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El cirujano

Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:

Un asesino silencioso se desliza en las casas de las mujeres y entra en las habitaciones mientras ellas duermen. La precisión de las heridas que les inflige sugiere que es un experto en medicina, por lo que los diarios de Boston y los atemorizados lectores comienzan a llamarlo «el cirujano». La única clave de que dispone la policía es la doctora Catherine Cordell, víctima hace dos años de un crimen muy parecido. Ahora ella esconde su temor al contacto con otras personas bajo un exterior frío y elegante, y una bien ganada reputación como cirujana de primer nivel. Pero esta cuidadosa fachada está a punto de caer ya que el nuevo asesino recrea, con escalofriante precisión, los detalles de la propia agonía de Catherine. Con cada nuevo asesinato parece estar persiguiéndola y acercarse cada vez más…
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Conectó el entubado intravenoso del señor Gwadowski a la nueva bolsa y la colgó de la barra. A lo largo de la operación, el señor Gwadowski permaneció impávido. Estaba en coma desde hacía dos semanas, y ya exudaba el olor de la muerte. Angela había sido enfermera por bastante tiempo como para reconocer ese hedor, semejante al sudor ácido; ése era el preludio al tránsito final. Cada vez que lo detectaba, solía murmurar a las otras enfermeras: «Éste no va a lograrlo». Eso era lo que pensaba ahora, mientras abría el flujo de la sonda y chequeaba los signos vitales del paciente. «Éste no va a lograrlo». Con todo, realizaba sus tareas con el mismo cuidado que le daría a cualquier otro paciente.

Era tiempo de someterlo a un baño de esponja. Acercó una palangana con agua caliente hasta la cama, mojó un lienzo, y comenzó a fregar la cara del señor Gwadowski. Permanecía con la boca abierta, la lengua seca y arrugada. Si tan sólo le permitieran morir. Si tan sólo lo liberaran de este infierno. Pero el hijo no permitiría ni siquiera un cambio en el protocolo, y así el pobre viejo continuaba viviendo, si es que a eso se le podía llamar vida; su corazón continuaba latiendo en esa descompuesta coraza que era su cuerpo.

Abrió la bata que llevaban los pacientes del hospital y corroboró el sitio donde entraba la línea intravenosa central. La marca se veía ligeramente roja, lo que la preocupó. Ya no tenían lugar en el brazo por dónde canalizarlo. Este lugar era ahora la única vía de acceso, y Angela siempre tenía el cuidado de mantener la herida limpia y con tela adhesiva nueva. Tras el baño en la cama, debía cambiarlo de ropa.

Le secó el pecho, deslizando el paño mojado por los surcos de las costillas. Podía inferir que nunca había sido un hombre musculoso, y lo que quedaba de su pecho era apenas un pergamino extendido sobre los huesos.

Escuchó pasos, y no le alegró ver al hijo del señor Gwadowski entrar en la habitación. Con una rápida mirada la puso a la defensiva. Así era este hombre; siempre señalaba los errores y descuidos en los demás. Solía hacerlo con su hermana. Una vez Angela los había escuchado discutir, y tuvo que reprimirse para no salir en defensa de la hermana. A fin de cuentas, a Angela no le correspondía decir a este tipo lo que ella pensaba de sus amenazas. Pero tampoco consideraba correcto manifestarse demasiado amistosa con él. De modo que se limitó a mover la cabeza, y continuó con su baño de esponja.

– ¿Cómo está? -preguntó Ivan Gwadowksi.

– No hubo cambios. -Su voz era fría e impersonal. Hubiera deseado que se retirara, que terminara con su pequeña ceremonia de fingida preocupación, y que la dejara hacer tranquila su trabajo. Era lo suficientemente perceptiva como para entender que el amor constituía un aspecto ínfimo de la causa de su presencia allí. Había asumido esta responsabilidad porque era lo que estaba acostumbrado a hacer, y porque no delegaría el control en nadie. Ni siquiera en la Muerte.

– ¿Ha venido a verlo la doctora?

– La doctora Cordell viene todas las mañanas.

– ¿Y qué dice ella del hecho de que siga en coma?

Angela devolvió el paño a la palangana y se irguió para mirarlo.

– No creo que haya mucho que decir, señor Gwadowski.

– ¿Cuánto tiempo estará así?

– El tiempo que usted permita que esté así.

– ¿Qué quiere decir con eso?

– ¿No sería más humano dejarlo morir?

Ivan Gwadowski la miró fijo.

– Sí, eso facilita la vida de todos, ¿no es así? Y deja libre otra cama de hospital.

– Eso no fue lo que dije.

– Sé cómo funcionan los hospitales hoy en día. El paciente permanece mucho tiempo, y ustedes corren con los gastos.

– Yo sólo hablaba de lo que es mejor para su padre.

– Lo mejor sería que el hospital hiciera su trabajo.

Antes de decir algo de lo que pudiera arrepentirse, Angela se dio vuelta y tomó el paño de la palangana. Lo volvió a sacar con manos temblorosas. «No discutas con él. Sólo haz tu trabajo. Es la clase de hombre que se toma todo a pecho».

Colocó el paño empapado sobre el abdomen del paciente. Sólo entonces advirtió que el anciano no respiraba.

Al instante Angela palpó el cuello en busca del pulso.

– ¿Qué pasa? -preguntó el hijo-. ¿Está bien?

Ella no contestó. Empujándolo, salió corriendo al pasillo.

– ¡Código azul! -gritó-. ¡Código azul para la habitación 521!

Catherine salió a toda velocidad de la habitación de Nina Peyton y rodeó el extremo del corredor, hacia el siguiente pasillo. El personal ya se había reunido en la habitación 521 y se amontonaba en el pasillo, donde un grupo de estudiantes de medicina con los ojos muy abiertos estiraban sus cuellos para ver la acción.

Catherine se abrió paso a empujones dentro de la habitación y exclamó, por encima del caos:

– ¿Qué sucedió?

Angela, la enfermera del señor Gwadowski, dijo:

– ¡Dejó de respirar! No tiene pulso.

Catherine consiguió acercarse hasta la cama y vio que otra enfermera ya le había colocado una máscara sobre la cara y bombeaba oxígeno a sus pulmones. Un residente tenía sus manos sobre el pecho, y con cada compresión contra el esternón, mandaba sangre desde el corazón, forzándola a través de venas y arterias. Alimentando los órganos, alimentando el cerebro.

– ¡Electrodos de electrocardiograma en su lugar! -señaló alguien.

La mirada de Catherine voló hacia el monitor. La línea mostraba una fibrilación ventricular. Las cámaras del corazón ya no se contraían. En cambio los músculos individuales temblaban, y el corazón se había convertido en una bolsa flaccida.

– ¿Las paletas están cargadas? -dijo Catherine.

– Cien joules.

– ¡Adelante!

La enfermera colocó las paletas de desfibrilación sobre el pecho y gritó:

– ¡Todos atrás!

Las paletas realizaron la descarga, enviando un sacudón eléctrico al corazón. El pecho del hombre saltó del colchón como un gato sobre una parrilla.

– ¡Continúa en fibrilación ventricular!

– Un miligramo de epinefrina intravenosa, luego haremos otra descarga de cien -dijo Catherine.

El glóbulo de epinefrina se deslizó a través de la línea central.

– ¡Atrás!

Una nueva descarga de las paletas, un nuevo salto del pecho.

En el monitor, la línea de electrocardiograma se elevó bruscamente, y luego volvió a una temblequeante raya. Los últimos estertores de un corazón agonizante.

Catherine observó al paciente y pensó: «¿Cómo puedo revivir esta montaña de huesos marchitos?»

– ¿Quiere… seguir insistiendo? -preguntó un residente, jadeando mientras comprimía. Una gota de sudor se deslizó brillante por su mejilla.

«No quiero resucitarlo en absoluto», pensó, y estaba a punto de darlo por terminado cuando Angela le susurró al oído:

– El hijo está aquí. Está mirando.

Catherine le lanzó una mirada a Ivan Gwadowski, parado junto a la puerta. Ahora no tenía opción. Por algo menos que este esfuerzo, el hijo se aseguraría de que lo pagara con el infierno.

En el monitor, la línea trazaba la superficie de un mar agitado por la tormenta.

– Vamos una vez más -dijo Catherine-. Doscientos joules esta vez. Que traigan sangre para el código de litio.

Escuchó el reverbero metálico del cajón del equipo de resucitación al abrirse. Aparecieron tubos de sangre y una jeringa.

– ¡No puedo encontrar la vena!

– Utilice la línea central.

– ¡Háganse a un lado!

Todos se alejaron mientras las paletas descargaban.

Catherine observó el monitor, con la esperanza de que la descarga haría reaccionar al corazón. Por el contrario, la línea bajó a unas olitas apenas perceptibles.

Un nuevo glóbulo de epinefrina atravesó la línea central.

El residente, colorado y transpirado, reanudó la compresión sobre el pecho. Un nuevo par de manos tomó la bolsa y comenzó a mandar aire a los pulmones, pero era como tratar de insuflar vida a una vaina seca. Catherine ya podía percibir el cambio de voces a su alrededor, el tono de urgencia aplacado, las palabras secas y automáticas. Ahora era meramente un ejercicio, destinado a una inevitable derrota. Miró alrededor del cuarto, y a más de una docena de personas amontonadas alrededor de la cama, y vio que la decisión a tomar era obvia para todos. Tan sólo esperaban su palabra.

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