Sherlock Holmes y la boca del infierno
- Автор: Мартинес Родольфо
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Sherlock Holmes y la boca del infierno». Краткое содержание книги:
En esta nueva pieza de su obra holmesiana, iniciada con La sabiduría de los muertos y Las huellas del poeta, Rodolfo Martínez entrelaza las ficciones de Arthur Conan Doyle y H.P. Lovecraft para crear un universo particularísimo donde tienen cabida algunos de los personajes más entrañables de la literatura popular.
– No tiene ni idea de cuánto. Crowley, Anni Jaeger y Wiggins, en cierto modo, murieron: las nuevas personalidades eran demasiado fuertes, sus recuerdos demasiado intensos. El proceso no fue el mismo en los tres casos: en Crowley ahora mismo apenas queda nada remotamente humano. Anni fue capaz de reconciliar sus dos naturalezas, más o menos, y creo que con el tiempo se convertirá en algo distinto, ni totalmente humana ni del todo ajena. Será interesante verlo. Wiggins, dividido como estaba, siguió estándolo tras la posesión, pero llegó a una especie de tregua, de compromiso, entre todas las personalidades que lo habitaban. Tenían algo común a lo que agarrarse: su odio por usted.
Holmes no dijo nada, pero algo se crispó en su rostro.
– Usted tuvo éxito en España. Pero ése no era su único plan en marcha. Desde su fracaso a finales del siglo pasado, en Cuba, han aprendido a no poner todos los huevos en el mismo cesto. Mientras Wiggins se ocupaba de reunir los tres ejemplares del Necronomicon en España y preparar el ritual para abrir las puertas a los Primeros, Crowley y Anni tenían otros planes, especialmente la segunda. Había alguien en el mundo que podía serles casi tan útil como el libro del Al Hazrid. Parecía humano, pero no lo era, y su cuerpo era capaz de almacenar, procesar y transformar la energía con una eficacia aterradora.
– Kent.
– Sí, Holmes, Kent. Oculto para el mundo, viviendo entre los humanos como si fuera uno de ellos, pero sin serlo. Usted mismo dedujo su origen. No es de este mundo, y es nuestro sol y la forma en que sus células procesan la luz solar lo que le da sus habilidades. Como he dicho, vivía en un cómodo anonimato hasta que salió de él para salvarle la vida.
– ¿Está bien?
– Sí, bastante bien. Me he ocupado de mantener un ojo sobre él y echarle una mano allí donde era necesario. Sabía lo que mis antiguos súbditos planeaban. Así que dejé que usted se encargase de Wiggins y vigilé de cerca a su joven superhombre. Está a salvo y ni Anni ni Crowley podrán usarlo ya. Me he ocupado de ello. Aunque…
– ¿Sí?
– Digamos que ha dejado de ser anónimo. Su existencia no es ningún secreto. Y hay otros que lo han visto actuar y que podrían tener sus planes para él.
– ¿Quiénes?
– Nadie.
Al oír aquella palabra, el rostro de Holmes se torció en una mueca sombría. Apretó la mandíbula y su mano se crispó alrededor de la cazoleta de su pipa.
– ¿Nadie? -repitió, incrédulo-. ¿Cómo es posible?
– Vamos, señor Holmes, si usted ha vivido tanto tiempo, ¿por qué no podría haberlo hecho él? Es usted único en muchos aspectos, es cierto, pero no en ése.
El detective meneó la cabeza.
– Mis pecados de juventud me persiguen -murmuró.
– Es una forma de verlo.
Adamson le explicó en detalle lo ocurrido con Kent. Cada vez que mencionaba a Nadie o su organización y explicaba el modo en que habían ayudado a Crowley, Anni y Wiggins, Holmes apretaba los dientes. Adamson, perfectamente consciente de la respuesta del detective, fingía no darse cuenta de ello, sin embargo, y continuaba con su historia. Cuando la terminó, los dos guardaron silencio durante largo rato. En la chimenea, el fuego se había apagado y lo único que quedaban eran rescoldos.
– Estará bien durante un tiempo -dijo Adamson, mientras se levantaba y trataba de avivar el fuego-. Sus padres humanos lo educaron bien, tal como ustedes valoran esas cosas. Tratará de mantenerse en secreto y de usar sus habilidades para ayudar. Y mientras tanto, viajará.
– Buscando su origen.
– En parte. También buscando muchas otras cosas, aunque ni él mismo lo sepa. Volverá a las Montañas de la Locura tarde o temprano. De hecho, iba a San Francisco con la idea de que Longbottom lo llevase allí. Quiere mirar en el Alef que usted describió. Dudo que encuentre exactamente lo que cree buscar. Pero creo que el lugar le parecerá adecuado como retiro. Sobre todo en cuanto descubra que el rubí lo protege de un drenaje excesivo de energía.
Holmes sonrió.
– Ya veo adónde quiere llegar. Pretende que le dé mi ejemplar del libro a Kent.
– Es una idea. En las Montañas de la Locura, Kent construirá una fortaleza para su soledad. Un refugio. El libro podría estar bien guardado allí. Todo lo bien que puede estarlo en cualquier sito, en cualquier caso.
– Lo pensaré.
– No pretendo otra cosa.
– Pretende usted muchas cosas, señor Adamson. Se pasea por el mundo vestido de humano, haciendo y deshaciendo aquí y allá, pasando desapercibido y entregado a sus propios planes. Confieso que ignoro cuáles son. Y sospecho también que nunca lo sabré.
Adamson no respondió. Recogió su chaqueta y su sombrero, tomó su bastón y se llevó la empuñadura a la frente, en una especie de saludo.
– Buenas noches, señor Holmes.
Ahora fue el detective el que no dijo nada. Permaneció sentado mientras Adamson abandonaba la casa: las manos entrelazadas frente al rostro anguloso, las facciones iluminadas por el resplandor rojizo de la chimenea, la frente fruncida en una expresión concentrada.
Adamson se detuvo en el umbral y lo miró una última vez antes de irse.
Intermedio. Girando en el abismo
Hablo conmigo mismo. No hay nadie más aquí. E, incluso así, este lugar parece abarrotado.
El tiempo no transcurre.
Giro, giramos alrededor de una puerta cerrada.
Esperando.
Lo que soy. Lo que he sido. Lo que ya no seré nunca más.
Soy un puñado de recuerdos sin más voluntad que la de volver a casa. Pero las puertas están cerradas. Llamo y no se me abre. Alguien dijo que el. hogar es el lugar donde tienen que recibirte, no importa lo que hayas hecho. Pero las puertas están cerradas para mí.
Giro, una y otra vez. Dando vueltas alrededor de mí mismo.
¡Vuelvo a casa!, grito en dirección a ninguna parte.
Pero no hay casa alguna a la que volver.
Recordar.
Unos ojos de jade en la oscuridad de un fumadero de opio. Una garra con dos dedos extendidos.
El dolor. El modo en que todo quemaba. La forma en que mi mente se partió en dos, ardiendo. Todo ardía, todo el mundo gritaba.
Pero todo el mundo sólo era yo.
Demasiados.
Pienso en lo que he hecho, en lo que ya no haré nunca más. Pienso en el fracaso. En la victoria que se me ha escapado una y otra vez por entre los dedos cerrados.
Pienso. No es que pueda hacer otra cosa.
Pienso en la cosa que entró dentro de mí, se paseó por mi mente dividida y buscó un lugar en el que habitar.
Está aquí, dónde si no.
Es parte de mí. Dice que mi mejor parte, pero a menudo me pregunto si tendré realmente una parte mejor.
No soy más que un amasijo de recuerdos torturados que gira alrededor de sí mismo sin parar y que no encuentra el camino a casa.
Puertas cerradas. Caminos que no llevan a ninguna parte.
Eso ha sido mi vida. Un cúmulo de caminos que morían antes de haber llegado a parte alguna.
Un niño abandonado en la calle. Un pilluelo al servicio de un detective. Un policía, un cazador. La presa que perseguía.
Todo eso y más.
Pero nada es suficiente.
Porque ahora no soy nada, y nada de cuanto he hecho tiene el menor sentido.
Oigo una voz que me dice que eso no es cierto. Que el fracaso actual no es más que el preludio del éxito futuro.
Pero esa voz ya no tiene poder sobre mí. Ahora que no soy más que una sombra que gira alrededor de un abismo que se niega a abrirse, la cosa que me invadió, unió mi mente dividida y trató de apoderarse de ella ya no dirige mis acciones.
Quizá porque ya no tengo acción alguna que dirigir a ninguna parte.
Quizá porque no la he tenido nunca.
Recuerdo cómo eran las cosas antes.