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Hombres de armas [Men at Arms - es]

Электронная книга - «Hombres de armas [Men at Arms - es]». Краткое содержание книги:

“¡Sé un HOMBRE en la Guardia de la Ciudad! ¡La Guardia de la Ciudad necesita HOMBRES!”
Hasta ahora, sin embargo, la Guardia Nocturna solo cuenta con el cabo Zanahoria (técnicamente un enano), el agente Cuddy (realmente un enano), el agente Detritus (un troll), la agente Angua (una mujer… la mayor parte del tiempo) y el cabo Nobbs (descalifica do de la carrera evolutiva por hacer trampas).
Y necesitan toda la ayuda que puedan conseguir. Porque hay un asesino suelto en las calles, con un arma nueva y mortífera y, lo más peligroso, un PLAN para devolver a la ciudad de Ankh-Morpork su grandeza perdida. Además, el misterio debe resolverse antes del mediodía, cuando el capitán Vimes devolverá su placa y se casará con la mujer más rica de la ciudad. Comparado con lo que les viene ahora, acabar con aquel dragón que atacó la ciudad hace un tiempo resultó fácil, ¡enfrentarse a un ejército de enanos sería más fácil! Y si la tarea es incluso complicada para un cuerpo de vigilancia normal, para la Guardia Nocturna puede convertirse en un quebradero de cabeza… literalmente.
Una espléndida novela de acción, misterio y humor, Hombres de armas es la decimoquinta entrega de la conocida serie Mundodisco.
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—Madre mía.

—¿Qué pasa?

—Tiene que haber venido del tejado del Edificio de la Ópera.

—¿Sí? ¿Y?

—Eso queda a más de doscientos metros de aquí.

—¿Sí?

—La… cosa entró tres centímetros en un suelo de roble.

—¿Conocías a la chica… de antes? —preguntó Angua, y se sintió un poco avergonzada por preguntarlo.

—En realidad no.

—Creía que conocías a todo el mundo.

—Solo era alguien a quien veía ir por ahí. La ciudad está llena de gente a la que vas viendo por ahí.

—¿Por qué los mendigos necesitan sirvientes?

No pensarás que el pelo se me pone así por sí solo, ¿verdad, querida?

Había una aparición en el hueco de la puerta. Su cara era una masa de llagas. Había verrugas, y a su vez esas verrugas tenían otras verrugas y dichas verrugas tenían pelos en ellas. Posiblemente fuese del sexo femenino, pero resultaba difícil estar seguro con todas las capas y más capas de harapos que la cubrían. El pelo que acababa de mencionar parecía haber sido objeto de una rápida permanente por un huracán cuyos dedos hubieran sido untados con melaza.

Entonces la figura se irguió.

—Oh. Cabo Zanahoria. No sabía que era usted.

Ahora la voz era normal, sin el menor rastro de gemido o queja. La figura se volvió y dejó caer su palo sobre algo en el pasillo.

—¡Eres un niño muy travieso, Babas Sidney! Podrías haber dicho que era el cabo Zanahoria.

—¡Aaargh!

La figura entró en la habitación.

—¿Y quién es su amiga, señor Zanahoria?

—Esta es la guardia interina Angua. Angua, esta es la Reina Molly de los Mendigos.

Angua reparó en que, por una vez, alguien no se sorprendía de encontrarse a una mujer en la Guardia. La Reina Molly le dirigió una breve inclinación de cabeza, saludándola como una trabajadora que se dirige a otra. El Gremio de Mendigos era un no-patrono que creía en la igualdad de oportunidades.

—Que tengas un buen día. Supongo que no te sobrarán diez mil dólares para una pequeña mansión, ¿verdad?

—No.

—Solo preguntaba.

La Reina Molly empujó el traje con la punta del bastón.

—¿Qué hizo esto, cabo?

—Creo que es una nueva clase de arma.

—Oímos romperse el cristal y allí estaba ella —dijo Molly—.¿Por qué iba a querer matarla nadie?

Zanahoria contempló la capa de terciopelo.

—¿De quién es esta habitación? —preguntó.

—Mía. Es mi tocador.

—Pues entonces quienquiera que lo haya hecho no venía a por ella, Molly. Vino a por ti. «Algunos con harapos, y algunos con trapos, y uno con un traje de terciopelo…» Está en la carta fundacional de vuestro gremio, ¿no? El atuendo oficial del jefe de los mendigos. Probablemente no pudo resistir la tentación de ver qué tal le quedaba. El traje apropiado, la habitación apropiada. La persona equivocada.

Molly se llevó la mano a la boca, corriendo así un riesgo de envenenamiento instantáneo.

—¿Asesinato?

Zanahoria sacudió la cabeza.

—Eso no suena demasiado lógico. A los Asesinos siempre les gusta hacerlo desde muy cerca. Son unos profesionales que se toman muy en serio su trabajo —añadió con amargura.

—¿Qué debería hacer yo?

—Enterrar a la pobrecita sería un buen comienzo. —Zanahoria hizo girar el trocito de metal entre sus dedos y lo olió—. Fuegos artificiales —dijo.

—Sí —dijo Angua.

—¿Y qué van a hacer? —preguntó la Reina Molly—. Ustedes son guardias, ¿no? ¿Qué está pasando? ¿Qué van a hacer al respecto?

Cuddy y Detritus procedían por el Camino de Fedre. Estaba lleno de curtidurías, depósitos de madera y hornos de ladrillos, y por lo general no se lo consideraba un dechado de hermosura; lo cual era, sospechaba Cuddy, la razón por la que se lo habían dado a patrullar «para que fueran conociendo la ciudad». Eso los quitaba de en medio. El sargento Colon pensaba que daban mal aspecto al servicio.

No había más sonido que el chasquido de sus botas y el repicar de los nudillos de Detritus chocando con el suelo.

Finalmente, Cuddy dijo:

—Solo quiero que sepas que el que te hayan puesto conmigo me gusta tan poco como a ti.

—¡Eso!

—Pero si queremos sacar el máximo provecho posible de la situación, entonces será mejor que haya algunos cambios. ¿De acuerdo?

—¿Como qué?

—Como que es ridículo que ni siquiera seas capaz de contar. Sé que los trolls saben contar. ¿Por qué tú no puedes hacerlo?

—¡Yo puedo contar!

—¿Cuántos dedos tengo levantados, entonces?

Detritus entornó los ojos.

—¿Dos?

—De acuerdo. Y ahora, ¿cuántos dedos estoy levantando?

—Dos… y uno más…

—¿Así que dos y uno más es…?

Detritus puso cara de pánico. Aquello entraba en el territorio del cálculo infinitesimal.

—Dos y uno más es tres.

—Dos y uno más es tres.

—¿Y ahora cuántos?

—Dos y dos.

—Eso es cuatro.

—Cuatro.

—¿Y ahora cuántos? —preguntó Cuddy, probando suerte con ocho dedos.

—Eso es un dos-cuatro.

Cuddy puso cara de sorpresa. Había esperado «muchos», o posiblemente «montones».

—¿Qué es un dos-cuatro?

—Un dos y un dos y un dos y un dos.

Cuddy inclinó la cabeza hacia un lado.

—De acuerdo. Un dos-cuatro es lo que nosotros llamamos un ocho.

—Cho.

—Sabes, puede que no seas tan estúpido como aparentas… —dijo Cuddy, sometiendo al troll a una mirada larga y crítica—. Esto no es tan difícil. Vamos a pensar un poco en ello. Bueno, lo que quería decir es que yo pensaré en ello y que tú puedes unirte a mí en cuanto conozcas las palabras.

Vimes entró en la Casa de la Guardia y dio un ruidoso portazo tras de sí. El sargento Colon alzó la mirada desde su escritorio. Su rostro lucía una expresión complacida.

—¿Qué ha estado ocurriendo, Fred?

Colon tragó aire con una profunda inspiración.

—Cosas muy interesantes, capitán. Yo y Nobby hicimos un poco de detectoramiento en el Gremio de Asesinos. He puesto por escrito todo lo que averiguamos. Está todo aquí. Un informe como es debido.

—Estupendo.

—Todo puesto por escrito, mire. Como es debido. Con puntuación y todo.

—Bien hecho.

—Tiene comas y todo, mire.

—Estoy seguro de que lo disfrutaré mucho, Fred.

—Y el… y Cuddy y Detritus también han descubierto cosas. Cuddy también ha hecho un informe. Pero el suyo no tiene tanta puntuación como el mío.

—¿Cuánto tiempo he estado durmiendo?

—Seis horas.

Vimes trató de hacer un poco de espacio mental para aquello, y fracasó.

—Necesito meterme algo dentro —dijo—. Un poco de café o algo. Y luego de alguna manera el mundo será un poco mejor.

Cualquiera que estuviese yendo por el Camino de Fedre habría visto a un troll y un enano que aparentemente se gritaban el uno al otro con gran excitación.

—¡Un dos-treinta y dos, y ocho, y un uno!

—¿Ves? ¿Cuántos ladrillos hay en ese montón?

Pausa.

—¡Un dieciséis, un ocho, un cuatro, un uno!

—¿Te acuerdas de lo que te dije acerca de dividir por ocho-y-dos?

Una pausa más larga.

—¿Ve-intinue-ve…?

—¡Exacto!

—¡Exacto!

—¡Puedes llegar hasta allí!

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