enviar a Elijah a Boston para realizar estudios superiores, y no tenía inconveniente en sufragar también mi carrera allí. Aunque supongo que sabían que un traslado a América supondría para mí el definitivo alejamiento de la familia, ni mi padre ni mi madre pusieron objeciones a la propuesta, que reconocían como una oportunidad para labrarme el mejor futuro. Así que se decidió que, en septiembre, empezaría a cumplir con el servicio militar para poder viajar a Boston libre de compromisos con la patria. Aunque, a decir verdad, en aquel momento yo ni siquiera tenía muy claro qué patria era la mía. Creo que me había convertido en un caballerete algo snob y pretendidamente cosmopolita que quería ser, como dicen los cursis, ciudadano del mundo.

De regreso de vacaciones, y gracias a los buenos contactos de mi padre, obtuve un destino cómodo para mi primera temporada en el ejército. Hice la instrucción en un pequeño pueblo relativamente cercano a Ribanova, de forma que podía pasar en casa los permisos concedidos a la tropa. El período de formación castrense, del que muchos hablan con verdadero rencor, no fue para mí especialmente desagradable. No tuve dificultad en acatar la disciplina militar. La idea de obedecer las órdenes de mandos prácticamente analfabetos, cuando yo era bachiller, no me daba ni frío ni calor. Simplemente, aquello no iba conmigo: era sólo un trámite por el que debía pasar para continuar mi camino, como el que tiene que vadear un arroyo maloliente antes de llegar a la tierra prometida. Sufrí pocos arrestos y no tuve ningún problema con los compañeros, a cinco de los cuales, por cierto, enseñé a leer y a escribir mientras yo aprendía a marchar bajo la lluvia, a empuñar un fusil y a luchar cuerpo a cuerpo. Fíjate en esta foto: fue la primera que me hicieron vestido de recluta. No tengo un aire muy marcial, que digamos.

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