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La estrella del diablo

Электронная книга - «La estrella del diablo». Краткое содержание книги:

En un verano excepcionalmente caluroso en Oslo, el cuerpo de una joven aparece en el suelo de su apartamento, en medio de un charco de sangre. Tiene amputado un dedo de la mano izquierda, y bajo un párpado le han colocado un pequeño diamante rojo con la forma de una estrella de cinco puntas: el símbolo de las tinieblas, el emblema del diablo. Cinco días después del tétrico hallazgo, un hombre denuncia la desaparición de su esposa. Otro dedo cercenado aparece en escena: lleva un anillo con un diamante rojo engarzado, tallado como una estrella de cinco puntas. Tendrán que pasar cinco días más para que aparezca el tercer cadáver… y se repita el ritual. Son demasiadas coincidencias, y todo apunta a que un asesino en serie está actuando en la ciudad.
Harry Hole no tiene vacaciones, por lo que el jefe Moller le asigna el caso y le impone como compañero a Tom Waaler, un tipo corrupto, implicado en el tráfico de armas y de alguna manera responsable de la muerte de Hellen Gjelten, compañera y amiga de Hole, en el transcurso de una investigación. Harry está decidido a demostrar que sus sospechas sobre Waaler están fundadas, e incluso empieza a preguntarse si no estará relacionado con los crímenes. Los demonios reales y los imaginarios se mezclan en la mente del policía, que se tiene que enfrentar a un criminal sanguinario y a un enemigo implacable dentro del departamento. Sólo tiene una cosa clara: la estrella de cinco puntas es la clave para resolver el misterio.
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De niña y de adolescente se sonrojaba sólo de pensar que alguien reparase en ella y dedicaba la mayor parte de su tiempo a encontrar diferentes formas de esconderse. Seguía sonrojándose, pero había aprendido a localizar buenos escondites. Podía pasarse horas tras las desgastadas paredes de ladrillo rojo de la policía Científica estudiando huellas dactilares, informes de balística, grabaciones de vídeo, comprobaciones de voces, análisis de ADN o fibras textiles, huellas de pies, sangre, una infinidad de huellas técnicas que podían resolver casos importantes y muy sonados en un silencio y una paz perfectos. También se había dado cuenta de que, en el trabajo, no resultaba tan peligroso ser visible, siempre y cuando lograse hablar alto y claro y, al mismo tiempo, neutralizar el pánico que sentía ante la idea de sonrojarse en público, de perder prestigio por la ropa que llevaba o por revelar una vergüenza cuya procedencia ignoraba. La oficina de la calle Kjølberggata se había convertido en su fortaleza, el uniforme y el trabajo, en su armadura mental.

El reloj indicaba las doce y media de la noche cuando el teléfono del escritorio le interrumpió la lectura del informe del laboratorio sobre el dedo de Lisbeth Barli. El corazón empezó a latirle acelerado y temeroso al ver en el display que quien llamaba tenía un número «desconocido». Podría ser él.

– Beate Lønn.

Era él. Las palabras vinieron en rápidos golpes:

– ¿Por qué no me llamaste con lo de las huellas?

Ella contuvo la respiración un segundo antes de responder.

– Harry me dijo que te daría el mensaje.

– Gracias, lo recibí. La próxima vez me llamas a mí primero. ¿Entendido?

Beate tragó saliva, no sabía si por ira o por miedo.

– De acuerdo.

– ¿Le contaste algo más que no me hayas contado a mí?

– No. Sólo que he recibido los resultados de lo que hallaron bajo la uña del dedo que recibimos por correo.

– ¿El de Lisbeth Barli? ¿Y qué era?

– Excrementos.

– ¿Qué?

– Caca.

– Sí, gracias, sé lo que es. ¿Alguna idea de dónde procede?

– Pues sí.

– Corrijo mi pregunta. ¿De quién procede?

– No lo sé seguro, pero puedo especular.

– Te importaría…

– Estos excrementos contienen sangre, puede que de una hemorroide. En este caso, del grupo sanguíneo B. Sólo se encuentra en el siete por ciento de la población. Willy Barli está registrado como donante de sangre. Él tiene…

– Comprendo. ¿Y cuál es la conclusión?

– No lo sé -dijo Beate apresuradamente.

– Pero ¿sabes que el ano es una zona erógena, Beate? ¿Tanto en mujeres como en hombres? ¿O es que lo has olvidado?

Beate cerró los ojos con fuerza. Ojalá no lo sacara a relucir otra vez. Otra vez no. Hacía mucho tiempo…, había empezado a olvidar, a eliminarlo del sistema. Pero allí estaba su voz, dura y resbaladiza como la piel de una serpiente.

– Eres muy buena fingiendo ser una chica decente, Beate. Me gusta. Me gustaba que fingieras rehusar.

«Tú, yo: nadie sabe nada», pensó Beate.

– ¿Halvorsen te lo hace igual de bien?

– Tengo que colgar -dijo Beate.

Su risa le resonó en el oído como una ráfaga. Y en ese momento comprendió que no había dónde esconderse, que podían dar contigo en cualquier sitio, igual que con las tres chicas asesinadas en el lugar en que más seguras se sentían. No existía fortaleza alguna. Ninguna armadura.

Øystein se hallaba en el taxi, en la parada de la calle Therese, escuchando la cinta de los Rolling Stones, cuando sonó el teléfono.

– Oslo ta…

– Hola, Øystein. Soy Harry. ¿Tienes gente en el coche?

– Sólo Mick y Keith.

– ¿Cómo?

– La mejor banda del mundo.

– Øystein.

– Sí.

– Los Stones no son la mejor banda del mundo. Ni siquiera la segunda mejor. Más bien es la banda más sobrevalorada del mundo. Y no fueron Keith ni Mick quienes escribieron Wild Horses, sino Gram Parson.

– ¡Es mentira y tú lo sabes! Pienso colgar ahora mismo…

– ¿Hola? ¿Øystein?

– Dime algo agradable. Rápido.

– Under my thumb está bastante bien. Y Exile On Main Street tiene sus momentos.

– Vale. ¿Qué quieres?

– Necesito ayuda.

– ¿A las tres de la mañana? ¿No deberías estar durmiendo?

– No puedo dormir -dijo Harry-. Me muero de miedo en cuanto cierro los ojos.

– ¿La misma pesadilla de siempre?

– La reposición favorita de los infiernos.

– ¿La historia del ascensor?

– Sí, sé exactamente lo que va a ocurrir y tengo el mismo miedo cada vez. ¿Cuánto tardas en llegar aquí?

– No me gusta esto, Harry.

– ¿Cuánto?

Øystein dejó oír un suspiro.

– Dame seis minutos.

Harry estaba ya con los vaqueros en la puerta del apartamento cuando Øystein subía las escaleras.

Se sentaron en la sala de estar, sin encender la luz.

– ¿Tienes una cerveza? -Øystein se quitó la gorra negra de Playstation y se alisó hacia atrás un flequillo fino y sudoroso.

Harry negó con la cabeza.

– Bueno -respondió Øystein dejando en la mesa un tubo de color negro.

– A éste invito yo. Flunipam. Desmayo garantizado. Basta con una pastilla.

Harry observó la caja con detenimiento.

– No te he pedido que vengas para eso, Øystein.

– ¿Ah, no?

– No. Necesito que me expliques qué se hace para descifrar una clave. Cómo se procede.

– ¿Estás hablando de piratería? -Øystein miraba a Harry perplejo-. ¿Tienes que descifrar una contraseña?

– Algo así. Habrás leído en los periódicos lo del asesino en serie, ¿no? Creo que nos está dando claves. -Harry encendió una lámpara-. Mira esto.

Øystein observó la hoja de papel que Harry tenía sobre la mesa.

– ¿Una estrella?

– Un pentagrama. El asesino ha dejado este símbolo en dos de los lugares del crimen. Uno tallado en una viga, al lado de la cama, y el otro dibujado en la capa de polvo de la pantalla de un televisor, en una tienda enfrente del lugar del crimen.

– ¿Y crees que yo puedo decirte lo que significa?

Øystein observaba la estrella meneando la cabeza.

– No. -Harry apoyó la cabeza entre las manos-. Pero esperaba que pudieras explicarme los principios básicos que hay que seguir para descifrar una clave.

– Las claves que yo descodificaba eran matemáticas, Harry. Las claves entre personas tienen otra semántica. Por ejemplo, soy incapaz de descifrar lo que en realidad dicen las tías.

– Imagínate que esto puede ser ambas cosas. Simple lógica con unos subtítulos.

– Vale, entonces estamos hablando de criptografía. Escritura oculta. Y para descifrar algo así, es preciso recurrir tanto al pensamiento lógico como al llamado analógico. Este último implica utilizar el subconsciente y la intuición, es decir, lo que uno no sabe que sabe. Y luego hay que combinar el pensamiento lineal y el reconocimiento de patrones. ¿Has oído hablar de Alan Turing?

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