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El Ruido de las Cosas al Caer

Электронная книга - «El Ruido de las Cosas al Caer». Краткое содержание книги:

El ruido de las cosas al caer ha sido calificado como un negro balance de una época de terror y violencia, en una capital colombiana descrita como un territorio literario lleno de significaciones. El novelista se vale de los recuerdos y peripecias de Antonio Yammara, empezando por la exótica fuga y posterior caza de un hipopótamo, último vestigio del imposible zoológico con el que Pablo Escobar exhibía su poder. Al dubitativo Yammara se suma la figura de Ricardo Laverde, un antiguo aviador de tintes faulknerianos que ha pasado 20 años en la cárcel y que, en cierto sentido, representa a la generación de los padres del protagonista.
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«Ah, por fin», dijo Ricardo. «Ven, ven, no te quedes ahí parada. Esta gente vino para verte a ti.»

Mucho tiempo después, recordando ese día, a Elaine no dejaría de maravillarla la certeza con que supo, sin ninguna prueba ni razón para sospechar, que Ricardo le había mentido. No, no la habían venido a ver a ella: Elaine lo supo en el instante mismo en que las palabras fueron pronunciadas. Fue un escalofrío, una incomodidad al estrechar la mano de Carlos sin que Carlos la mirara a los ojos, una cierta ansiedad o desconfianza al saludar en español a Mike Barbieri, al preguntarle cómo estaba, cómo le iban las cosas, por qué no había asistido a la última reunión departamental.

Ricardo estaba sentado en una mecedora de mimbre que habían conseguido a buen precio en el mercado de artesanías; los dos invitados, en bancas de madera. En el centro, sobre la lámina de vidrio de la mesa, había unos papeles que Ricardo recogió de un manotazo, pero en los cuales Elaine alcanzó a ver un dibujo desordenado, una especie de gran ectoplasma con la forma del continente americano, o con la forma que habría tenido un continente americano dibujado por un niño.

«Hola, ¿qué hacen?», preguntó Elaine.

«Mike viene a pasar Navidad con nosotros», dijo Ricardo.

«Si no te importa», dijo Mike.

«No, claro que no», dijo Elaine. «¿Y vienes solo?»

«Solo, sí», dijo Mike. «Con ustedes dos. no necesito a nadie más.»

Entonces Carlos se puso de pie y le señaló su banca a Elaine, como para cedérsela, y musitando algo que podía o no ser una despedida, y levantando una mano de dedos gordos, comenzó a caminar hacia la puerta.

Una gran mancha de sudor le bajaba por la espalda.

Elaine lo miró de arriba abajo y vio que su cinturón había pasado por encima de una trabilla y vio sus pantalones bien planchados y le llamó la atención el ruido que hacían sus sandalias y el tono grisáceo de la piel de sus talones. Milke Barbieri se quedó un rato más, el tiempo de beber dos rones con coca cola y de contar que un voluntario de Sacramento había venido a pasar Thanksgiving con él, y que le había enseñado a llamar por teléfono a Estados Unidos con un ham radio. Era magia, pura magia. Había que conseguir un radioaficionado aquí y un radioaficionado en Estados Unidos, gente amiga que estuviera dispuesta a prestar el aparato y hacer la conexión, y así uno podía hablar de inmediato con la familia sin pagar un dólar, pero tranquilos, era todo legítimo, nada fraudulento, o tal vez sí, un poco, pero qué importaba: él mismo había hablado con su hermana menor, con un amigo al que debía dinero e incluso con una novia de la universidad que alguna vez lo echó de su vida y que ahora, con el tiempo y la distancia, ya le había perdonado hasta los peores pecados. Y todo eso completamente gratis, ¿no era extraordinario?

Mike Barbieri pasó la Nochebuena con ellos, y también la Navidad, y también la semana siguiente, y también la Noche vieja y también el Año Nuevo, y el 2 de enero se despidió como si se despidiera de su familia, con ojos llorosos y abrazos emocionados y frases enteras dedicadas a agradecerles la hospitalidad, la compañía, el cariño y el ron con coca cola.

Fueron días largos para Elaine, que no conseguía entusiasmarse con estas fiestas sin bastones ni medias colgando de la chimenea y seguía sin entender muy bien en qué momento ese gringo desorientado se había instalado entre ellos. Pero Ricardo parecía pasársela de maravilla:

«Es mi hermano perdido», le decía abrazándolo.

Por las noches, con un par de tragos encima, Mike Barbieri sacaba la hierba y armaba un cigarrillo, Ricardo encendía el ventilador y los tres se ponían a hablar de política, de Nixon y de Rojas Pinilla y de Misael Pastrana y de Edward Kennedy, cuyo carro rompió el puente y se fue al agua, y de Mary Jo Kopechne, la pobre muchachita que lo acompañaba y que murió ahogada.

Al final Elaine, exhausta, se iba a dormir. Para ella, como para los campesinos de su zona de influencia, la última semana del año no era de vacaciones, y durante esos días siguió saliendo de casa tan temprano como pudiera para llegar a sus citas. Cuando volvía en la tarde, sucia y frustrada por la falta de progresos y con las pantorrillas adoloridas por las horas pasadas sobre Truman, Ricardo y Mike la esperaban con la comida ya medio lista. Y tras la comida, la misma rutina: ventanas abiertas de par en par, ron, marihuana, Nixon y Rojas Pinilla, el Mar de la Tranquilidad y cómo cambiaría la vida, la muerte de Ho ChiMinh y cómo cambiaría la guerra.

El primer lunes hábil de 1970 -un día seco y duro y caluroso, un día de tanta luz que los cielos parecían blancos y no azules-, Elaine salió montada en Truman y en dirección a Guarinocito, donde estaban construyendo una escuela y ella iba a hablar de un programa de alfabetización que los voluntarios del departamento habían comenzado a coordinar, y al doblar una esquina le pareció ver de lejos a Carlos y a Mike Barbieri. En la tarde, al regresar, Ricardo le tenía la noticia: le habían conseguido un trabajo, se iba a tener que ausentar un par de días. Se trataba de traer unos televisores de San Andrés, nada más simple, pero iba a tener que dormir en destino. Así dijo, «en destino». Elaine se alegró de que ya le comenzaran a salir trabajos: tal vez, después de todo, no iba a ser tan difícil ganarse la vida como piloto.

«Todo va bien», escribió Elaine a principios de febrero. «Claro, es mil veces más fácil volar un avión por instrumentos que lograr la cooperación de los políticos de pueblo.» Añadió: «Y más siendo mujer». Y después: Una cosa aprendí: ya que la gente de los pueblos está acostumbrada a que los manden, comencé a comportarme como un patrón. Lamento mucho decir que la cosa da resultados. Así logré que las mujeres de Victoria (es un pueblo de por aquí) exigieran al médico una campaña de nutrición y de salud dental.

Sí, es raro ver las dos cosas Juntas, pero alimentarse sólo con aguapanela le destroza los dientes a cualquiera. Así que por lo menos eso he logrado. No es mucho, pero es un comienzo.

Ricardo, eso sí, está feliz. Como un niño en una tienda de juguetes. Le comenzaron a salir trabajos, no muchos, pero suficientes. Todavía no tiene las horas para ser piloto comercial, pero eso es mejor, porque cobra más barato y lo prefieren por eso (en Colombia todo es mejor si se hace por debajo de cuerda). Claro, lo veo menos. Se va tempranísimo, vuela desde Bogotá y esos trabajos se le comen el día. A veces hasta le toca dormir en su casa vieja, en la casa de sus padres, a la ida o a la vuelta o ambas. Y yo aquí sola. A veces es desesperante, pero no tengo derecho a quejarme.

Entre los días de trabajo de Ricardo pasaban semanas de ocio, de manera que en las tardes, cuando Elaine llegaba de sus frustrantes intentos por cambiar el mundo, Ricardo había tenido tiempo de aburrirse y de volverse a aburrir y de empezar a hacer cosas en la casa con su caja de herramientas, y la casa tomaba el aspecto de una constante obra gris. En marzo Ricardo le construyó a Elaine un baño en el patio de tierra, ya convertido en pequeño jardín: un cubículo de madera adosado a la pared exterior de la casa que le permitía a Elaine sacar una manguera y darse una ducha bajo el cielo nocturno. En mayo construyó un armario para guardar sus herramientas, y le puso un candado inexpugnable del tamaño de una baraja para desanimar a cualquier ladrón. En Junio no construyó nada, porque estuvo ausente más de lo acostumbrado: tras conversarlo con Elaine, decidió volver al Aeroclub para sacar la licencia de piloto comercial, lo cual le permitiría llevar carga y, lo más importante, pasajeros. «Así vamos a dar un paseo en serio», dijo.

La obtención de la licencia le implicaba casi cien horas más de vuelo, aparte de diez horas de instrucción en doble comando en avión, así que se iba durante la semana a Bogotá (dormía en su propia casa, recibía noticias de sus padres, daba noticias de su vida de recién casado, todos brindaban y se alegraban) y regresaba a La Dorada en la tarde del viernes, en tren o en bus y una vez en taxi fletado.

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