Las puertas del infierno
- Автор: Пайнкофер Михаель
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
– Creo que sí -afirmó Sarah.
– La familia Czerny -explicó la condesa sin que nadie se lo pidiera- es una de las más antiguas y con mayor tradición nobiliaria de Praga. Mis antepasados estuvieron presentes cuando la ciudad recibió los fueros en el año 1257; también cuando se fundó la universidad y el emperador hizo su entrada en el Castillo; estuvieron cuando quemaron ajan Hus por hereje y tuvieron que presenciar cómo sus seguidores hundían el reino en una guerra cruenta; vivieron la época de esplendor del reinado de Rodolfo II y vieron cómo Bohemia perdía la libertad en la batalla de la Montaña Blanca, luchando contra sajones y franceses. Pero todo eso me resulta insignificante desde que mi esposo no se encuentra entre los vivos. Me dejan disfrutar de títulos y propiedades, pero, a diferencia de los años en que mi marido enseñaba en la universidad, no toleran mi presencia en ella. Han quedado olvidados los generosos donativos que mi familia entregó al Consejo Científico, se acabaron los tiempos en que alababan a Ludmilla de Czerny por su inteligencia y su erudición -añadió asqueada-. Ahora, a esos intrigantes tiralevitas solo les interesa saber cuándo volveré a casarme y quién heredará algún día todo esto. Puesto que no nos fue dado tener hijos, el terreno está abonado para todo tipo de especulaciones, como bien podrá imaginarse.
– Ya lo creo que puedo -afirmó Sarah, sorprendida no solo por la franqueza de su anfitriona, sino también por su valor, y empezó a entender a qué parecido se refería Friedrich Hingis.
Igual que ella misma, Ludmilla de Czerny parecía una mujer con un interés por el mundo mucho mayor y más amplio de lo que la sociedad quería permitirle. Si bien su posición social y sus propiedades le brindaban ciertas posibilidades, parecía estar muy lejos de encontrar el reconocimiento público. Realmente, aquella injusticia las convertía en cierto modo en hermanas, pero sobre todo en aliadas, y Sarah admitió que se reconocía un poco en aquella mujer. La comprendía como si las uniera una amistad de hacía años, y eso que acababan de conocerse…
– ¿Me permite invitarla a una taza de té? -preguntó la condesa señalando la mesa, donde habían un servicio de plata-. Soy consciente -prosiguió en tono de disculpa- de que ya es muy tarde para las costumbres británicas. Pero, desgraciadamente, como no sabía la hora exacta de su llegada, no me ha sido posible ordenar a tiempo que prepararan la cena…
– Es usted muy amable -contestó Sarah sonriendo-. Una taza de té me iría de maravilla.
– Siéntense -invitó la condesa a Sarah y a Hingis, mientras Antonín hacía señas a dos criados para que les llevaran té recién hecho y se lo sirvieran.
Cuando empezaron a beber, a Sarah le llamó la atención la joya que la condesa lucía en el dedo índice de la mano derecha. Era un anillo dorado con un sello ovalado que mostraba un motivo nada común. Un obelisco egipcio.
Teniendo en cuenta la marcada tendencia por las joyas extravagantes que podía apreciarse en la condesa, el anillo no habría llamado la atención a un observador atento. Pero Sarah recordó que ya había visto una joya como aquella… en la mano del hombre que algún día heredaría la corona británica…
– Veo que admira mi anillo -dijo la condesa, a quien no pasó desapercibida la mirada curiosa de Sarah-. ¿A usted también le gustan estos chismes?
– A decir verdad, no -replicó Sarah-. Nunca he sabido que hacer con ellas. Siempre he preferido un libro interesante al oro y las alhajas…
– Bueno, hemos encontrado algo que nos diferencia -comentó la condesa con una sonrisa comedida.
– … Sin embargo -prosiguió Sarah, imperturbable-, creo que esa alhaja es especial.
– ¿Esta alhaja? -La condesa posó una mirada de desdén en su mano derecha-. No, que yo sepa. Encontré este anillo en el legado de mi esposo y, si he de serle sincera, lo he escogido por motivos sentimentales.
– Comprendo -se limitó a decir Sarah.
– Los recuerdos son algo curioso, ¿no es cierto? -añadió la condesa-. Unos días pueden procurar consuelo y la esperanza de un futuro mejor, y otros nos precipitan a abismos que ni siquiera sospechábamos.
– Cierto -afirmó Sarah-. El anillo representa un obelisco, ¿verdad?
– En efecto. El antiguo Egipto y sus secretos siempre me han fascinado.
– Igual que a mí -afirmó Sarah.
– Sin embargo, si he entendido bien al señor Hingis, no ha viajado usted a Praga debido a su interés por la arqueología. Sobre todo teniendo en cuenta que hay lugares seguramente más apropiados…
– Eso también es cierto -admitió Sarah-. He venido a Praga porque tengo motivos para suponer que aquí, y solo aquí, podré obtener cierta información.
– ¿Y de qué información se trata, si me permite la pregunta? Naturalmente, no querría parecerle indiscreta, pero si tengo que ayudarla me sería muy útil saber exactamente qué busca. El señor Hingis solo aludió a una medicina para su esposo enfermo…
– No estamos casados -explicó Sarah, y le dedicó una mirada divertida a su acompañante: era evidente que Hingis había considerado necesario encubrir un poco la chocante verdad. Sin embargo, después de que la condesa Czerny se hubiera mostrado tan abierta y sincera con ella, Sarah no vio motivos para continuar manteniendo esa táctica-. Kamal es el hombre al que amo y al que no querría perder en ningún caso.
– Tiene usted toda mi comprensión y mi entera simpatía -aseguró la condesa-. Pero ¿qué espera encontrar exactamente en nuestra ciudad?
Sarah tomó pensativa un sorbo de té.
– Si pudiera contestar a su pregunta, condesa, ya habría hecho un gran progreso. En lo que respecta al objetivo exacto de mi viaje, de momento aún ando a ciegas.
– Así pues, ¿no sabe lo que busca?
– Sinceramente, no.
– ¿Y aun así ha emprendido un viaje hasta tan lejos? ¿Ha sometido a su amado enfermo a las fatigas de un trayecto tan largo?
– Sé que tiene que parecer sumamente insólito -reconoció Sarah-, y no le reprocharé que me tome por loca. Pero le aseguro que mi presencia en esta ciudad se debe a motivos fundados.
– No tengo por qué dudar de su palabra, querida amiga -replicó la condesa sin vacilar-. Usted dígame dónde quiere empezar la búsqueda y yo me ocuparé de que disponga de toda la ayuda imaginable.
– En el barrio judío -dijo Sarah abiertamente.
– ¿En el…? -El semblante pálido de la condesa se desfiguró y dio la impresión de que no quería pronunciar el nombre-. ¿Qué piensa hacer en ese terrible lugar?
A diferencia de Sarah, que no conseguía explicarse la reacción negativa de la condesa, Hingis parecía conocer los motivos.
– Ha oído bien, condesa -intervino Hingis-, y puedo asegurarle que he intentado convencer a lady Kincaid de que abandonara ese proyecto. Pero está convencida de que allí podrá encontrar los indicios ocultos por los que ha venido a Praga.
– De acuerdo. -Ludmilla de Czerny parecía un poco más tranquila-. En ese caso, probablemente no tenemos otra elección…
– ¿Por qué? -preguntó Sarah con ingenuidad-. ¿Qué tiene de malo ese lugar?
– Josefov -explicó la condesa lúgubremente- forma un poblado aparte dentro de los límites de Praga. Hace mucho que no está habitada solo por judíos, sino también por obreros, jornaleros, mendigos, vagabundos… Y por allí callejea también chusma de todo tipo. Por no hablar de la suciedad, la porquería y el hedor que cubre el barrio.
– Es innegable que tiene cierto parecido con el East End de Londres -añadió Hingis ilustrativamente.