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La estrella del diablo

Электронная книга - «La estrella del diablo». Краткое содержание книги:

En un verano excepcionalmente caluroso en Oslo, el cuerpo de una joven aparece en el suelo de su apartamento, en medio de un charco de sangre. Tiene amputado un dedo de la mano izquierda, y bajo un párpado le han colocado un pequeño diamante rojo con la forma de una estrella de cinco puntas: el símbolo de las tinieblas, el emblema del diablo. Cinco días después del tétrico hallazgo, un hombre denuncia la desaparición de su esposa. Otro dedo cercenado aparece en escena: lleva un anillo con un diamante rojo engarzado, tallado como una estrella de cinco puntas. Tendrán que pasar cinco días más para que aparezca el tercer cadáver… y se repita el ritual. Son demasiadas coincidencias, y todo apunta a que un asesino en serie está actuando en la ciudad.
Harry Hole no tiene vacaciones, por lo que el jefe Moller le asigna el caso y le impone como compañero a Tom Waaler, un tipo corrupto, implicado en el tráfico de armas y de alguna manera responsable de la muerte de Hellen Gjelten, compañera y amiga de Hole, en el transcurso de una investigación. Harry está decidido a demostrar que sus sospechas sobre Waaler están fundadas, e incluso empieza a preguntarse si no estará relacionado con los crímenes. Los demonios reales y los imaginarios se mezclan en la mente del policía, que se tiene que enfrentar a un criminal sanguinario y a un enemigo implacable dentro del departamento. Sólo tiene una cosa clara: la estrella de cinco puntas es la clave para resolver el misterio.
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Sin saber exactamente por qué, Harry dejó oír un bostezo, como para corroborarlo.

Vibeke miró a su pareja.

– ¿Qué es lo que llevas puesto?

Anders Nygård miró la bata rosa como si nunca antes la hubiera visto.

– Vaya, parezco una reinona.

Soltó una breve risita.

– Era un regalo para ti, querida. Aún la tenía en la maleta y, con las prisas, no encontré otra cosa que ponerme. Toma.

Desanudó el cinturón de la bata, se la quitó y se la arrojó a Vibeke, que la atrapó asombrada.

– Gracias -dijo vacilante.

– Me sorprende verte levantada -le dijo muy amablemente-. ¿No te has tomado el somnífero?

Vibeke miró a Harry algo incomodada.

– Buenas noches -dijo en un susurro, antes de desaparecer.

Anders dejó la jarra en la placa de la cafetera. Tenía la espalda y los brazos de una palidez casi blanca. Los antebrazos, en cambio, estaban bronceados, como los de un camionero en verano. La misma línea divisoria se apreciaba por encima de las rodillas.

– Por lo general duerme como un lirón toda la noche -explicó Anders.

– Pero no es tu caso, ¿no?

– ¿Por qué lo dices?

– Bueno, si sabes que ella duerme como un lirón…

– Lo dice ella.

– ¿Y sólo te despiertas cuando alguien anda por el piso de arriba?

Anders miró a Harry y asintió con la cabeza.

– Tienes razón, Hole. Yo no duermo. No es tan fácil después de lo que ha pasado. Se queda uno pensando. Entretejiendo toda clase de teorías.

Harry tomó un sorbo de café.

– ¿Algunas que quieras compartir con los demás?

Anders se encogió de hombros.

– Yo no sé mucho de asesinos de masas. Si de verdad es eso lo que hay.

– No lo es. Se trata de un asesino en serie. Existe una gran diferencia.

– Vale, pero ¿no se os ha ocurrido pensar que las víctimas tienen algo en común?

– Son mujeres jóvenes. ¿Hay algo más?

– Son, o han sido, promiscuas.

– ¿Y eso?

– Basta con leer los periódicos. Lo que cuentan del pasado de estas mujeres habla por sí solo.

– Lisbeth Barli era una mujer casada y, por lo que sabemos, una mujer fiel.

– Después de casada sí, pero antes de eso tocaba en una banda de música que viajaba por todo el país. No serás tan ingenuo, ¿verdad, Hole?

– Ya. ¿Y qué conclusión sacas tú de esa similitud?

– Un asesino de ese tipo asume el papel de juez para decidir sobre la vida y la muerte, se cree Dios. Y entonces, según se nos dice en Hebreos trece, versículo cuatro, Dios juzgará a los que fornican.

Harry asintió con la cabeza y miró el reloj.

– Lo tendré presente, Nygård.

Nygård manoseaba su taza.

– ¿Has encontrado lo que buscabas?

– Creo que puede decirse que sí. He encontrado un pentagrama. Me figuro que tú, que trabajas en diseño interior de iglesias, sabes a qué me refiero.

– ¿Te refieres a una estrella de cinco puntas?

– Sí. Dibujada en un trazo continuo de líneas que se entrecruzan. Como la estrella de Belén. Quizá tengas alguna idea de lo que puede significar un símbolo como ése, ¿no?

Harry mantenía la cabeza baja, pero, en realidad, estaba observando la cara de Nygård.

– Bastantes cosas -aseguró Nygård-. El cinco es el número más importante en la magia negra. ¿Cuántas puntas había hacia arriba, una o dos?

– Una.

– Entonces no es el símbolo del mal. El símbolo que describes puede representar la fuerza de la vida y el deseo. ¿Dónde lo has encontrado?

– En una viga, encima de su cama.

– ¡Ah, sí! -dijo Nygård-. Pues es fácil.

– ¿De verdad?

– Sí, es la estrella del diablo.

– ¿La estrella del diablo?

– Un símbolo pagano. Se dibuja encima de la cama o de la puerta de entrada para espantar a la maligna.

– ¿La maligna?

– Sí, la maligna. Un ser femenino que se sienta en el pecho de la persona y la monta como a un caballo mientras duerme para que tenga pesadillas. Los paganos creían que era un espectro. No es extraño, ya que la palabra proviene del indogermánico mer.

– Admito que no estoy muy puesto en indogermánico.

– Significa «muerte». -Nygård miró fijamente a la taza de café-. O, para ser exactos, «asesinato».

Cuando Harry llegó a casa, había un mensaje en el contestador. Era de Rakel. Quería saber si Harry podía quedarse al día siguiente con Oleg en la piscina de Frognerbadet, mientras ella iba al dentista entre las tres y las cinco. Dijo que Oleg quería quedarse con él.

Harry se quedó sentado escuchando el mensaje una y otra vez, para ver si reconocía la respiración de la llamada de unos días atrás, pero tuvo que darse por vencido.

Se quitó toda la ropa y se echó en la cama desnudo. La noche anterior había quitado el edredón y sólo se tapó con la funda. Estuvo un rato pataleando en la cama, se durmió, metió el pie en la abertura de la funda, le entró el pánico y lo despertó el sonido de la tela al rasgarse. Fuera, el atardecer tenía un color grisáceo. Tiró los restos de la funda al suelo, se dio la vuelta y se quedó de cara a la pared.

Y entonces apareció ella. Lo estaba montando. Le metió el bocado entre los dientes y tiró. La cabeza de Harry giró. Ella se inclinó y le sopló en el oído un aliento caliente. Un dragón que echaba fuego. Un mensaje chisporroteante, sin palabras, en un contestador. Ella le azotaba los muslos y las caderas con el látigo; sentía un dolor dulce y ella decía que pronto no sería capaz de amar a otra mujer, sólo a ella, y que más le valía enterarse cuanto antes.

No lo soltó hasta que la luz del sol alcanzó las tejas más altas.

19

Miércoles. Bajo el agua

Justo antes de las tres, cuando aparcó delante de la piscina de Frognerbadet, Harry se dio cuenta de adónde habían ido los que, pese a todo, seguían en Oslo. En efecto, una cola de casi cien metros se extendía delante de la taquilla. Leyó el periódico VG mientras la muchedumbre se desplazaba arrastrando los pies hacia la redención en el cloro.

No había novedades sobre el caso del asesino en serie, pero el diario había encontrado material para llenar cuatro páginas enteras. Los titulares eran algo crípticos e iban dirigidos a quienes llevasen un tiempo siguiendo el caso. Ahora lo llamaban «Los asesinatos del mensajero de la bicicleta». Ya se sabía todo, la policía había dejado de llevarles ventaja a los periodistas de la calle Akersgata y Harry se imaginaba que las reuniones matutinas de las redacciones de los diarios podrían confundirse con las del grupo de homicidios. Leyó declaraciones de testigos a los que ellos habían interrogado, pero que en el periódico recordaban muchos más detalles, encuestas que confirmaban que la gente decía tener miedo, mucho miedo, que estaban aterrorizados; y las protestas de las empresas de mensajería en bicicleta, que opinaban que deberían recibir una compensación porque nadie dejaba entrar a sus mensajeros y así no podían trabajar y, al fin y al cabo, era responsabilidad de las autoridades atrapar a ese tipo, ¿o no? La relación entre los asesinatos del mensajero y la desaparición de Lisbeth Barli ya no se presentaba como una especulación, sino como un hecho. Bajo el titular «Releva a su hermana» había una foto de Toya Harang y Willy Barli delante del Teatro Nacional. El pie de foto rezaba: «El enérgico productor no tiene intención de cancelar el espectáculo».

Harry ojeó el texto que citaba a Willy Barli: «The show must go on es más que una frase hecha, en nuestra profesión se toma muy en serio y sé que Lisbeth está con nosotros sea lo sea lo que haya ocurrido. Es obvio que la situación nos ha afectado mucho, pero intentamos invertir nuestras energías de forma positiva. En cualquier caso, la obra será un homenaje a Lisbeth, una gran artista que todavía no ha podido mostrar su enorme potencial. Pero lo hará. Sencillamente, no me puedo permitir creer otra cosa».

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