La estrella del diablo
- Автор: Несбё Ю
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La estrella del diablo». Краткое содержание книги:
Harry Hole no tiene vacaciones, por lo que el jefe Moller le asigna el caso y le impone como compañero a Tom Waaler, un tipo corrupto, implicado en el tráfico de armas y de alguna manera responsable de la muerte de Hellen Gjelten, compañera y amiga de Hole, en el transcurso de una investigación. Harry está decidido a demostrar que sus sospechas sobre Waaler están fundadas, e incluso empieza a preguntarse si no estará relacionado con los crímenes. Los demonios reales y los imaginarios se mezclan en la mente del policía, que se tiene que enfrentar a un criminal sanguinario y a un enemigo implacable dentro del departamento. Sólo tiene una cosa clara: la estrella de cinco puntas es la clave para resolver el misterio.
Unos minutos más tarde, cuando llamó a la puerta de Ina, le sorprendió que la joven no contestase. Sobre todo, porque se oía una música suave en el interior de la habitación.
Volvió a llamar, pero seguía sin obtener respuesta.
– ¿Ina?
Olaug empujó la puerta y ésta se abrió. Lo primero que notó fue el aire cargado. La ventana estaba cerrada, las cortinas corridas y la habitación en penumbra.
– ¿Ina?
Nadie contestó. Quizá dormía. Olaug cruzó el umbral y miró hacia la cama desde la puerta. Vacía. Extraño. Sus ancianos ojos se acostumbraron a la oscuridad y entonces vio el cuerpo de Ina. Estaba sentada en la mecedora, junto a la ventana, y parecía estar durmiendo. Tenía los ojos cerrados y la cabeza ladeada. Olaug no era capaz de asegurar de dónde procedía la música.
Se acercó a la silla.
– ¿Ina?
Su inquilina seguía sin reaccionar. Olaug sujetó la bandeja con una mano mientras posaba la otra cuidadosamente en la mejilla de la joven.
Un chasquido suave resonó en la alfombra cuando se le cayó la tetera y, a continuación, dos tazas de té, un azucarero de plata con el águila nacional alemana, un platito y seis galletas Maryland.
Exactamente en el mismo momento en que el juego de té de Olaug, o mejor dicho, de la familia Schwabe, aterrizaba en el suelo, Ståle Aune levantaba su taza. O mejor dicho, la del Distrito Policial de Oslo.
Bjarne Møller estudiaba a aquel psicólogo rechoncho y su dedo meñique tieso preguntándose cuánto de teatro había en aquel gesto y cuánto era, simplemente, un dedo meñique tieso.
Møller había convocado una reunión informativa en su oficina. Además de a Aune, había citado a los responsables de la investigación, es decir, a Tom Waaler, a Harry Hole y a Beate Lønn.
Todos parecían cansados. Probablemente, y sobre todo, porque la llama de esperanza que había avivado el descubrimiento del falso mensajero empezaba a extinguirse.
Tom Waaler acababa de repasar los resultados de la orden de búsqueda que habían emitido por radio y televisión. De las veinticuatro respuestas recibidas, trece procedían de los fijos que llamaban siempre, tuviesen o no información que aportar. De las once restantes, siete estaban relacionadas con mensajeros de verdad que realizaban encargos de verdad. Las otras cuatro les confirmaron lo que ya sabían: que habían visto a un mensajero en bicicleta cerca de la plaza Carl Berner hacia las cinco de la tarde del lunes. La novedad era que lo habían visto bajando por la calle Trondheimsveien. La única información importante la aportó un taxista que dijo haber visto a un ciclista con casco, gafas y camisa amarilla ante la escuela de Bellas Artes, calle Ullevålsveien arriba, hacia la hora en que asesinaron a Camilla Loen. Ninguna de las empresas de mensajería había recibido un encargo que justificase la presencia de un mensajero en aquella calle y a aquella hora. Aunque luego un tío de la empresa Førstemann Sykkelbud se presentó para, algo avergonzado, confesar que se había desviado por la calle Ullevålsveien para tomarse una cerveza en una terraza de St. Hanshaugen.
– La orden de búsqueda no nos ha aportado nada, ¿no es cierto? -quiso saber Møller.
– Aún es pronto -objetó Waaler.
Møller asintió con la cabeza pero, a juzgar por su expresión, no se sentía muy animado. Aparte de Aune, todos los presentes sabían que las primeras reacciones eran las más importantes. La gente olvidaba con demasiada rapidez.
– ¿Qué dice nuestro infradotado departamento forense? -preguntó Møller-. ¿Han encontrado algo que nos pueda ayudar a identificar al autor?
– Desgraciadamente, no -informó Waaler-. Han postergado cadáveres más antiguos y han concedido prioridad a los nuestros, pero por el momento no han obtenido resultado. No hay semen, sangre, pelos, piel ni ningún otro indicio. La única pista física del autor son los agujeros de las balas.
– Interesante -intervino Aune.
Møller preguntó algo irritado por qué aquello era tan interesante.
– Porque indica que no ha abusado sexualmente de las víctimas -explicó el psicólogo-. Y eso es muy poco frecuente cuando se trata de asesinos en serie.
– Puede que esto no esté relacionado con el sexo -observó Møller.
Aune negó con la cabeza.
– Siempre hay un motivo sexual. Siempre.
– Quizá cabría decir lo que dijo Peter Sellers en Bienvenido Mr. Chance: «I like to watch» -apuntó Harry.
Todos lo miraron sin entenderlo.
– Quiero decir que a lo mejor no necesita tocarlas para experimentar satisfacción sexual.
Harry evitó la mirada de Waaler.
– A lo mejor el asesinato en sí y mirar el cadáver es suficiente.
– Eso no puede ser -objetó Aune-. Lo normal es que el asesino desee eyacular, pero puede haber eyaculado sin dejar rastro de semen en el lugar de los hechos. O puede haber tenido el suficiente autocontrol como para esperar a encontrarse en un lugar seguro.
Permanecieron en silencio un par de segundos. Harry sabía que todos pensaban lo mismo que éclass="underline" qué habría hecho el asesino con Lisbeth Barli, la mujer desaparecida.
– ¿Qué pasa con las armas que encontramos en los distintos escenarios?
– Comprobado -dijo Beate-. Las pruebas de tiro demuestran que hay un noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de probabilidades de que sean las que utilizaron para cometer los asesinatos.
– Eso basta -dijo Møller-. ¿Alguna idea sobre la procedencia de las armas?
Beate negó con la cabeza.
– Los números de serie estaban limados. Las marcas del limado son las mismas que las que vemos en la mayoría de las armas que incautamos.
– Ya -dijo Møller-. O sea que aquí tenemos otra vez a esa misteriosa banda de traficantes de armas. ¿El Servicio de Inteligencia no debería echarle el guante a esa gente?
– La Interpol lleva más de cuatro años trabajando en el caso, sin éxito -intervino Tom Waaler.
Harry balanceó la silla hacia atrás y observó a Waaler. Mientras estaba en esa postura, Harry notó que sentía algo que no había sentido antes por Waaler: admiración. La misma clase de admiración que despierta un animal salvaje que ha perfeccionado lo que hace para sobrevivir.
Møller dejó escapar un suspiro.
– Comprendo. Vamos perdiendo tres a cero y el contrincante aún no nos ha dejado tocar la pelota. De verdad, ¿a nadie se le ocurre una idea brillante?
– No sé si puede considerarse una idea…
– Desembucha, Harry.
– Es más una sensación respecto a los escenarios. Todos tienen algo en común, pero todavía no sé lo que es. El primer asesinato se cometió en un ático en la calle Ullevålsveien. El segundo, alrededor de un kilómetro hacia el nordeste, en la calle Sannergata. Y el tercero a casi la misma distancia de allí, pero directamente hacia el este, en un edifico de oficinas cerca de la plaza de Carl Berner. Se mueve, pero tengo la sensación de que lo hace siguiendo un plan.
– ¿Cómo? -preguntó Beate.
– Marca su territorio -dijo Harry-. Seguro que el psicólogo sabe explicarlo.
Møller se volvió hacia Aune, que acababa de tomar un sorbo de té.
– ¿Algún comentario, Aune?
Aune hizo una mueca.
– Bueno, no sabe precisamente a Kenilworth.
– No me refería al té.
Aune suspiró.
– Lo que acabo de hacer se llama bromear, Møller. Y sí, Harry, entiendo lo que quieres decir. Los asesinos en serie tienen preferencias rigurosas en cuanto al emplazamiento geográfico del lugar del crimen. Se puede hablar de tres tipos.
Aune fue contando con los dedos:
– El asesino en serie estacionario amenaza o tienta a las víctimas para que se le acerquen y las mata en su domicilio. El territorial opera en un área restringida, como Jack el Destripador, que sólo mataba en el distrito de las prostitutas, aunque el territorio también puede abarcar una ciudad entera. Y por último el asesino en serie nómada, el que, probablemente, tiene un mayor número de víctimas sobre su conciencia. Ottis Toole y Henry Lee Lucas recorrieron Estados Unidos y asesinaron a más de trescientas personas en total.