Sherlock Holmes y la boca del infierno
- Автор: Мартинес Родольфо
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Sherlock Holmes y la boca del infierno». Краткое содержание книги:
En esta nueva pieza de su obra holmesiana, iniciada con La sabiduría de los muertos y Las huellas del poeta, Rodolfo Martínez entrelaza las ficciones de Arthur Conan Doyle y H.P. Lovecraft para crear un universo particularísimo donde tienen cabida algunos de los personajes más entrañables de la literatura popular.
Fueron sus técnicos los que construyeron el dispositivo espía que plantaron junto al detective. Y el ancla que permitía seguirlo a cualquier parte. Sin la ayuda de Nadie, Wiggins no habría podido seguir a Holmes a las Montañas de la Locura; su plan habría fracasado antes de empezar. Aunque, visto cómo habían acabado las cosas…
Sí, Nadie y su misteriosa organización habían sido una herramienta necesaria, quizá incluso imprescindible. Pero ahora se habían convertido en una molestia y, cuanto menos supieran de lo que les esperaba, mucho mejor.
Nadie no era tonto. Terminaría comprendiendo que algo iba mal y reaccionaría. Pero para entonces ya sería demasiado tarde y nada de lo que hiciera tendría la menor importancia.
Bajó a ver a Kent cuando faltaba poco para el anochecer. Ordenó a sus vigilantes que los dejaran a solas y, durante largo rato, contempló en silencio al superhombre, su rostro iluminado por la luz del sol gracias al mecanismo de espejos que habían instalado en sótano.
Kent parecía en paz consigo mismo y con el mundo. Con los ojos cerrados, absorbía la luz que llegaba a sus facciones casi perfectas como si nada más importase.
Anni reprimió una sonrisa. Seguramente estaba empezando a sentirse más fuerte. Si le daban tiempo, conseguiría recuperar la mayor parte de sus habilidades y lograría escapar de su prisión. Pero no se lo daremos.
Por supuesto, Kent desconocía la existencia de la maquinaría que los demás estaban terminando de afinar en el salón principal de la casa. Lo único que sabía era que estaba prisionero, que lo mantenían débil y, al mismo tiempo, le permitían absorber la suficiente energía para mantenerse con vida. Y sin duda sospechaba que sus captores habían cometido un error y que estaba recibiendo más energía de la que el armazón que lo mantenía preso le robaba.
Estaba en lo cierto, pero, por supuesto, se equivocaba.
– Será esta noche -dijo de pronto.
Kent abrió los ojos y la miró.
– Eres un ejemplar magnífico. El recuerdo de la humana que fui encontraría mucho placer en tu compañía. Aunque, seguramente, procrear contigo supondría la destrucción de este cuerpo. En cualquier caso, es algo que no sabremos nunca.
Kent siguió mirándola en silencio.
– Fracasamos en España. Estábamos a punto de abrir la puerta y despertar a los Primeros. Casi logramos desencadenarlos sobre el mundo. Pero «estar a punto» y «casi» no son más que dos eufemismos para el fracaso. Esta noche tendremos éxito. Y será gracias a ti.
Se acercó un par de pasos.
– Cuando supimos de tu existencia no nos lo podíamos creer. Por desgracia, antes de que comprendiéramos lo que realmente representabas, Wiggins estuvo a punto de matarte. Fue una suerte que no lo consiguiera, visto cómo fracasó después en su misión. Ahora eres nuestro. Y esta vez tendremos éxito.
El rostro de Kent no cambió de expresión. Aquellos ojos azules y casi ingenuos la miraban como si no la vieran. Anni se encogió de hombros.
– Guardar silencio no te salvará. En realidad, nada puede salvarte. Cuando acabemos contigo, no serás más que cenizas.
No hubo respuesta.
– Como quieras. Nos veremos más tarde. Por última vez.
Todo estaba preparado. Los técnicos efectuaron los últimos ajustes y la máquina se puso en funcionamiento con un zumbido sordo que, de alguna manera, pareció aumentar la decrepitud de la casa.
Anni dio la orden de que de trajeran al superhombre del sótano y, mientras esperaba, le echó un último vistazo a su alrededor.
Sí, todo estaba como debía.
Pronto, se dijo. Muy pronto.
Dentro de ella, algo se rebeló. En cierto modo, ser humana tenía algo de adictivo, y una parte de ella no quería abandonar aquel estado.
Tonterías.
La puerta se abrió y Kent fue introducido en la habitación. Lo colocaron en el centro y luego conectaron la máquina al armazón que lo mantenía preso.
– Adelante -dijo Anni.
Se bajó una palanca, se giró un dial y se pulsaron unos botones. El zumbido de la máquina se hizo más intenso, hasta convertirse en un ronroneo entre gatuno y metálico que hizo temblar toda la casa.
Aquél era el momento más delicado, pensó Anni. Si las cosas no se habían calibrado de forma correcta…
Pero no, se dio cuenta casi enseguida. No había fallos. Nadie era eficiente, y los hombres que trabajaban para él no lo habían sido menos. Al igual que lo había hecho la trampa para Kent, la máquina estaba funcionando a la perfección.
El superhombre estaba siendo bombardeado con radiación, sus células se estaban llenando de energía a un ritmo frenético. Y luego, aquella energía reconvertida por su increíble metabolismo estaba siendo canalizada. Al igual que Longbottom, Kent no era más que un intermediario: un transformador viviente que tragaba energía a paletadas y la convertía en algo distinto.
Anni vio cómo el rostro del superhombre perdía toda serenidad y se crispaba en una mueca que podía ser tanto de dolor como de éxtasis. Seguramente de ambos, se dijo.
Lo llenamos y lo vaciamos al mismo tiempo, pensó. Nos lo da todo y no deja nada para sí.
Lanzó una mirada a uno de los hombres que se ocupaban de la máquina. Éste comprobó uno de los indicadores y asintió.
Ahora.
Era el momento de abrir la puerta que nadie se atrevía a abrir. La losa que mantenía a los Primeros atrapados en un sueño que era como la muerte iba a ser reventada, volada en mil pedazos.
Y saldrían.
A centenares. A millares.
Hambrientos y rabiosos.
Los primeros amos del multiverso, dispuestos a caer sobre él y poblarlo con sus pesadillas.
– Sí.
Ahora.
Algo tembló en el aire y, a su alrededor, la realidad empezó a perder consistencia. El mundo físico empezaba a desmoronarse.
Dos manos, o algo que podían ser dos manos, se materializaron frente a Kent. Se unieron en una palmada que hizo tambalearse el mundo. Se separaron y, al hacerlo, la realidad dejó de tener sentido, la cordura perdió su significado, el pensamiento se convirtió en algo imposible.
¡Sí!
¡Ahora!
Centímetro a centímetro, se estaba abriendo una grieta en el mundo, y por ella estaba penetrando algo impío y hambriento. Era luz. Era oscuridad. Era miedo y deseo. Era todo lo que no se podía explicar con palabras, porque era anterior a las palabras.
Los Primeros estaban despertando.
Abrían los ojos y contemplaban los límites de su prisión.
Despertaban, uno tras otro.
Veían dónde habían sido encerrados y rugían su rabia.
Y luego… contemplaban el botín que se les ofrecía, la puerta que se les abría hacia uno de los mundos del multiverso y, a través de éste, a todos los demás.
¡Ahora! ¡Saltad ahora!
La parte humana de Anni, llena de pavor, quiso gritar, pero el ser que la había poseído en la Boca del Infierno se lo impidió.
No cerrarás los ojos, se dijo a sí misma. Contempla lo que le espera a todo cuanto existe. Vamos, no cierres los ojos y contempla lo que no están preparados para contemplar. Antes del orden, antes del caos, antes de que hubiera nada estaban ellos. Y van a volver.
Kent gritó, pero su grito pasó desapercibido a medida que los cimientos de la realidad se tambaleaban a su alrededor y lo ocurrido empezaba a enviar oleadas de locura hacia el mundo que había fuera.
¡Ya vienen!
Ninguno reparó en el hombre que entraba en ese momento en la habitación.
Lanzó una mirada aburrida hacia lo que estaba ocurriendo y echó a andar en dirección a la enorme máquina que había en una esquina.