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Las puertas del infierno

Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:

Otoño de 1884. Una celda lúgubre. Dentro se encuentra un hombre inerte. ¿Estará muerto? Bajo su lengua hay una moneda, es el óbolo de Caronte, el precio que hay que pagar al barquero del reino de los muertos.
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
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– Está bien -comentó el rabino, y abrió de par en par la puerta de la sinagoga. Entonces se vio la toga negra que llevaba, distintiva de su rango-. Con esas palabras, milady, ha abierto usted las puertas de la casa de Dios. Pase.

Sarah asintió agradecida y siguió la invitación. Sin embargo, cuando Hingis se dispuso a hacer lo mismo, Oppenheim le cerró el paso.

– Solo lady Kincaid y el muchacho -señaló.

– Pero nosotros somos sus acompañantes -objetó Cranston enérgicamente-. No puede cuestionarse que…

– Por favor, doctor -lo interrumpió Sarah, y con una mirada penetrante le dio a entender que también se las arreglaría sola. Cranston soltó un sonoro bufido y su figura magra adoptó un aire estirado.

– Como guste -se limitó a comentar-. Mucha suerte en la caza. Tally-ho.

Sarah asintió y siguió al rabino que, después de que el joven Gustav hubiera cruzado el umbral, cerró la puerta a cal y canto. La luz de unas velas y de unas lámparas de aceite de bronce iluminaban el recinto que se extendía ante ellos y que tenía una bóveda gótica muy alta, sostenida por dos columnas octogonales. Una sillería de madera oscura bordeaba los muros y el centro de la nave estaba ocupado por un pulpito cercado por una imponente reja de hierro forjado. Más allá de las columnas, debajo de un artístico tímpano, se hallaba el verdadero corazón de la sinagoga: el arca de la Tora, donde se guardaban los rollos con los escritos sagrados.

– Este lugar -dijo Oppenheim en voz baja- ha resistido a todas las protestas a las que mi pueblo fue sometido en siglos pasados. Ha proporcionado refugio y protección en muchísimas ocasiones y aquí han ocurrido cosas importantes.

– Lo sé -dijo Sarah inclinando respetuosamente la cabeza, un gesto que pareció gustar al rabino.

– ¿De verdad es usted una lady inglesa? -preguntó francamente asombrado-. Sinceramente, no es usted como esperaba…

– ¿Y qué esperaba?

– A decir verdad, no lo sé. En cualquier caso, la idea de que una joven británica de origen noble viniera precisamente a este lugar me pareció tan descabellada que no tuve más remedio que aceptar el encuentro. En cierto modo, pues, tiene que agradecerle a mi curiosidad el hecho de estar aquí ahora.

– Le estoy muy agradecida a su curiosidad -afirmó sonriendo Sarah, a la que complacían las maneras sencillas y el humor soterrado del rabino-. Y me alegro de que se haya tomado un tiempo para esta entrevista.

– Como bien puede imaginarse, no ocurre demasiado a menudo que nos visite alguien de fuera, y en su caso me pareció algo descabellado por tres motivos: es usted mujer, pertenece a la nobleza y, no lo olvidemos, si no me equivoco, es usted cristiana.

– No se equivoca -admitió Sarah-. Pero mi padre me enseñó que, aunque las personas busquen a Dios de distintas maneras, todas son hijos suyos.

– Sabias palabras -asintió el rabino-. Su padre debe de ser un hombre inteligente.

– Era un hombre inteligente -puntualizó Sarah.

– Disculpe. -Oppenheim escrutó su rostro y pareció distinguir el dolor que se reflejaba en él. Por eso cambió de tema enseguida-. Así pues, ¿ha venido usted por el Golem?

– Efectivamente.

– ¿Qué desea saber?

– A ser posible, todo.

– Entonces le contaré los orígenes de la leyenda. Le hablaré de la historia de los judíos de Praga que tantas cosas tuvieron que soportar. Y de un lacayo de barro que les fue enviado para liberarlos de una terrible sospecha…

– Todo eso ya lo sé, rabí Oppenheim -objetó Sarah-. Debo decirle que no he emprendido este viaje sin prepararme antes. He investigado y he encontrado mucha información sobre el Golem y su origen.

– Pues aún me sorprende más que haya emprendido este largo viaje -replicó Oppenheim.

– He venido porque esperaba que usted podría contarme más cosas.

– ¿Más? ¿A qué se refiere?

– Me refiero al saber que no se encuentra en los libros -contestó Sarah quedamente-. A los conocimientos que se transmitían de generación en generación y que incluso trataban del secreto de la vida.

– ¿El secreto de la vida? -El rabino miró de reojo a Gustav, que seguía aquel intercambio de palabras sin parpadear y con los ojos abiertos como platos. Por un momento dio la impresión de que sopesaba la idea de echar al muchacho, pero luego se lo repensó-. Eso son palabras mayores, lady Kincaid.

– Lo sé, rabí.

– ¿Qué le hace pensar que yo podría saber algo?

– Gracias a mis pesquisas, sé que un tal David Oppenheim fue el rabino mayor de Praga en el siglo XVII -contestó Sarah-. Al parecer, estaba en posesión de numerosos textos antiguos de gran valor, entre los que se contaban los procedentes del legado del rabí Löw. Y no hay que ser vidente para suponer que aquel David Oppenheim era un antepasado suyo y que al menos dejaría una parte de aquellos escritos a su familia.

Oppenheim no contestó de inmediato. En su rostro barbudo se reflejaba la congoja; sin embargo, era imposible adivinar qué estaba pensando.

– Asombroso -dijo finalmente-. Sumamente asombroso…

– ¿Qué quiere decir?

– Lady Kincaid, debo decirle que aquellos antiguos escritos están ligados a una profecía.

– ¿Una profecía?

– Así es. A lo largo de los siglos en que esos libros se han encontrado en nuestra posesión, siempre se ha dicho que un día llegaría alguien que preguntaría por su paradero. Probablemente, y esa idea me aterra profundamente, usted es ese alguien.

– ¿Por qué le parece tan terrible la idea? -preguntó Sarah- ¿Porque soy mujer? ¿Porque no soy judía?

– No -contestó el rabino con voz lúgubre-. Es porque… -se interrumpió, caviló un momento y luego pareció repensárselo-. ¿Por qué intenta averiguar el secreto del Golem? -preguntó finalmente.

– ¿Cómo debo interpretar su pregunta?

– ¿Busca la fama? ¿Quiere conseguir la inmortalidad? ¿Pretende imitar la Creación divina? ¿O incluso hacerle frente?

El rabino había entornado los ojos, y la manera en que había remarcado sus palabras para darles más peso le revelaron a Sarah que hablaba muy en serio. La joven recordó sin querer que ya le habían planteado una pregunta parecida en otro lugar y en otro tiempo. La persona que lo había hecho no era menos inteligente y sabia que el viejo rabino…

– El hombre al que amo está agonizando -explicó sin ambages y un poco a la ventura-. Una fiebre misteriosa se ha apoderado de él, y ninguno de los médicos a quienes he consultado conoce ninguna medicina para hacerle frente. He venido solo por eso.

– Comprendo -replicó el rabino, de nuevo en un tono dulce y comprensivo-. Con todo, no comprendo por qué la búsqueda la ha traído precisamente aquí…

– El estado que mantiene cautivo a mi amado fue provocado artificialmente -contestó Sarah-. Un veneno, un bebedizo, algo que le administraron. No puedo explicarlo de manera concluyente, pero existen paralelismos.

– ¿Paralelismos? -Oppenheim enarcó las cejas.

– Con el modo en que, según la leyenda, el Golem cobró vida -explicó Sarah-. Además, he llegado a la desalentadora conclusión de que cierto círculo de personas tienen un gran interés en que realice este viaje.

– ¿A qué se refiere? Habla usted con acertijos…

Sarah suspiró. ¿Cómo podía explicar algo que ella apenas comprendía? ¿Cómo podía hacer entender algo que escapaba a su entendimiento?

– Es difícil expresarlo en palabras -admitió-. Alguien quería que yo viniera aquí. Me dieron una serie de indicaciones que debía seguir y que me han traído hasta este lugar. Hasta usted.

– ¿Hasta mí? -El rabino le dedicó una mirada interrogadora, la duda que se reflejaba en sus ojos no pasaba desapercibida.

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