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En El Lugar De La Diosa

Электронная книга - «En El Lugar De La Diosa». Краткое содержание книги:

La única emoción que esperaba Shannon Parker de las vacaciones de verano era hacer unas cuantas compras. Sin embargo, recibió la llamada de un ánfora antigua y se vio transportada a Partholon, donde todos la trataron como a una diosa. Una diosa muy temperamental…
Sin saber cómo, Shannon había adoptado el papel de otra, se había convertido en la encarnación de la diosa Epona. Y, aunque eso tenía una ventaja (¿a qué mujer no le gustaban los lujos?), también conllevaba un matrimonio ritual con un centauro y la amenaza de muerte a su nuevo pueblo. Además, todo el mundo la odiaba, porque pensaban que era una simple doble de su diosa.
Shannon tenía que averiguar cómo podía volver a Oklahoma sin morir en el intento, sin contraer matrimonio con un centauro y sin volverse loca…
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– No lo sé con certeza. Ella no me lo revelaba todo.

– Pero ¿no tienes alguna idea?

Alanna suspiró y me miró, por fin.

– Ella hizo varios rituales de prueba -dijo, y se estremeció al recordarlo-. No tuvieron éxito. La gente con la que intentó intercambiarse estaba… herida… cuando aparecieron. No sobrevivieron.

Yo asentí para que continuara.

– Entonces se le ocurrió la idea de enviar algo inanimado desde este mundo, algo que pudiera transportar su poder, con una de esas personas.

– ¡El ánfora!

– Sí, envió un ánfora funeraria ceremonial, una que se usaba para hacer libaciones sobre las tumbas de las generaciones pasadas de Elegidas -Alanna hizo una pausa y tragó saliva-. Su siguiente prueba fue más exitosa.

– ¿Más exitosa? -no me gustó el sonido de aquello.

– El sirviente sobrevivió. Durante un rato.

– Ay.

– Sí. Lady Rhiannon volvió a hacer ayuno y meditación. Parece que entonces descubrió una respuesta. Tenía un sirviente favorito, un Chamán llamado Bres. No era como ClanFintan; adoraba a dioses oscuros cuyos nombres es mejor no pronunciar.

– ¡Pues entonces no los digas! -toda aquella conversación me estaba produciendo un mal presentimiento.

Alanna asintió y continuó.

– Llevaron a cabo una ceremonia oscura el día en que tú viniste a este mundo. Estalló una tormenta horrible.

– También hubo una tormenta repentina la tarde de mi accidente.

– Bres y ella se marcharon a la zona desértica que hay al borde del lago Selkie, en las afueras de Ufasach Marsh. Ella siempre decía que yo tenía que estar cerca, así que fui con ellos, pero me resultó muy difícil entender lo que estaba ocurriendo a causa del viento y de la lluvia.

Mi Mustang y yo entendíamos perfectamente lo que estaba describiendo, aunque desconocía los sitios que estaba nombrando.

– Eligieron una casa abandonada para prenderle fuego. Incluso en mitad de la tormenta ardió con unas llamas de mil demonios. Bres entró en el edificio, recitando un encantamiento que me hacía daño a los oídos por su intensidad. Entonces desapareció y en su lugar apareció otro hombre, con la misma forma de Bres, pero que evidentemente no era el Chamán. Salió de la casa completamente histérico.

Alanna se interrumpió y tomó un largo sorbo. Después continuó hablando.

– Rhiannon se colocó tras él y le cortó el cuello. Recogió su sangre en una copa y se la bebió. Pasó el resto del día echando encantamientos sobre su cuerpo. Cuando comenzó el atardecer, se quitó la ropa, echó la cabeza hacia atrás y extendió los brazos, y entró en el edificio todavía en llamas como si lo estuviera abrazando.

Yo me estremecí, al recordar la extraña visión de mí misma cuando el ánfora estalló en una bola de fuego.

– Entonces el edificio explotó y desapareció. Y yo te encontré inconsciente entre las ruinas.

Me sonrió valientemente.

– Me pregunto si consiguió llegar a mi mundo.

– Sí lo consiguió -dijo Alanna en un tono monótono.

– ¿Cómo lo sabes?

– Siempre conseguía lo que se proponía. De lo contrario no se conformaba.

– Bueno, la escuela pública va a ser un duro despertar para ella. Me encantaría ser una mosca posada en la pared durante su primera reunión con unos padres. Por lo menos, nos hemos librado de ella y de ese tal Bres.

– Sí.

Nos sonreímos la una a la otra.

– Eh, ¿Bres era alto y esquelético con un aliento apestoso y la piel muy blanca?

– ¡Sí! -exclamó Alanna, y pestañeó de la sorpresa-. ¿Lo viste?

– Hablamos brevemente antes de que comenzara la tormenta. Era escalofriante.

Nos estremecimos las dos a la vez.

– Me alegro de que me encontraras -le dije, y le apreté la mano.

– Yo también.

Ella me devolvió el gesto cariñoso, y la calidez de nuestra amistad le devolvió el color a un mundo que se había vuelto temporalmente pálido.

– ¿Qué te parece si me enseñas el mapa antes de que ClanFintan comience a derretirme la mente?

Alanna se puso en pie, sirvió para las dos unas copas de vino y después se acercó con ellas a una puerta que había en un extremo de la habitación. La abrió y ambas entramos a una estancia maravillosamente decorada, con sofás, una mesa de lectura, una chimenea y las paredes llenas de estanterías y estanterías de…

– ¡Libros! -grité, y entre corriendo en la sala, a punto de tirar a Alanna al suelo-. Creía que esta puerta daba a un armario -pase los dedos con reverencia por los lomos de piel-. Dios, adoro los libros.

– Lady Rhiannon también. Tenía muy ocupados a los escribanos.

Alanna se acercó a una de las paredes y subió hasta el último peldaño de una pequeña escalera de madera. Estiró el brazo hasta la última estantería y desenrolló un mapa.

– Esto es Partholon.

– ¡Vaya!

El mapa desenrollado casi tocaba el suelo. Estaba hecho de un material tejido que me recordaba a la seda, pero era más grueso. Era asombroso. Su belleza me atrajo y quise tocar su suavidad. Me acerqué y pasé las manos por su superficie con una ligera caricia.

– ¡Ay! ¡Me ha dado un calambre!

Alanna estaba encantada.

– Ésa era la última prueba. La chispa que se origina entre el mapa sagrado de Partholon y la Amada de Epona sucede sólo cuando la Suma Sacerdotisa lo toca.

Yo me protegí los dedos y di un paso atrás cautelosamente.

– Podías haberme avisado.

– ¿Lo habrías tocado entonces?

– Seguramente no.

– Por eso no te lo he dicho.

– Qué listilla -dije, con una sonrisa, mientras comenzaba a estudiar el mapa desde una distancia prudencial y vaciaba lentamente mi copa de vino.

El Templo de Epona estaba señalado con un hilo de oro y se encontraba al sureste de Partholon y al norte del río Geal, que cruzaba el mapa de este a oeste. El río nacía al noreste de las Montañas Tier, y tenía varios ramales: pude ver uno al oeste, el río Calman, y justo antes de su desembocadura en el Mar de B’an, el río Clare. Con interés contemplé una estructura llamada Templo de la Musa, situada en un punto de unión entre el río Geal y el río Calman, en la orilla oeste de este último. Después me fijé en la zona oeste del mapa, que el Mar de B’an recorría en toda su longitud, salpicado de acantilados. El Castillo de MacCallan se alzaba atrevidamente al borde de un acantilado. Suspiré con tristeza y miré hacia el norte, hacia el Castillo de la Guardia, situado en un desfiladero entre montañas de picos blancos. Debajo del Castillo de la Guardia y entre éste y el Templo de Epona se extendía un gran lago azul, llamado lago Selkie. Ufasach March estaba al este. Al norte del lago y al sureste del Castillo de la Guardia se alzaba otro castillo llamado Castillo Laragon. No recordaba haber pasado sobre un lago ni sobre otro castillo, y sentí un escalofrío de miedo al observar la zona entre el Castillo Laragon y el Castillo de la Guardia.

De repente un ruido interrumpió mi concentración.

– Seguramente será una de tus sirvientas, que te trae el aviso de ClanFintan -dijo Alanna con una sonrisa mientras yo me ruboriza-. Le diré que puede anunciarlo en un momento.

Yo volví a mirar el mapa e intenté asimilar el resto rápidamente. Vi que existían otros tres castillos, pero ninguno tan cercano al Castillo de la Guardia como el Castillo Laragon o el Castillo de MacCallan. Sólo tuve tiempo de fijarme en que las tierras cubiertas de hierba de las afueras de Partholon tenían el nombre de Llanuras de los Centauros, cuando Alanna volvió a aparecer con una sonrisa, seguida de la ninfa Staci.

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