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Электронная книга - «El azul de la Virgen». Краткое содержание книги:

En esta obra Chevalier fundió la existencia de una norteamericana que comienza a residir en la Francia actual con la de una joven que padeció las consecuencias de la Noche de San Bartolomé.
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.
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Pero la conversación seguía ya; no había sido lo bastante rápida. Fruncí el ceño y moví un poco la cabeza, molesta conmigo misma y avergonzada, como suele suceder cuando uno empieza a contar una historia y se da cuenta de que nadie escucha.

Jean-Paul extendió el brazo y me tocó la mano

– Me has recordado mi estancia en Nueva York -dijo en inglés-. A veces en un bar no oía nada y todo el mundo se comunicaba a gritos y utilizaba palabras que yo no conocía.

– Aún no pienso en francés con la rapidez suficiente. No si se trata de ideas complejas.

– Lo harás. Si te quedas aquí el tiempo suficiente, lo harás.

El tipo con cara de niño oyó nuestras frases en inglés y me miró de arriba abajo.

– Tu es américaine? -preguntó.

– Oui.

Mi respuesta tuvo un efecto extraño: fue como si una corriente eléctrica recorriera la mesa. Todo el mundo se irguió y nos miró, primero a mí y luego a Jean-Paul. También yo lo miré, desconcertada por la reacción. Jean-Paul cogió su vaso y, con un brusco movimiento de la muñeca, se terminó el whisky, un gesto que era en buena parte un desafío.

El otro sonrió sarcásticamente.

– Pero no estás gorda. ¿Por qué no eres como los demás americanos? -se hinchó los carrillos y unió las manos en torno a una barriga imaginaria.

Descubrí una cosa importante acerca de mi francés: cuando estaba enfadada salía como el chorro de un motor a reacción.

– Hay americanos gordos, pero, por lo menos, ¡no tienen la boca tan grande como los franceses!

La mesa estalló en risas, incluido mi interlocutor. De hecho parecía preparado para más. Maldita sea, pensé. He mordido el anzuelo y ahora me va a atacar durante horas.

Se inclinó hacia adelante.

Vamos, Ella, la mejor defensa es el ataque. Era la frase favorita de Rick; casi le oía decirla.

Lo interrumpí antes de que pudiera decir la primera frase.

– Los Estados Unidos, veamos. Por supuesto va usted a mencionar, espere, tengo que ordenarlo bien. Vietnam. No, quizá ponga primero las películas y la televisión americanas, Hollywood, McDonald's en Les Champs Elysées -conté con los dedos-. Luego Vietnam. Y violencia y armas de fuego. Y la CIA, sí, hay que mencionar a la CIA varias veces. Y quizá, si es comunista (¿es usted comunista, monsieur?), tal vez mencione Cuba. Pero a la larga sacará a relucir la Segunda Guerra Mundial, en la que los americanos entraron tarde y nunca fueron ocupados por los alemanes como los pobres franceses. Ésa es la piéce de résistance, n ést-ce pas?

Cinco personas me sonreían mientras el otro hacía mohines y Jean-Paul se llevaba el vaso vacío a la boca para ocultar la risa.

– Ahora bien -continué-. Dado que es francés, quizá tendría que preguntarle si los franceses, como colonizadores, trataron mejor a los vietnamitas. ¿También está muy orgulloso de lo que sucedió en Argelia? ¿Y del racismo que hay aquí contra los norteafricanos? ¿Y de las pruebas nucleares en el Pacifico? Vamos a ver, es francés, de manera que, por supuesto, representa a su gobierno, está de acuerdo con todo lo que hace, ¿no es cierto? Tonto del culo -añadí en un susurro y en inglés. Sólo Jean-Paul se enteró y me miró asombrado. Sonreí. No muy propio de una dama, a decir verdad.

El tipo con cara de niño se colocó las puntas de los dedos sobre el pecho y luego las lanzó hacia fuera en un gesto de derrota.

– Estábamos hablando de Frank Sinatra y Nat King Cole. Tendrá que disculpar mi francés, a veces me lleva algún tiempo decir lo que quiero. Y lo que quería decir era que no se oye su… ¿cómo lo llaman ustedes? -me puse la mano en el pecho y respiré hondo.

– Respiration -sugirió Janine.

– Sí. No se la oye cuando canta.

– Dicen que lo consigue gracias a una técnica de respiración circular que aprendió de… -uno de los contertulios al otro extremo de la mesa estaba ya completamente lanzado, para gran alivio mío.

Jean-Paul se puso en pie.

– Tengo que tocar ahora -me dijo sin levantar la voz-. ¿Te quedarás?

– Sí.

– Estupendo. Sabes defender tu punto de vista, ¿no?

– Cómo?

– Ya sabes, pelear por… -señaló hacia el fondo de la sala.

– ¿Empezar una pelea en un bar?

– No, no -pasó el dedo por la esquina de la mesa.

– Oh, defender mi rincón. Sí. Estaré perfectamente. Todo en orden.

Y así fue. Nadie sacó a relucir ningún otro tópico sobre norteamericanos, conseguí hacer alguna aportación a la charla de cuando en cuando y, si no entendía de qué estaban hablando, me limitaba a escuchar la música.

Jean-Paul tocó algunos números de cafetín; luego Janine lo acompañó. Recorrieron todo un repertorio de canciones: Gershwin, Cole Porter, varias piezas francesas.

Hubo un momento en el que se consultaron brevemente; luego, después de lanzarme una mirada, Janine empezó a cantar Let's Call The Whole Thing Off de la película Ritmo loco, con partitura de Gershwin, mientras Jean-Paul sonreía con la mirada en el teclado.

Después la gente se fue marchando y Janine vino asentarse frente a mí. Sólo quedábamos tres personas en la mesa y funcionábamos ya con ese cómodo silencio de la madrugada, cuando ya se ha dicho todo. Incluso el calvo estaba callado.

Jean-Paul seguía tocando: música tranquila, contemplativa, unos pocos acordes que subrayaban sencillas líneas melódicas. Fluctuaba entre música clásica y jazz, una combinación de Eric Satie y Keith Jarrett.

Me incliné hacia Janine.

– ¿Qué está tocando?

Sonrió.

– Música suya; también compone.

– Es muy hermosa.

– Sí. Sólo la toca de madrugada.

– ¿Qué hora es?

Janine miró su reloj de pulsera. Eran casi las dos.

– ¡No me había dado cuenta de que fuese tan tarde!

– ¿No tiene reloj?

Le enseñé las muñecas.

– Me lo he dejado en casa -nuestros ojos se posaron al mismo tiempo en mi alianza; de manera instintiva escondí las manos. Aquella sortija era tan parte de mí que la había olvidado por completo. Si me hubiera dado cuenta, lo más probable era que tampoco me la hubiese quitado: habría sido un gesto demasiado calculado.

Me encontré con los ojos de Janine y me ruboricé, lo que empeoró las cosas. Por un momento pensé en ir al aseo y quitarme la alianza, pero sabía que Janine se fijaría, de manera que escondí las manos colocándolas sobre el regazo y cambié de tema, preguntándole dónde había comprado la blusa que llevaba. Janine captó la insinuación.

Pocos minutos después el resto de la mesa decidió marcharse. Para sorpresa mía Janine se fue con el calvo prematuro. Los dos se despidieron de mí agitando alegremente la mano, Janine le tiró un beso a Jean-Paul y desaparecieron con el resto de los rezagados. Estábamos solos a excepción del barman, que recogía vasos y pasaba un trapo por las mesas.

Jean-Paul terminó la pieza que estaba tocando y permaneció inmóvil unos instantes. El barman silbaba desafinadamente mientras colocaba las sillas sobre las mesas.

– Eh, François, dos whiskies aquí si no te sientes demasiado tacaño.

François hizo una mueca, pero se colocó detrás del mostrador y sirvió tres vasos. Me colocó uno delante con una breve inclinación de cabeza y dejó otro encima del piano. Luego retiró el cajón de la registradora y, manteniéndola en equilibrio con una mano y sujetando el vaso en la otra, desapareció en la trastienda.

Jean-Paul y yo alzamos los vasos y bebimos al mismo tiempo.

– Tienes una luz muy agradable sobre la cabeza, Ella Tournier -miré el suave foco amarillo situado encima de mí, que añadía a mi pelo toques de cobre y oro. Luego volví los ojos hacia Jean-Paul, que tocaba un suave acorde bajo.

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