El azul de la Virgen
- Автор: Шевалье Трейси
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El azul de la Virgen». Краткое содержание книги:
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.
Sólo al llegar a nuestra calle comprendí de pronto que no quería volver al hogar conyugal. Vi nuestra casa y la náusea me golpeó como una ola. Me detuve y me apoyé en la pared de los vecinos. Cuando entre; pensé, no me quedará otro remedio que enfrentarme con la culpa. Me quedé allí mucho tiempo. Luego di media vuelta y me dirigí hacia la estación de ferrocarril. Al menos podía empezar por recuperar el automóvil; aquello me daba una excusa muy concreta para retrasar el resto de mi vida. Hice el viaje en las nubes, con una sensación mitad dulce, mitad agria, y estuve a punto de olvidarme del cambio de trenes en la estación siguiente para tomar el de Lavaur. A mi alrededor viajaban hombres de negocios, mujeres con sus compras, adolescentes que coqueteaban Me parecía muy extraño que hubiera sucedido algo tan extraordinario y que, sin embargo, no lo supiera nadie a mi alrededor. «Tiene usted la más mínima idea de lo que acabo de hacer?», quería decirle a la adusta mujer que hacía punto frente a mí. «Usted también lo habría hecho?»
Pero los sucesos de mi vida le tenían sin cuidado al tren y al resto del mundo. Se seguía cociendo pan, bombeando gasolina, haciendo quiches, y los trenes seguían circulando a su hora. Incluso Jean-Paul trabajaba, aconsejando a señoras ancianas sobre novelas románticas. Y Rick asistía a sus reuniones alemanas en estado de perfecta ignorancia. Contuve el aliento: sólo yo no llevaba el paso, y mi única ocupación era recoger un coche y sentirme culpable.
Tomé café en un bar de Lavaur antes de ir en busca del automóvil. Cuando estaba abriendo la portezuela, oí a mi izquierda «Eh, l'américaine!», y al volverme descubrí al calvo prematuro con el que me había peleado la noche anterior, que se dirigía hacia mí. Tenía ya una barba de tres días. Abrí la portezuela por completo y me recosté en el coche detrás de ella, un escudo entre él y yo.
– Salut -dije.
– Salut, m-adame -comprendí que su uso del «madame» no era casual.
– Je m 'appelle Ella -respondí con frialdad.
– Claude -me tendió la mano y la estreché ceremoniosamente. Me sentía un poco ridícula. Todas las claves de lo que acababa de hacer estaban delante de él como en un escaparate: el coche aún en Lavaur, mi vestido arrugado de la noche anterior, el cansancio patente en mi rostro, todo le llevaría a la misma conclusión. La pregunta era si poseía el tacto necesario para no mencionarlo. Sobre aquello último tenía mis dudas.
– ¿Qué tal un café?
– No, muchas gracias. Acabo de tomarme uno.
Sonrió.
– Vamos, tómate un café conmigo -hizo un gesto como de pastor que reúne a sus ovejas y echó a andar alejándose. No me moví. Se volvió para mirar, se detuvo y empezó a reír-. Vaya, vaya, ¡eres difícil! Como un gatito con las uñas así… -imitó una zarpa con dedos tiesos y doblados- y el pelo erizado. De acuerdo, no quieres un café. Está bien, pero ven a sentarte conmigo en ese banco un momento. ¿Okey? Eso es todo. Tengo algo que decirte.
– ¿Qué?
– Quiero ayudarte. No, eso no es verdad. Quiero ayudar a Jean-Paul. Así que siéntate. Sólo un segundo -se acomodó en un banco cercano y me miró expectante. Acabé por cerrar la portezuela del coche, llegar hasta donde estaba y sentarme a su lado. En lugar de mirarlo, mantuve todo el tiempo los ojos en el jardín que teníamos enfrente, donde cuidadosas combinaciones florales estaban empezando a abrirse.
– ¿Qué es lo que me quiere decir? -tuve buen cuidado de utilizar el usted con él, para contrarrestar su tono familiar conmigo. No sirvió de nada.
– Jean-Paul, quizá no lo sabes, es un buen amigo de Janine y mío. De todos nosotros en La Taverne -sacó un paquete de cigarrillos y me lo ofreció. Lo rechacé con un movimiento de cabeza; él encendió uno, se recostó, cruzó las piernas a la altura de los tobillos y se estiró.
– Sabes que vivió un año con una mujer -continuó.
– Sí. ¿Y qué?
– ¿Te ha contado algo sobre ella?
– No.
– Era americana.
Lancé una rápida ojeada a Claude para ver qué reacción esperaba de mí, pero seguía el tráfico con los ojos y no me reveló nada.
– ¿Y gorda?
Claude rió a carcajadas.
– ¡Caramba! -gritó-. Eres… Entiendo por qué le gustas a Jean-Paul. ¡Una gatita!
– ¿Por qué se marchó la americana?
Se encogió de hombros, al tiempo que se le apagaba la risa.
– Echaba de menos su país y sentía que no encajaba aquí. Decía que la gente no era amable. Se distanció sin remedio.
– Dios santo -murmuré en inglés, incapaz de contenerme. Claude se inclinó hacia adelante, las piernas separadas, los codos en las rodillas, las manos colgando. Lo miré-. ¿Jean-Paul todavía la quiere?
Se encogió de hombros.
– Se ha casado.
Eso no es una respuesta. Mírame, pensé, pero no se lo dije.
– No sé si lo entenderás -prosiguió-, pero protegemos un poco a Jean-Paul. Conocemos a una americana bonita, con mucho genio, como una gatita, que se ha fijado en Jean-Paul pero que está casada, y pensamos… -volvió a encogerse de hombros- que quizá no sea demasiado conveniente para él, aunque sabemos que él no lo ve así. O que lo ve pero que la chica es una tentación de todos modos.
– Pero… -no estaba en condiciones de discutir. Si argumentaba que no todas las americanas se vuelven a casa con el rabo entre las piernas (aunque era cierto que yo había considerado esa posibilidad en los momentos de mayor alienación), Claude se limitaría a sacar a relucir el hecho de que estaba casada. No sabía qué era lo que estaba subrayando más; quizá fuera parte de su estrategia. Me caía demasiado mal para insistir.
Lo que estaba presentando como verdad indiscutible era que yo no le convenía a Jean-Paul
Con aquella idea -a lo que se añadía la falta de sueño y lo absurdo que era estar sentada en aquel banco con aquel individuo que me decía cosas que ya sabía- terminé por venirme abajo. Me incliné hacia adelante, los codos en las rodillas, ahuequé las manos alrededor de los ojos como para protegerlos de la excesiva luz del sol y empecé a llorar en silencio.
Claude se irguió.
– Lo siento, Ella. No he dicho esas cosas para hacerte sufrir.
– ¿De qué otra manera esperaba que reaccionase? -repliqué con tono cortante. Hizo el mismo gesto de derrota con las manos que había hecho la noche anterior.
Me sequé las manos húmedas en el vestido y me puse en pie.
– Tengo que marcharme -murmuré, apartándome el pelo de la cara. No fui capaz ni de darle las gracias ni de despedirme.
Lloré durante todo el camino a casa.
La Biblia era como un reproche encima de la mesa. No soportaba estar sola en una habitación, pero no tenía mucho donde elegir. Necesitaba hablar con una amiga; eran mujeres quienes de ordinario me ayudaban a superar los momentos de crisis. Pero era medianoche en Estados Unidos; además, el teléfono nunca funcionaba bien. Y en Lisle-sur-Tarn no tenía a nadie a quien hacer confidencias. Lo más cerca que había estado de encontrar un alma gemela era Mathilde, pero disfrutó de tal manera coqueteando con Jean-Paul que quizá no le gustara demasiado saber lo que había sucedido.
Más avanzada la mañana recordé que tenía una clase de francés en Toulouse por la tarde. Llamé a madame Sentier y le dije que no podía ir porque estaba enferma. Al preguntarme qué me pasaba, dije que era una fiebre estival.
– Ah, ¡necesita que alguien cuide de usted! -exclamó.
Sus palabras hicieron que me acordase de mi padre, de su miedo a que me sintiera perdida en Europa sin ayuda de nadie. «Llama a Jacob Tournier si tienes problemas», me había dicho. «Cuando surgen dificultades es bueno tener familia cerca.»