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Mi enemiga la reina

Электронная книга - «Mi enemiga la reina». Краткое содержание книги:

Desde pequeña, Lettice Knollys tuvo que oír historias fabulosas sobre su prima, la futura reina Isabel I. Cuando esta subió al trono, Lettice pudo descubrir de primera mano los encantos, y las intrigas, de la corte inglesa de la segunda mitad del siglo xvI, un lugar en que la batalla por el poder se libraba también en alcobas, gabinetes y mazmorras.
Pese a haber conseguido unas buenas nupcias con el conde de Essex, a Lettice la entristece que el impecable Robert Dudley, el conde de Leicester, solo tenga ojos para la reina. Tras la misteriosa muerte de la primera esposa de Robert, sin embargo, el favor del conde se desplazará de Isabel a la señora de Essex... y de este modo Lettice se verá convertida, a ojos de la reina, en la Loba.
Un romance apasionado y secreto, los celos y la sed de venganza, las ansias de poder y la perpetuación de viejos rencores tienen cabida en esta espléndida novela de Victoria Holt, con la que retrató uno de los períodos más gloriosos de Inglaterra y un triángulo amoroso de calado histórico.
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Era evidente que el joven consideraba a su tío una especie de dios; y me agradó mucho el que una persona tan claramente virtuosa tuviese una imagen de Robert totalmente distinta de la que tenían los murmuradores envidiosos que siempre deseaban creer lo peor.

Nos explicó lo hábil que era su tío con los caballos.

—Él es el caballerizo de la Reina, ¿sabéis?, y desde el día de su coronación.

—Cuando sea mayor —proclamó mi hijo Robert—, seré yo el caballerizo de la Reina.

—Entonces, lo mejor que podrías hacer sería seguir los pasos de mi tío Leicester —dijo Philip.

Entonces nos explicó todas las artes ecuestres que Leicester había conseguido dominar, e incluso ciertos trucos que los franceses practicaban a la perfección. Después de la matanza de San Bartolomé, siguió diciéndonos, Leicester había sondeado a franceses que habían trabajado en los establos de nobles asesinados y que él creía deseosos de conseguir empleo, pero todos tenían una opinión demasiado elevada de sus propias habilidades y exigían una paga excesiva.

—Más tarde —dijo Philip—, mi tío decidió ir a Italia a buscar caballistas. No tenían tan alta idea de sí mismos como los franceses. De cualquier modo, pocos hombres pueden enseñar algo a mi tío en cuestión de caballos.

—¿Va a casarse la Reina con tu tío? —preguntó Penèlope.

Hubo un breve silencio, y Philip me miró.

—¿Quién te dijo que podría casarse con él? —dije yo.

—Oh, señora —dijo Dorothy reprobatoriamente—. Todo el mundo habla de ellos.

—Las personas distinguidas siempre son objeto de murmuraciones. Pero lo más prudente es no darles crédito.

—Yo creí que debíamos enterarnos de todo lo que pudiéramos y nunca cerrar los ojos y los oídos a nada —insistió Penèlope.

—Los ojos y los oídos deben estar abiertos a la verdad —?dijo Philip.

Luego empezó a hablar de sus aventuras en países extranjeros, fascinando a todos, como siempre.

Más tarde, le vi en los jardines con Penèlope, y en seguida advertí que parecían disfrutar mucho estando juntos, pese a ser él un joven de veintiuno o veintidós y ella sólo una niña de trece.

El día de la esperada aparición de la Reina, yo estaba en la atalaya. En cuanto se divisase el cortejo (y había vigías encargados de avisarme), yo debía salir con un pequeño grupo a dar a la Reina la bienvenida a Chartley.

Recibí el aviso a tiempo. Vestía una capa muy fina de terciopelo morado y un sombrero del mismo color con una pluma crema que se curvaba hacia abajo a un lado. Sabía que estaba muy bella, pero no sólo por mi elegante atuendo sino por el suave color de mis mejillas y el brillo de mis ojos, acentuado por la perspectiva de ver a Robert. Habían dispuesto mi hermoso pelo con sencillez en un cairel que me caía sobre el hombro, según una moda francesa que a mí me gustaba mucho porque destacaba la belleza natural de mi pelo, uno de mis mayores atractivos. Esto contrastaría con el pelo crespo y ralo de la Reina, que ella tenía que suplementar con pelo falso. Me prometí que haría lo posible por parecer mucho más joven y mucho más bella, pese a su esplendor… y no me resultaría difícil, porque lo era.

Les recibí a medio camino del castillo. Robert cabalgaba al lado de ella y en el poco tiempo que hacía que no nos veíamos, había calculado mal el poder de aquel magnetismo abrumador que barría en mí todo deseo que no fuese el de estar sola con él y hacer el amor.

Llevaba jubón de estilo italiano tachonado de rubíes, capa por los hombros, del mismo color vino, de un rojo intenso, sombrero con la pluma blanca… todo era de impecable elegancia; y apenas me di cuenta del ser resplandeciente que llevaba a su lado y que me sonreía con benevolencia.

—Bienvenida a Chartley, Majestad —dije—. Temo que lo encontréis muy humilde después de Kenilworth, pero haremos lo posible por hospedaros, aunque me temo que de forma que no va a ser digna de vos.

—Hola, prima —dijo ella, situándose a mi lado—. Estáis muy bella, ¿no es cierto, Lord Leicester?

Los ojos de Lord Leicester se encontraron con los míos, ansiosamente suplicantes, transmitiendo una palabra: «¿Cuándo?»

—Lady Essex —dijo él— tiene realmente un aspecto muy saludable.

—Las fiestas de Kenilworth han logrado revivir la juventud en todos nosotros —contesté.

La Reina frunció el ceño. No le gustaba que dijesen que su juventud necesitaba revivir. Debían considerarla eternamente joven. Era en cosas de este cariz en las que se mostraba quisquillosa y pueril. Jamás pude entender esta veta de su carácter. Pero me convencí de que pensaba que si se comportaba como si fuese perpetuamente joven y la mujer más bella del mundo (manteniéndose así por una especie de alquimia divina), todos lo creerían.

Me di cuenta de que tenía que tener cuidado, pero la compañía de Robert se me subía a la cabeza como un vino fuerte y perdía el control.

Cabalgamos a la cabeza de la comitiva, Robert a un lado de ella y yo al otro. Resultaba en cierto modo, simbólico.

La Reina me preguntó por la región y por la situación de la tierra, mostrando raros conocimientos e interés; fue muy generosa y declaró que el castillo tenía una perspectiva magnífica con sus torreones y su alcázar.

Su aposento la satisfizo mucho. Así tenía que ser, ya que era el mejor del castillo y el dormitorio que Walter y yo ocupábamos cuando él estaba en casa. El dosel de la cama había sido desmontado y repasado, y los juncos del suelo desprendían una intensa fragancia de hierbas aromáticas.

La Reina parecía contenta y la comida fue excelente; los criados estaban todos emocionados con su presencia y ansiosos por complacerla y animarla. Ella les trató con su gracia habitual y les dejó dispuestos a arrastrarse si era necesario por servirla; los músicos tocaron sus melodías favoritas y yo me aseguré de que la cerveza no fuera demasiado fuerte para su gusto.

Bailó con Robert y era natural que yo, como anfitriona, bailase también con él… pero muy poco, por supuesto. La Reina no le dejaba bailar con nadie, sólo con ella.

La presión de sus dedos en mi mano transmitía un mensaje oculto.

—He de veros a solas —dijo, volviendo la cabeza y sonriendo a la Reina al mismo tiempo.

Contesté, con expresión vacía, que tenía mucho que decirle.

—Tiene que haber aquí algún sitio donde podamos vernos a solas y hablar.

—Hay un aposento en uno de los dos torreones. Apenas utilizamos ese torreón. Es el del oeste.

—Allí estaré… a medianoche.

—Tened cuidado, señor —dije, burlona—. Estaréis vigilado.

—Ya estoy habituado a esto.

—Se interesan tantas personas por vos. Se habla de vos tanto como de la propia Reina… y su nombre y el vuestro aparecen relacionados tan a menudo en comentarios y murmuraciones…

—De cualquier modo he de veros.

Tuvo que volver junto a la Reina, que movía los pies impaciente. Quería bailar, y con él por supuesto.

Me moría de impaciencia. Estaba deseando que llegasen las doce. Me quité el vestido y me cubrí con un manto de cintas y encaje. Tenía mucho que decirle, pero no creía que fuese posible estar a solas con él sin que nuestra pasión desbordase todas las demás necesidades. Quería ser seductora como difícilmente podría haber sido la pobre Douglass ni Isabel. Sabía que yo podía serlo. Era mi fuerza, lo mismo que la corona era la de la Reina. Había comprobado rápidamente que Douglass no formaba parte del cortejo. Debía haberse ido a casa con su hijo… suyo y de Robert.

Robert estaba esperándome. En cuanto entré me vi entre sus brazos e intentó quitarme el manto bajo el cual no llevaba nada.

Pero yo estaba decidida a que hablásemos primero.

—Lettice —dijo—, la necesidad que siento de vos me enloquece.

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