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Los hermanos de la costa

Электронная книга - «Los hermanos de la costa». Краткое содержание книги:

La subinspectora Martina de Santo debe descubrir al autor de unos terribles asesinatos cometidos en la remota costa de Portosanto, un pueblecito del norte, reducto en el pasado de los últimos cazadores de ballenas. En el transcurso de su búsqueda, Martina de Santo conocerá a los «Hermanos de la Costa», una misteriosa asociación en la que se fusionan creación artística y ritos macabros. Los crímenes, que vienen cometiéndose desde tiempo atrás, tienen su origen en acontecimientos del pasado que la subinspectora va desvelando poco a poco, enfrentándose, al mismo tiempo, a delitos actuales relacionados con el narcotráfico. Juan Bolea combina lo ancestral y lo presente de manera inteligente y sutil para crear una trama apasionante que interesa desde la primera hasta la última página.
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– Pero sí para patronear una lancha -observó Martina, atenta a sus reacciones.

– Así es. Lo hizo siempre, durante toda su vida. Verá, su aliento vital pertenecía al mar. En cuanto dejaba atrás la bocana del puerto, renacía. Por eso, cuando decidía llevar a cabo una travesía por su cuenta todos mirábamos hacia otro lado. Le aseguro que no corría peligro. Dominaba estas aguas.

El hijo de Dimas Golbardo abrió un cajón y entregó a Martina una llave de hierro.

– Tenga. Le proporcioné un juego al sargento, el único que estaba numerado, para facilitarles la investigación. Por lo que me ha contado el juez, han batido los bosques y la ría del Muguín, sin resultado alguno. Ya le dije que nuestro destacamento no se caracteriza por su eficacia.

– Sin embargo, no hace mucho intervinieron un buque cargado de cocaína. Lo sé porque salió publicado.

– Fue mérito de la Interpol. Los picoletos se limitaron a abordar el mercante. No puedo recordar a cuál de las cabañas corresponde esta llave, pero no importa, todas son iguales. Pruebe las cerraduras. Alguna abrirá.

– ¿Cómo llegaré hasta la Piedra de la Ballena?

– Por tierra, no se lo aconsejo. Creo que hay tramos de carretera inundados. La mejor manera de arribar a la ría del Muguín sería contratar una lancha, y costear.

– ¿Me recomienda los servicios de algún patrón?

Teo Golbardo no vaciló.

– El capitán José Sumí sería el más indicado para llevarla.

– ¿Dónde puedo localizarle?

– Lo encontrará en la Casa de las Buganvillas, a las afueras del pueblo, a unos dos kilómetros por el viejo camino de sirga. Dígale al capitán que va de mi parte. Es tío mío, y la tratará como merece.

25

La tarde caía sobre el delta.

Martina necesitaba respirar aire fresco, por lo que salió a caminar por los alrededores de la posada. Se alejó hacia los prados. Frente a ella, el mar se iba cubriendo de una espesa bruma. Anduvo un cuarto de hora por serpenteantes caminos. Más abajo, en la playa, ya lejos del pueblo, distinguió una edificación encalada, rectangular, de dos plantas, con un rótulo de neón en la fachada.

Descendió por una senda escarpada y se acercó al club. Un hombre de unos treinta años de edad y pelo rubio, corto y duro, estaba barriendo el balasto que daba acceso al Oasis. Se había quitado la cazadora, que colgaba del mango de un rastrillo. Su cuello brillaba de sudor.

La puerta del garito se abrió para dejar salir a una mujer envuelta en un quimono con un dragón bordado. Iba despeinada, como si acabara de levantarse, o no se hubiera acostado aún.

– ¡Mueve el culo, Cayo! -gritó-. ¡Hay mucho que hacer en mi casa! ¡Que también es la tuya, para desgracia mía!

El tono, más que imperioso, despótico, pareció intimidar a su destinatario. Cayo dejó lo que estaba haciendo y desapareció en el interior del antro.

Puesta en jarras, con la cabeza ladeada como un ave de presa, la matrona se quedó mirando a Martina de Santo; preguntándose, tal vez, qué andaría buscando por aquellos parajes una elegante señorita de ciudad ataviada con sombrero y una gabardina entallada que hacía destacar la esbeltez de su cintura. Después se retiró y cerró de un portazo.

Aunque ya no era la bailarina en plena juventud que sedujo a Horacio Muñoz, Martina había reconocido en el acto a Rita Jaguar. Eran sus mismas facciones, aunque abotagadas por la obesidad y el paso de los años. La misma salvaje melena pelirroja que debió lucir en sus tiempos de gloria, junto a sus serpientes y sus biquinis de lentejuelas, antes de casarse con aquel desdichado carpintero de Bolscan y abandonar las candilejas. La subinspectora no tuvo ninguna duda. Se trataba de aquella misma leona que bailaba desnuda ante un escenario con palmeras pintadas, y que sabía sojuzgar a los hombres.

La subinspectora decidió dar un vistazo al local.

Tras cerciorarse de que nadie la veía, rodeó un seto de castigados ailantos, cuyas raíces se hundían en un compacto albero, allá donde la agreste playa había sido nivelada y aplanada para cimentar la construcción. A través de sus ramas se distinguía otro seto, éste más tupido. Martina avanzó hasta la parte trasera, protegida con una valla de ladrillo erizada de cristales y un cerrado portón que sólo debía poder abrirse desde el interior. Empujó un contenedor repleto de botellas rotas y lo apoyó contra la pared para usarlo como atalaya. Por encima de la valla vio un jardín seco, una especie de estanque, o de fuente, con cuatro ranas de hierro expulsando chorritos de agua hacia los puntos cardinales y, en el centro, junto a una destartalada pérgola, un mísero escenario de café-concierto, con un piano y otros instrumentos abandonados al aire libre, como si los músicos fueran a regresar de un momento a otro. Una desvaída playa y dos marchitas palmeras, una a cada extremo, decoraban el pintado telón, anclado al escenario con una estructura de forja.

– ¿Estás buscando algo, guapa?

Martina resbaló, y a punto estuvo de caer. Para evitarlo, se agarró a la tapia. Un dolor agudo la hirió. La punta de un vidrio se le había clavado.

– ¿Ves, monina, lo que pasa por ser tan curiosa?

La voz, más bien masculina, había vuelto a sonar detrás de ella. Cayo la miraba con una tímida expresión, pero no era él quien había hablado, sino la mujer del quimono y el dragón bordado en el busto, que parecía ser su jefa. «O su dueña», pensó Martina.

– Buscaba la casa de un amigo -se excusó la subinspector, una vez en el suelo, frente a ellos.

La mano le sangraba. Se arrancó el cristal con los dientes, y con el pañuelo improvisó un rápido vendaje.

– ¿Y a casa de un amigo entras a robar, so ladrona? -le espetó Rita Jaguar-. ¿Tendré que poner un cartel para gente de tu calaña? ¿No se te ha ocurrido pensar que ésta es una propiedad privada?

– Se trata de un error, créame.

El borsalino se le había caído. La subinspectora lo recogió y lo sacudió de arena.

– Mi amigo se llama Fosco, Daniel Fosco. Me proporcionó una dirección que he debido interpretar mal. Quizá ustedes le conozcan. Éste es un pueblo pequeño, al fin y al cabo. ¿Podrían decirme dónde vive? Y, de paso, ¿dónde queda el cuartelillo de la Guardia Civil?

– No conocemos a ningún Fosco -dijo Cayo, separando unos labios de color miel.

– ¿Para qué quiere ver a los picoletos? -gruñó la madam.

– Para denunciar un robo -improvisó la subinspector-. Mi maleta desapareció del ferry nocturno. Mucho me temo que uno de los estibadores se la haya apropiado. Acepte mis disculpas, se lo ruego. Creo que encontraré la casa de los Fosco. Mi amigo me indicó que lucía dos palmeras en la entrada. Como las que tienen ustedes ahí pintadas, en el telón del jardín. Bonito escenario. ¿Hay fiesta por las noches? ¿Conciertos al aire libre?

– Una señorita como tú sabrá encontrar otras distracciones -opinó Rita-. A menos que estés buscando trabajo. -Sonriendo con lascivia, se ajustó el quimono. Globosos y fláccidos se insinuaron sus senos-. ¿Sí? ¿Era eso, gatina? Haber empezado por ahí. ¿Tenemos algún puesto vacante, Cayo?

– Aquí siempre hay trabajo, madre. Nos vendría bien otra camarera.

– ¿Has oído? Si lo quieres, el puesto es tuyo.

– Lo pensaré -repuso Martina. Sentía deseos de alejar se, y de encender un cigarrillo, pero preguntó-: ¿Cuánto?

– Hablaríamos de un fijo, más comisiones y propinas.

– ¿Qué tendré que hacer? ¿Poner copas? ¿Sólo eso?

– Déjame ver. Creo que debajo de esos trapos de marca se esconde algo que vale la pena.

Rita Jaguar la obligó a alzar la barbilla y le abrió la gabardina. Martina percibió su espeso aliento. Olía a tabaco y a algún licor dulce, pipermín, quizá.

– Podría servir. ¿Qué opinas, Cayo? ¿Cuánto pagarías por pasar un rato agradable con ella?

– Por favor, madre. Déjala ir.

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