Los hermanos de la costa
- Автор: Bolea Juan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hermanos de la costa». Краткое содержание книги:
– Es tan joven -reprobó Martel-. ¿Para qué necesita el olvido?
– Hay cosas que usted no sabe. Que nadie sabe ni debe saber.
– ¿Secretos de familia?
– Caliente -sonrió la madam; a Martel le pareció que con un jerárquico orgullo, como si fuese depositaría de un secreto cuya transmisión dependiera de su voluntad.
El quimono se abrió y fue resbalando por las carnes de la madam. Martel pudo ver las fauces del dragón arrugándose como una máscara de papel.
Desmedido, blanco, el cuerpo de Rita exhibió unos pechos caídos y una grieta cárdena, sin vello, señalando su caverna sexual. Mientras Celeste gemía y se retorcía en la cama, la cabaretera bailó con torpeza, acariciándose las tetas, las nalgas.
– Es hora de dar de comer a Leila -anunció.
Se inclinó sobre el terrario y abrió la urna. Martel observó al crótalo reptar sobre sus hombros, en la bicéfala ilusión de un diablo repetido. Rita permitió que el reptil se enroscara alrededor de su cuello, animándole a deslizar hacia su sexo la dura viscosidad de su lengua.
– Es hora de comer, Leila. Hora de comer… Martel no fue consciente de que el cigarrillo se le había caído, ni de que él mismo había resbalado del descalzador. Las rodillas se le clavaron al suelo de mosaico, que transmitió un frío agudo a su médula espinal.
La madam se le fue acercando, insinuándose, hasta que la cabeza del reptil estuvo tan cerca de él que Martel pudo leer la muerte en sus pupilas de metal lavado. Quiso salir de allí, abandonar aquella cárcel de repulsión y locura, pero se quedó quieto, hipnotizado por el peligro. Un aliento insano como la caricia del mal pareció flotar en la alcoba, pero era tan sólo la brisa nocturna, cuyo soplo acababa de abrir una ventana. Al fondo se adivinaban unas nubes rojizas flotando entre la fantasmagórica luna. Martel cerró los párpados, atemorizado. Cuando volvió a abrirlos, la serpiente avanzaba hacia la cama donde Celeste se agitaba en visiones que parecían habitarla.
Rita Jaguar permanecía inmóvil, desnuda y grotesca junto al candelabro, como una vigilante vestal. -Es hora de comer, Leila. Hora de comer… De pronto, la madam se fue hacia el hombre, se arrodilló, le abrió el pantalón, le sacó el miembro, lo templó, lo engulló. Martel dio un grito de salvaje placer.
Leila reptaba sobre el lecho. Con sus escamas de oro líquido cubrió a Celeste, montándola como un amante dominador.
La niña la rodeó con sus piernas. El monstruo disparó su cuello entre sus muslos. Martel volvió a gritar, pero esta vez su voz, ahogada por una materia gelatinosa que le crecía en la garganta, apenas brotó.
Ese quejido suyo se confundió con los agónicos jadeos de Celeste. La mujer-niña había puesto los ojos en blanco y era presa de espasmos. Su negra melena golpeó a uno y otro lado de la cama, hasta que sus manos se aflojaron sobre el viscoso lomo que la estaba poseyendo, y pudo desvanecerse en un sueño intranquilo.
La madam encerró a la serpiente en el sarcófago de cristal e indicó a Martel que había llegado su turno.
– La pequeña es suya. Haga con ella lo que le plazca. Puede montarla por detrás, no se rebelará. Puede azotarla.
Martel parpadeó, excitado. Seguía con el miembro erecto y la piel del escroto tensa como un tambor. Bebió un trago de la botella de coñac y se palpó los muslos, como si quisiera evaluar su propia potencia. El licor le resbalaba por la barbilla y el pecho, humedeciendo su vello púbico y haciéndole arder la base del pene. Bebió un trago y otro, hasta aturdirse, y se arrancó.
Mientras el hombre avanzaba hacia la cama, la alcoba quedó en un silencio desprovisto de cualquier significado, de toda esperanza, seco y mortal como el que debe reinar en el infierno. La carne inocente recibió toda su desesperación y su odio. Rita tuvo que frenar el brazo de Martel, para que dejase de azotar a la niña. Después la montó una vez más y siguió bebiendo hasta caer redondo.
Cuando despertó, en la habitación no había nadie. La cera de los candelabros se había derretido. El reptil dormitaba ovillado en su sepulcro de cristal. Las arrugadas sábanas testimoniaban el salvaje encuentro que sobre ellas había tenido lugar. Unas gotas oscuras sobre la almohada removieron la conciencia de Martel, acusándole de la violencia con que había sometido a la criatura. La madam la había encadenado del cuello, como a un animal núbil.
Martel recuperó sus ropas, amontonadas a los pies del descalzador, comprobó que nada faltaba en su cartera y se fue vistiendo. Aturdido por la resaca salió de la alcoba, recorrió el pasillo, con las puertas de las habitaciones cerradas, y bajó a la sala. Apenas había luz. Un hombre taciturno, de pelo rubio muy corto, recogía los vasos de la barra. Martel tropezó con las mesas antes de encontrar la puerta de salida.
Una racha de viento frío lo despejó como para atreverse a enderezar el sendero que ascendía al acantilado. Tenía prisa por regresar a la posada, darse una ducha caliente y tumbarse a dormir.
En la cima, el viento arreció. Martel escuchó el sonido del mar, que rompía en marea alta. El club quedaba abajo, en la playa, apenas una blanquecina mancha sobre la arena iluminada por el fulgor de neón. Por aquel tramo, el más alto, la senda caía a pico sobre el farallón. Una barandilla de madera protegía a los viandantes del amenazador vacío. Martel, tal era su inestabilidad, tuvo que agarrarse a las estacas para no caer.
No pudo distinguir la sombra que se deslizaba tras él, acechando su inseguro paso. Cuando sintió la opresión en su pecho, y la mano que le aferraba el cabello como si fuera a arrancárselo intentó ofrecer resistencia y golpeó el rostro de un hombre cuyos borrosos rasgos se le revelaron durante un segundo. Pero el suelo cedió bajo sus pies, su mandíbula golpeó contra un saliente, arañaron sus uñas una superficie rocosa y ya sólo fue consciente del grito inhumano que brotaba de su garganta mientras caía hacia las negras olas que parecían abrirse para recibirle en su tumba.
27
Martina despertó de golpe de una pesadilla atroz. Estaba soñando que una sombra armada con un hacha ensangrentada la seguía por las marismas, en mitad de la noche. Con esa clase de certeza de que adolecen los sueños supo que su perseguidor era el autor de los crímenes del delta, pero, para su desesperación, no conseguía verle el rostro, ni tan siquiera intuir de quién se trataba. Resbaló en el lodo. Cuando la silueta del asesino se cernió sobre ella emitió un grito que la hizo incorporarse en la cama a la espera del golpe mortal. Pero ese aullido siguió sonando dos, tres segundos desde algún lugar exterior, hasta convencerla de que la voz no era la suya.
Una serie de furiosos ladridos contribuyó a persuadirla de que algo grave ocurría. La subinspectora se levantó de la cama y abrió los postigos. Aunque la noche era densa, tanto o más que en su pesadilla, pudo ver a los enloquecidos perros del otro huésped luchando por soltarse del árbol al que permanecían atados. Una de las bestias, la más grande, hizo saltar la correa y, hundiendo la cabeza entre los poderosos omóplatos, rompió a galopar por el sendero en dirección a los acantilados.
Martina se vistió con rapidez, cogió su linterna y bajó a toda prisa las escaleras del albergue. El farol que iluminaba la posada la alumbró durante un corto trecho, pero después tuvo que prender la lámpara para no caer acantilado abajo. El fuerte viento transportaba los ladridos, que le sirvieron de orientación. Cuando la bruma se espesó, comprendió que había llegado a la parte más escarpada de la senda, la que bordeaba las rompientes. Respiró hondo y avanzó con una mano rozando la escarpada pared.
El gran danés negro con pintas blancas, el macho de la pareja, ladraba en dirección al mar. Martina se detuvo a unos metros del animal, vigilándolo con el rabillo del ojo, y enfocó al farallón. En un primer momento no vio nada, pero al cabo del rato pudo adivinar un contorno humano tendido sobre las rocas.