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Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]

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Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]
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— Señor presidente… Señor primer ministro… Si han oído un rumor así, puedo asegurarles que es absolutamente falso. ¿Por qué creen que estamos izando seiscientas toneladas de hielo diarias para reconstruir nuestro escudo? ¿Nos molestaríamos en hacerlo si planeáramos quedarnos aquí?

— Tal vez. Si, por alguna razón, cambiaran de opinión, veo difícil que nos alertasen suspendiendo las operaciones.

La veloz réplica sorprendió momentáneamente al capitán; había subestimado a aquellas amigables personas. Luego comprendió que ellos — y sus computadoras—debían de haber analizado ya todas las posibilidades más obvias.

— Cierto, pero quisiera decirles (es algo todavía confidencial y no ha sido anunciado) que planeamos doblar el ritmo de izado para acabar el escudo más rápidamente. Lejos de quedarnos, tenemos intención de marcharnos antes. Esperaba poder informarles de ello en circunstancias más agradables.

Incluso el primer ministro no pudo ocultar por completo su sorpresa; el presidente ni siquiera lo intentó. Antes de que pudieran recuperarse, el capitán Bey reanudó el ataque:

— Y es justo, señor presidente, que nos dé pruebas de acusación. De otro modo ¿cómo podemos refutarla? El presidente miró al primer ministro. El primer ministro miró a los visitantes.

— Me temo que es imposible. Eso revelaría nuestras fuentes de información.

— Entonces, estamos en un punto muerto. No podremos convencerles hasta que nos marchemos… dentro de ciento treinta días contando a partir de hoy, según el programa corregido.

Hubo un silencio pensativo y bastante triste; luego, Kaldor dijo en voz baja:

—¿Puedo mantener una breve charla en privado con el capitán Bey?

— Por supuesto.

Mientras se marchaban, el presidente le preguntó al primer ministro:

—¿Dicen la verdad?

— Kaldor no mentiría; estoy seguro de ello. Pero puede que no conozca todos los hechos.

No tuvieron tiempo de continuar la conversación antes de que los componentes de la otra parte volvieran para hacer frente a sus acusadores.

— Señor presidente — dijo el capitán—, el doctor Kaldor y yo coincidimos en que hay algo que deberíamos contarles. Esperábamos que no se divulgase; era embarazoso y creíamos que el asunto había quedado zanjado. Posiblemente, estábamos equivocados; en tal caso, puede que necesitemos su ayuda.

Resumió brevemente las actividades del Consejo y los hechos que habían conducido a ellas, y concluyó:

— Si lo desean, estoy dispuesto a mostrarles las grabaciones. No tenemos nada que ocultar.

— Eso no será necesario, Sirdar — dijo el presidente, obviamente muy aliviado. El primer ministro, sin embargo, aún parecía preocupado.

— Eh… Espere un minuto, señor presidente. Eso no coincide con los informes que hemos recibido. Recordará que eran muy convincentes.

— Estoy seguro de que el capitán podrá explicarlos.

— Sólo si me dicen de qué se trata.

Hubo otra pausa. Luego, el presidente se inclinó hacia la garrafa de vino.

— Bebamos antes un trago — dijo alegremente—. Después le diré cómo lo averiguamos.

41. Charla con la almohada

Owen Fletcher se dijo que todo había ido muy bien. Naturalmente, estaba algo decepcionado por el resultado de la votación, aunque se preguntaba hasta qué punto reflejaba la opinión existente a bordo de la nave. Después de todo, había dado instrucciones a dos de sus compañeros de conspiración para que votasen NO, para que la fuerza todavía ínfima del movimiento de los nuevos thalassanos no fuera revelada.

El problema era, como siempre, qué hacer a continuación. Él era ingeniero, no político, aunque se encaminaba rápidamente en esa dirección, y no podía ver forma alguna de reunir más apoyo sin salir a la luz.

Esto dejaba sólo dos alternativas. La primera y más sencilla era abandonar la nave lo más cerca posible del momento del lanzamiento, simplemente no presentándose de nuevo al servicio. El capitán Bey estaría demasiado ocupado para perseguirlos — aunque quisiera—y sus amigos thalassanos les esconderían hasta que la Magallanes partiera.

Pero eso seria una deserción doble… sin precedentes en la comunidad Sabra, tan estrechamente unida. Habría abandonado a sus colegas durmientes… incluidos su hermano y su hermana. ¿Qué pensarían de él, al cabo de tres siglos, en el hostil Sagan Dos, cuando supieran que habría podido abrirles las puertas del paraíso y que les había fallado?

Y el tiempo se estaba agotando; aquellos simulacros computerizados de programas acelerados de izados sólo podían significar una cosa. Aunque ni siquiera lo había discutido con sus amigos, no veía otra alternativa a la acción.

Pero su mente seguía rechazando la palabra sabotaje.

Rose Killian nunca había oído hablar de Dalila, y le habría horrorizado que la comparasen con ella. Era una norteña sencilla y bastante ingenua que, como tantas otras jóvenes thalassanas, había quedado anonadada ante los fantásticos visitantes de la Tierra. Su relación amorosa con Karl Bosley no era tan sólo su primera experiencia emocional realmente profunda; también era la de él.

Ambos se sentían desolados ante la idea de su separación. Un día, de madrugada, Rose estaba llorando sobre el hombro de Karl cuando él no pudo soportar por más tiempo el dolor de su amada.

— Prométeme que no se lo dirás a nadie — dijo, acariciando los mechones de cabello que caían sobre su pecho—. Tengo buenas noticias para ti. Es un gran secreto; nadie lo conoce aún. La nave no va a partir. Nos quedaremos todos en Thalassa.

Rose casi se cayó de la cama de la sorpresa.

—¿No lo dices sólo para hacerme feliz?

— No; es cierto. Pero no le digas ni una palabra a nadie. Debe guardarse en absoluto secreto.

— Claro, cariño.

Pero Marion, la mejor amiga de Rose, también lloraba por su amante terrícola de modo que tuvo que contárselo…

Y Marion le contó la buena noticia a Pauline… que no pudo resistirse a contársela a Svetlana… que se la mencionó confidencialmente a Crystal.

Y Crystal era la hija del presidente.

42. Superviviente

« Éste es un asunto muy penoso — pensó el capitán Bey—. Owen Fletcher es un buen hombre; yo mismo aprobé su selección. ¿Cómo puede haber hecho algo así? »

Probablemente, no había una única explicación. Si no hubiera sido un sabra y no se hubiera enamorado de aquella chica, tal vez no habría ocurrido nunca. ¿Cuál era la palabra para designar que uno más uno son más de dos? Sin…no sé qué… Ah, sí, sinergia. Sin embargo, no podía evitar pensar que había algo más, algo que, probablemente, nunca sabría.

Recordó una observación que Kaldor, que siempre tenía una frase para cada ocasión, le había hecho una vez, hablando de la psicología de la tripulación.

— Todos estamos mutilados, capitán, admitámoslo o no. No es posible que nadie que haya pasado por nuestras experiencias durante aquellos últimos años en la Tierra haya quedado inmune. Y todos compartimos el mismo sentimiento de culpabilidad.

—¿Culpabilidad? — había preguntado con sorpresa e indignación.

— Si, aunque no sea culpa nuestra. Somos supervivientes… Los únicos supervivientes. Y los supervivientes siempre se sienten culpables por seguir vivos.

Era una afirmación inquietante, y podía ayudar a explicar lo de Fletcher… y muchas otras cosas. Todos somos hombres mutilados.

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