El cirujano
- Автор: Герритсен Тесс
- Серия: Rizzoli-Isles #1
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:
– ¿Y todavía te asaltan esos recuerdos?
– Tuve uno anoche. Fue el primero en meses. Pensé que lo había superado. Pensé que se habían ido para siempre.
Caminó hasta la ventana y miró fuera. El panorama se veía oscurecido por la sombra de la torre de concreto. Su oficina daba al hospital, y podían verse, hilera tras hilera, las ventanas de las habitaciones de los enfermos. Un vistazo al mundo privado de los agonizantes y los moribundos.
– Dos años parece mucho tiempo -dijo-. Tiempo suficiente para olvidar. Pero en realidad, dos años no es nada. Nada. Después de esa noche, no pude regresar a mi casa, no pude pisar el lugar donde había sucedido todo. Mi padre tuvo que empacar mis cosas y llevarme a otra parte. Allí estaba, la jefa de residentes, acostumbrada a la visión de sangre y tripas. Pero tan sólo la idea de caminar por el pasillo y abrir la puerta de mi dormitorio hacía que quedara empapada de sudor frío. Mi padre trató de entender, pero él es un duro militar. No acepta la debilidad. Piensa en ella como en otra herida de guerra, una herida que cierra. Y después hay que seguir viviendo. Me dijo que lo madurara y que lo superara. -Sacudió la cabeza y se rió-. Que lo superara. Suena tan fácil. No tiene idea de lo difícil que me resultaba salir a la calle cada mañana. Caminar hasta el auto. Estar tan expuesta. Al poco tiempo dejé de hablarle, porque sabía que le disgustaba mi debilidad. Hace meses que no lo llamo…
»Me llevó dos años poder controlar finalmente mi temor. Llevar una vida razonablemente normal en la que no sienta que alguien va a saltar desde cada arbusto. Recuperé mi vida. -Se pasó la mano por los ojos, enjugándose rápida y furiosamente las lágrimas. Su voz se convirtió en un susurro-. Y ahora he vuelto a perderla.
Temblaba por el esfuerzo de no llorar, abrazándose, los dedos enterrados entre sus brazos como si luchara por controlarse. Moore se levantó de la silla y se acercó a ella. Se quedó de pie detrás, preguntándose qué pasaría si la tocaba. ¿Se haría a un lado? ¿El mero contacto con la mano de un hombre le resultaría repulsivo? La observaba impotente mientras ella se replegaba sobre sí misma, y se le ocurrió que caería abatida ante sus propios ojos.
Le tocó gentilmente un hombro. Ella no se sobresaltó, no se alejó. La hizo girar hacia él, rodeándola con los brazos, y la empujó contra su pecho. La profundidad de su dolor lo impactó. Podía sentir su cuerpo entero vibrando de dolor, del mismo modo en que una tormenta sacude un puente derruido. Aunque ella no emitía sonido alguno, él advirtió la forma temblorosa en que tomaba aire, los sollozos reprimidos. Apretó sus labios contra el pelo de Catherine. No lo podía evitar; las necesidades de Catherine despertaban algo muy profundo dentro de él. Tomó la cara de ella entre sus manos, le besó la frente, las cejas.
Ella estaba muy quieta entre sus brazos, y él pensó: he cruzado la raya. Rápidamente la soltó.
– Lo siento -dijo-. Esto no debería haber ocurrido.
– No. No debería.
– ¿Podrás olvidar lo que hice?
– ¿Tú podrás hacerlo? -le preguntó con dulzura.
– Sí. -Se compuso. Y repitió, con más firmeza, como queriendo convencerse a sí mismo-: Sí.
Ella bajó la vista hacia su mano, y él supo qué era lo que miraba. Su sortija matrimonial.
– Espero por el bien de tu mujer que puedas hacerlo -dijo ella. Su comentario estaba destinado a inspirarle culpa, y lo hizo.
Él miró la sortija, un sencillo aro de oro que había llevado por tanto tiempo que parecía pegado a su carne.
– Se llamaba Mary -dijo él. Sabía lo que Catherine pensaba: que estaba engañando a su mujer. Ahora sentía casi desesperadamente la necesidad de explicarse, de redimirse ante sus ojos-. Sucedió hace dos años. Una hemorragia cerebral. No la mató, no en ese momento. Durante seis meses mantuve la esperanza, creyendo que iba a despertar… -Sacudió la cabeza-. Los doctores lo llamaban estado vegetativo crónico. Dios, odio esa palabra, vegetativo. Como si ella fuera una planta o alguna clase de árbol. Una parodia de la mujer que había sido. Para el momento en que murió, no podía reconocerla. No pude reconocer nada de Mary en ella.
Su mano lo tomó por sorpresa, y esta vez fue él quien se sobresaltó ante su tacto. En silencio se enfrentaron uno al otro bajo la luz gris de la ventana, y él pensó: «Ni los besos, ni los abrazos podrían acercar tanto a dos personas como nosotros lo estamos ahora. El sentimiento más íntimo que pueden compartir dos personas no es el amor ni el deseo, sino el dolor».
El zumbido del intercomunicador rompió el hechizo. Catherine pestañeó, como si de repente recordara dónde se encontraba. Se inclinó sobre el escritorio y apretó el botón del intercomunicador.
– ¿Sí?
– Doctora Cordell, han llamado de la unidad quirúrgica de terapia intensiva. La necesitan allí arriba de inmediato.
Moore vio a través de la mirada de Catherine que el mismo pensamiento se les había ocurrido a ambos: «Algo ha sucedido con Nina Peyton».
– ¿Es acerca de la cama doce? -preguntó Catherine.
– Sí. La paciente acaba de despertar.
Once
Nina Peyton tenía los ojos enormemente abiertos y enloquecidos. Unas correas ajustadas sostenían sus muñecas y sus tobillos a los barrotes de la cama, y los tendones de sus brazos se delineaban como gruesas cuerdas mientras luchaba por liberar sus manos.
– Recobró el conocimiento hace cinco minutos -dijo Stephanie, la enfermera de terapia intensiva quirúrgica-. Primero noté que el ritmo cardíaco aumentaba, y luego vi que tenía los ojos abiertos. Traté de calmarla, pero sigue luchando por liberarse de las correas.
Catherine miró el monitor cardíaco y vio que latía rápido pero sin arritmia. La respiración de Nina también era agitada, interrumpida ocasionalmente por jadeos explosivos que la hacían expulsar flema por el tubo endotraqueal.
– Es el tubo endotraqueal -dijo Catherine-. La está asustando.
– ¿Le doy un Valium?
Moore, desde la puerta, dijo:
– La necesitamos consciente. Si está sedada no podrá darnos ninguna respuesta.
– No podrá hablar contigo de todos modos. No con el tubo endotraqueal. -Catherine miró a Stephanie-. ¿Qué indicaban los últimos gases sanguíneos? ¿Podemos extubarla?
Stephanie recorrió rápidamente con la vista las hojas de su planilla.
– Están en el límite. P02 en sesenta y cinco PC02 en treinta y dos. El respirador está al cuarenta por ciento de oxígeno.
Catherine frunció el entrecejo, sin que le gustara ninguna de las opciones. Quería a Nina despierta y capaz de hablar tanto como la policía, pero estaban manejando varios aspectos al mismo tiempo. La sensación de un tubo ocupando la garganta puede producirle pánico a cualquiera, y Nina estaba tan agitada que sus muñecas atadas ya comenzaban a marcarse con hematomas. Pero quitar el tubo también acarreaba riesgos. Tras la cirugía se habían acumulado fluidos en sus pulmones, y aún respirando cuarenta por ciento de oxígeno -el doble del aire del cuarto- la saturación de oxígeno en la sangre era apenas adecuada. Por eso Catherine había decidido dejarla entubada. Si quitaban el tubo, perderían un margen de seguridad. Si lo dejaban, la paciente continuaría en pánico y lastimándose. Si la sedaban, las preguntas de Moore no obtendrían respuesta.
Catherine miró a Stephanie.
– Voy a extubar.
– ¿Está segura?
– Si se verifica algún deterioro, volveré a intubarla. -«Más fácil de decirlo que de hacerlo», fue lo que leyó en los ojos de Stephanie. Tras varios días con el tubo en la garganta, los tejidos laríngeos a veces se hinchaban, volviendo dificultosa una reintubación. Una traqueotomía de emergencia sería la única opción.
Catherine rodeó la cama por la cabecera y le acarició la cara con gentileza.