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Sherlock Holmes y la boca del infierno

Электронная книга - «Sherlock Holmes y la boca del infierno». Краткое содержание книги:

Dos detectives. Un mago. Y todas las legiones del Infierno. Sus caminos se han cruzado en el pasado, y volverán a cruzarse. Por un lado, Sherlock Holmes, el famoso detective, que parece haberse retirado para dedicarse a la cría de abejas. Por otro, Aleister Crowley, brujo y profeta autoproclamado como el hombre más perverso de su época. Una oscura noche tormentosa, en algún lugar de la costa de Portugal, Crowley pondrá en práctica un ritual que amenazará con derribar las barreras entre los mundos, y Holmes estará allí para impedírselo. Pero, ¿podrá Holmes soportar el dolor de la pérdida que será el precio de su triunfo? ¿Cómo seguir siendo la implacable máquina de razonar cuando la misma realidad escapa a la razón?
En esta nueva pieza de su obra holmesiana, iniciada con La sabiduría de los muertos y Las huellas del poeta, Rodolfo Martínez entrelaza las ficciones de Arthur Conan Doyle y H.P. Lovecraft para crear un universo particularísimo donde tienen cabida algunos de los personajes más entrañables de la literatura popular.
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Un libro que hablaba de otros mundos. Y de cómo llegar a ellos. Y del modo en que ellos podían llegar al nuestro.

– Y de los Primeros, que yacen muertos en el sueño, pero podrían despertar.

Mycroft tenía razón, él no creyó nada de lo que le contaba su hermano. Sí creyó una cosa, sin embargo: el libro era importante para la gente suficiente. Y eso significaba que, por delirante que fuese todo, podía tener consecuencias mensurables en el mundo real.

Fue eso lo que le convenció para enrolarse como agente libre en una rama enloquecida del Servicio Secreto.

Lo que le llevó a seguir a Aleister Crowley a Lisboa y perder a Wiggins en la Boca del Infierno.

Lo que lo llevó a suceder a su hermano al frente del espionaje británico cuando éste murió. Bajo una identidad supuesta, un pajarillo de ademanes burocráticos que conservó el nombre en código de M, sentado en un despacho mal iluminado, fue moviendo sus hilos y trazando su planes. Los planes que había empezado Mycroft.

Los planes que años más tarde lo llevaron a Rhode Island. Allí, en su lecho de muerte, Howard Phillips Lovecraft le contó varias cosas inquietantes sobre el libro que había robado su padre.

Allí conoció a Kent, el joven con corazón de campesino y habilidades casi divinas. Kent lo ayudó en sus esfuerzos por recuperar la copia del Necronomicon que había estado en manos de Lovecraft. Fracasaron, y el libro cayó en manos de Wiggins, ahora una criatura retorcida que conspiraba junto con Crowley y otros para reconstruir el grimorio y despertar a los Primeros.

Y todo eso fue lo que lo llevó a España, sumida en una guerra sangrienta. Allí estaba otro de los ejemplares del Necronomicon. Y había un tercero a punto de llegar. En la costa asturiana tuvo lugar un ritual.

Pero los Primeros no despertaron. El ritual nunca llegó a completarse. Wiggins murió con una mirada de odio en sus ojos enloquecidos.

Holmes triunfó una vez más. Aunque en el proceso perdió al hombre que había sido un hijo para él. Pero, igual que perdió algo, algo encontró.

William Hudson. Su nieto. A su lado por fin después de todo aquel tiempo. Al acabar el caso se había visto obligado a mandarlo a Europa, pero tarde o temprano lo llamaría de vuelta y le contaría la verdad que el joven aún ignoraba. O quizá dejase que la descubriera por sí mismo.

– Usted tiene uno de los tres ejemplares -dijo Adamson cuando Holmes terminó su relato.

El detective asintió. Le explicó a su interlocutor el modo en que la había escamoteado delante de las narices de sus enemigos, dejando en su lugar una copia falsa.

– Está en un lugar seguro.

– ¿Existen los lugares seguros?

– Este lo será, por algún tiempo, hasta que encuentre otro.

Adamson frunció el ceño.

– ¿Por qué no lo ha destruido?

Holmes se mordió el labio.

– ¿Por qué hace preguntas cuya respuesta ya conoce, señor Adamson? No lo he destruido porque no puedo. Lo he intentado.

Adamson asintió.

– Tiene razón. Sabía la respuesta.

– Y también sabe muchas otras cosas, espero.

– Tiene que comprender una cosa, señor Holmes. En mi mundo, la identidad es una cosa cambiante, fluida. Ser uno solo o ser muchos es algo que depende del momento. Este detalle, que puede parecerle trivial, tiene su importancia.

– Entiendo.

– Para mi gente soy un traidor. El peor de todos ellos. Pues tenía todo cuanto quería y lo abandoné para venir a este lugar que, para ellos, es una cosa gris y desvaída. También es algo más.

– Un nexo.

Adamson asintió, complacido.

– En efecto, señor Holmes. Su mundo no tiene demasiada importancia por sí mismo, si me permite que se lo diga. No resulta especialmente interesante, si lo comparamos con otros. Pero, por algún motivo, su situación es privilegiada. En la antigüedad, ustedes tenían un dicho: «todos los caminos conducen a Roma». Es algo así, en cierto modo. Aquí confluyen varias realidades, y gracias a eso, es posible realizar en este plano cosas que, de otro modo, exigirían un esfuerzo imposible y simultáneo en multitud de realidades distintas.

Holmes entrelazó los dedos y se puso cómodo en el sofá.

– Hasta ahora no me ha dicho nada que no sepa, o que haya ido suponiendo con el correr de los años. Mi hermano Mycroft tenía un detallado expediente sobre todos esos temas… y sobre usted, ya que estamos en ello. Y, como supondrá, estoy familiarizado con lo que se decía allí.

– De acuerdo, señor Holmes, iré al grano. En mi realidad se recuerda el tiempo en que los Primeros gobernaban (si es que entonces existía algo remotamente parecido al tiempo) con una nostalgia enfermiza que, lamento decirlo, se ha ido convirtiendo algo muy parecido a la obsesión. No son pocos los que suspiran por el regreso de los Primeros aun cuando, estoy seguro, no sospechan lo que eso significa en realidad. Ellos fueron parte del motivo por el que me fui. No el único, lo confieso. Pese a lo que he dicho antes, su mundo tiene cierto atractivo. La carne es… adictiva, por decirlo de alguna manera. Este cuerpo que llevo es un disfraz, pero es lo bastante convincente, no sólo para los demás, sino también para mí mismo. Quizá esto no sea más que una carne de quita y pon, pero resulta suficiente.

Miró al fuego que ardía en la chimenea.

– Según algunas tradiciones, mi realidad es un lugar de fuego ardiente y llamas eternas, donde se castiga a los malvados por toda la eternidad y se los priva de la presencia de Dios. Para nosotros es, sencillamente, el hogar. Y el hogar puede llegar a volverse enormemente aburrido. Hace más de cuarenta años que lo abandoné y vine a este mundo, y desde entonces no he encontrado ningún motivo para volver. No es que los míos me lo fueran a permitir si lo deseara, eso es cierto, pero tampoco lo deseo. Su mundo me gusta. Y, sobre todo, me gusta tal cual es. Sin molestos cambios, como los que podrían producirse si los míos tuvieran éxito y consiguieran despertar a los Primeros y desencadenarlos sobre el multiverso de realidades interconectadas.

– Comprendo.

– Sí, estoy seguro. Los contactos entre su gente y la mía han existido desde que tengo memoria. Algunos humanos son, en cierto modo, un nexo viviente, y su mente es capaz de contactar con otras realidades. Lovecraft era uno de ellos, y creo que su hijo también, a juzgar por las cosas que escribía. Crowley y Wiggins también participaban de esa naturaleza. La diferencia es que el primero era consciente de ello y su pupilo lo ignoraba.

Holmes asintió.

– Su mente estaba torturada -dijo-, marcada desde la juventud de una forma que yo no supe entender a tiempo.

– Cierto. Cuando los dos estuvieron en la Boca del Infierno, interfirieron sin pretenderlo en el ritual que preparaba Crowley y que a estas alturas supongo que ya habrá adivinado en qué consiste.

– Supongo que me va a decir que en permitir el acceso a alguien de su realidad al interior de su mente. Servirle de anfitrión.

– Algo así. Lo que cruzó a este lado fue una sola cosa, pero al mismo tiempo eran tres: tres aspectos distintos de un único individuo que buscaban los anfitriones adecuados en los que residir. Aunque en realidad es un poco más complejo. Verá, cruzar desde mi lado al suyo no es tan fácil. Yo lo hice, sí, pero yo soy excepcional por muchos motivos que no vienen al caso, y no creo que nadie más pueda repetir mi hazaña. Lo que ocurrió en la Boca del Infierno no fue que tres entidades de mi mundo llegaran a éste sino que enviaron… información.

Holmes lo miró unos instantes con el ceño fruncido.

– Recuerdos -dijo de repente-. Habla usted de recuerdos. -Así es.

– Ya veo. Ellos no cruzaron. Pero a través del canal que los comunicaba con Crowley y usando el nexo que era la Boca del Infierno enviaron toda la información que contenían sus mentes a las mentes de los humanos receptivos que había junto al nexo. Esa información los cambió. Después de todo, no somos otra cosa que la suma de las cosas que recordamos haber hecho.

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