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Los hermanos de la costa

Электронная книга - «Los hermanos de la costa». Краткое содержание книги:

La subinspectora Martina de Santo debe descubrir al autor de unos terribles asesinatos cometidos en la remota costa de Portosanto, un pueblecito del norte, reducto en el pasado de los últimos cazadores de ballenas. En el transcurso de su búsqueda, Martina de Santo conocerá a los «Hermanos de la Costa», una misteriosa asociación en la que se fusionan creación artística y ritos macabros. Los crímenes, que vienen cometiéndose desde tiempo atrás, tienen su origen en acontecimientos del pasado que la subinspectora va desvelando poco a poco, enfrentándose, al mismo tiempo, a delitos actuales relacionados con el narcotráfico. Juan Bolea combina lo ancestral y lo presente de manera inteligente y sutil para crear una trama apasionante que interesa desde la primera hasta la última página.
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– Tiene múltiples fracturas, y no descarto que sufra lesiones internas -diagnosticó-. Hay que intervenir, pero no dispongo de medios, ni de personal especializado. Convendría trasladarlo. Cuanto antes, mejor.

La subinspectora se había responsabilizado de llamar al helicóptero. Efectuó la llamada desde el despacho de dirección. El ambulatorio quedaba en la parte norte del pueblo, rodeado de estrechas calles y casas de piedra, por lo que indicó al piloto que aterrizase en la playa del Puntal, en la parte más ancha de la bahía, a unos dos kilómetros del muelle. El helicóptero medicalizado estaba siempre a punto para despegar en tareas de rescate, y con mayor motivo en invierno, debido a los frecuentes percances de montaña, pero la distancia entre Bolscan y Portocristo era considerable, y la espesa niebla de la costa no iba a contribuir a acelerar la travesía aérea. Calculando que deberían esperar al menos un par de horas, la subinspectora salió al pasillo a fumar un cigarrillo. El doctor Ancano se reunió con ella.

– Le he dado un calmante, para el dolor. Espero que resista hasta que lleguen al Hospital Clínico. Dígale al piloto que lo trasladen a ese centro. Avisaré al servicio de traumatología.

– Últimamente están teniendo mucho trabajo, doctor -observó la subinspectora.

Ancano se encogió de hombros.

– ¿Lo dice por los crímenes? La práctica forense no es exactamente mi especialidad, ni plato de mi gusto, pero alguien tiene que hacerse cargo, cuando toca.

– Pude examinar en la funeraria los cuerpos de Dimas Golbardo y Santos Hernández. Los habían adecentado y cosido. Sin embargo, usted no realizó las autopsias.

El director del ambulatorio la miró con reproche.

– Si tiene en cuenta que el propósito de la necropsia no es otro que establecer la causa de la muerte, creo que se equivoca hasta cierto punto, subinspectora.

– No obstante, la ley…

– Sé lo que dice la ley, y también supe enseguida cómo los mataron. Tendría que haber visto el cadáver de Dimas cuando fue desembarcado en el puerto. Sus intestinos, sus vísceras. Y ese arpón clavado en el pecho de Santos Hernández. Me pudo la certeza de que ya habían sufrido bastante. Certifiqué la hora de los óbitos, así como las causas de ambos fallecimientos, y ordené al embalsamador que recompusiera los cuerpos, a fin de que los familiares no padecieran un tormento añadido.

– Quisiera ver esos certificados, doctor.

Manuel Ancano la contempló con cierta desconfianza. Martina se apresuró a ofrecerle un cigarrillo, que el médico aceptó.

– Como es preceptivo, obran en posesión del juez. Puede solicitárselos a él. Por lo que sé, ha decretado secreto de sumario, pero supongo que no tendrá inconveniente en facilitárselos a los investigadores.

La subinspectora le dio fuego con su encendedor de plata.

– ¿Hizo constar en esas memorias que en ambos cadáveres figuraban unas extrañas señales?

– ¿A qué se refiere?

– Marcas tatuadas en la piel. Prácticamente idénticas en ambos cuerpos.

El doctor se la quedó mirando con absoluta extrañeza. Entre sus gruesos labios pendía un filamento de saliva, que después iría acumulándose en las comisuras. En contraste con su elegancia, los dientes del médico estaban renegridos por el tabaco, y su aliento exhalaba un acre olor procedente de las profundidades de su estómago. La subinspectora enderezó su espalda para alejarse unos centímetros de él.

– Le juro que no las vi. ¿Qué forma tenían?

– Un dibujo parecido al signo del infinito. Del tamaño de una moneda, más o menos. El tatuaje de Dimas Golbardo estaba bajo su tetilla derecha. El de Santos Hernández, en la planta del pie izquierdo. Debieron ser trazados casi al mismo tiempo, y lo hizo un zurdo.

– ¿Cómo lo sabe?

– Por la presión del objeto punzante que fue utilizado.

– No puede ser-murmuró el médico-. Examiné los cadáveres con todo detenimiento.

– Quizá alguien dibujó esas marcas después de que los reconociera usted.

– Tal vez, pero no tiene demasiado sentido. ¿Por qué razón? ¿Y quién pudo hacerlo?

– Alguien que tuviera acceso a la funeraria, evidentemente.

– Esa lista es muy reducida, subinspectora. Sólo abarcaría al juez, al sargento, al propietario del establecimiento y a los deudos de las víctimas. Que se limitan a la familia Golbardo, puesto que, por el momento, nadie se ha tomado la molestia de reclamarlos restos de Santos Hernández.

– ¿El chamarilero no tenía parientes?

– Al parecer, no.

– De los Golbardo, ¿quiénes fueron llamados a la funeraria para reconocer el cadáver?

– Su hijo, Teo, y su hermano Alfredo.

– ¿En algún momento permanecieron a solas en el interior de la cripta?

El médico fumó reflexivamente.

– Tendría que hacer memoria. Creo que no. El pobre Alfredo lo pasó muy mal. Se abrazó al cadáver de su hermano, llorando desconsoladamente. Sobrino, el embalsamador, tuvo que retirarlo.

– ¿Estaba presente el juez?

– Desde luego. Se encontraba conmigo, a mi lado.

– ¿Alfredo Golbardo sufrió una crisis de histeria?

– Tuvimos que sacarlo a la calle, para que le diera el fresco. Le hice tomar un valium.

– ¿El juez Cambruno le ayudó a atenderle?

– Subió las escaleras con él, y lo estuvo consolando unos minutos.

– ¿Mientras eso sucedía, el hijo de Dimas, Teo, quedó solo en la cripta?

– Es posible, pero no podría recordarlo con precisión. Todo sucedió muy deprisa, y ya se puede imaginar la tensión emocional que nos embargaba a todos. ¿No estará pensando que ese muchacho pudo marcar los cadáveres?

Martina replicó, con suavidad:

– Alguien lo hizo, antes o después de los crímenes.

– ¿Con qué propósito?

– Bien para reivindicar sus muertes, bien para confundir la investigación.

Ancano bajó la voz.

– Entonces, ¿el autor de esos símbolos es el asesino?

– No podría afirmarlo con rotundidad.

El médico se quedó mirando fijamente la brasa de su cigarrillo. Tenía unos ojos redondos, algo saltones.

– Acabo de recordar que hubo alguien más en la funeraria.

– ¿Quién?

– El capitán Sumí.

– ¿El patrón que había encontrado los restos de Dimas?

– Exactamente. Después de depositar el cuerpo en el muelle y de atracar en su embarcadero, volvió para ofrecerse a prestar declaración.

– ¿El juez lo había requerido?

– Sí.

– ¿Lo interrogó en la funeraria?

– No. Los vi marcharse juntos, con el secretario del Juzgado. Era ya de noche cerrada. Imagino que abrirían las oficinas de la sede judicial, y que Cambruno le tomaría declaración allí. En cualquier caso, tendré que examinar de nuevo los cuerpos.

– Hágalo, doctor. E infórmeme de cualquier otra observación que pueda incorporar. Me propongo acompañar al herido al hospital de Bolscan, pero intentaré estar de regreso mañana por la noche, o pasado mañana. En ese momento volveré a hablar con usted. Hasta entonces, intente recordar el aspecto de otros dos cadáveres sobre los que, en los últimos meses, dictaminó su escrutinio forense: el de Gabriel Fosco, el farmacéutico, a quien doy por supuesto que usted conocía, y el del farero de Isla del Ángel, Pedro Zuazo.

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