El cirujano
- Автор: Герритсен Тесс
- Серия: Rizzoli-Isles #1
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:
– Lo conozco. Es Mark Noble, uno de los residentes -dijo Sharon.
Rizzoli sacó su cuaderno de espiral y apuntó el nombre.
La puerta volvió a abrirse, y emergieron dos mujeres, ambas en uniforme blanco.
– Ésa es Verónica Tam -dijo la enfermera de guardia, apuntando a la más baja de las dos-. Trabaja en Cinco Oeste. Estaba libre cuando se pidió el código.
– ¿Y la otra mujer?
– No lo sé. No se le ve bien la cara.
Rizzoli anotó:
10:48, cámara de las escaleras:
Verónica Tam, enfermera, Cinco Oeste.
Mujer desconocida, pelo negro, uniforme de laboratorio.
Un total de siete personas pasó por la puerta de la escalera. Las enfermeras reconocieron a cinco de ellas. En total Rizzoli contó treinta y una personas que habían llegado por el ascensor y las escaleras. Añadido al personal que trabajaba en ese piso, se estaban enfrentando al menos con cuarenta personas con acceso a Cinco Oeste.
– Ahora observen qué sucede mientras la gente se retira durante y después del código -dijo Moore-. Ahora no están apurados. Tal vez podamos reconocer algunas caras más y sus nombres. -Adelantó la cinta. En un rincón de la pantalla, el reloj avanzó ocho minutos. El código seguía adelante, pero ya el personal innecesario comenzaba a apartarse de la guardia. La cámara captó sólo seis espaldas que caminaban a la puerta de la escalera. Primero, dos varones estudiantes de medicina, seguidos un poco después por un tercer hombre no identificado, que salía solo. Luego se produjo una larga pausa, que Moore adelantó. Se vio a un grupo de cuatro hombres que salían juntos hacia las escaleras. La hora marcaba las 11:14. Para entonces el código había terminado oficialmente, y Herman Gwadowski había sido declarado muerto.
Moore cambió las cintas. Una vez más, miraban el ascensor.
Para el momento en que pasaron nuevamente toda la cinta, Rizzoli había escrito tres páginas de notas, detallando el número de llegadas durante el código. Trece hombres y diecisiete mujeres habían respondido a la emergencia. Ahora Rizzoli contaba cuántos aparecían después de finalizado el código.
Los números no cerraban.
Por fin Moore apretó el botón detener, y la pantalla quedó en blanco. Habían estado mirando el video por más de una hora, y las dos enfermeras se veían como impactadas por una explosión.
Cortando el silencio, la voz de Rizzoli pareció asustarlas a ambas.
– ¿Tienen algún empleado que trabaje en Cinco Oeste durante sus turnos? -preguntó.
La enfermera de guardia miró a Rizzoli. Parecía sorprendida de que otro policía se hubiera deslizado en el cuarto sin que ella lo notara.
– Hay un enfermero que llega a las tres. Pero no hay hombres durante mi turno.
– ¿Y no había ningún hombre trabajando en Cinco Oeste en el momento en que se pidió el código?
– Pudo haber residentes de cirugía en el piso. Pero no enfermeros.
– ¿Qué residentes? ¿Los recuerda?
– Siempre entran y salen, haciendo guardias. No tengo registro de ellos. Estamos ocupadas con nuestro propio trabajo. -La enfermera miró a Moore-. Necesitamos volver al piso.
Moore asintió.
– Pueden ir. Gracias.
Rizzoli esperó hasta que las enfermeras abandonaron la sala. Entonces le dijo a Moore:
– El Cirujano ya estaba en la guardia. Antes incluso de que se pidiera el código, ¿no?
Moore se levantó y se acercó a la videocasetera. Podía leer la ira en su lenguaje corporal, la manera en que sacaba la cinta de la máquina, la forma en que enterraba la otra cinta.
– Trece hombres llegaron a Cinco Oeste. Y se fueron catorce. Hay un hombre de más. Tiene que haber estado ahí todo el tiempo.
Moore apretó reproducir, la cinta de la escalera comenzó a girar nuevamente.
– Maldición, Moore. Crowe estaba a cargo de arreglar la vigilancia. Y ahora hemos perdido a nuestra única testigo.
No contestó, sino que contempló la pantalla, observando las figuras, ahora familiares, aparecer y desaparecer por la puerta de la escalera.
– Este asesino camina por las paredes -dijo ella-. Se esconde en el aire. Hay nueve enfermeras trabajando en ese piso, y ninguna de ellas se percató de su presencia. Estuvo con ellas todo ese maldito tiempo.
– Ésa es una posibilidad.
– ¿Entonces cómo hizo con el policía? ¿Por qué un policía se vería obligado a abandonar la puerta del paciente para entrar en la sala de abastecimiento?
– Tiene que ser alguien con quien estuviera familiarizado. O alguien que no representaba una amenaza.
Y en la excitación de un código, con todo el mundo angustiado por salvar una vida, era natural para un empleado del hospital dirigirse a la única persona parada en el pasillo: el policía. Era natural que le hubiera pedido ayuda al policía para algún asunto en la sala de abastecimiento.
Moore apretó pausa.
– Allí -dijo en voz baja-. Creo que ése es nuestro hombre.
Rizzoli miró con atención la pantalla. Era el hombre que había caminado solo hacia la escalera a principios del código. Sólo podían ver su espalda. Llevaba un abrigo blanco y un uniforme quirúrgico. Una estrecha franja de pulcro pelo castaño se hacía visible bajo su gorra. Tenía una constitución delgada, hombros para nada imponentes, y toda su postura se encorvaba hacia delante como un signo de interrogación humano.
– Éste es el único lugar en donde lo vemos -dijo Moore-. No lo pude localizar en la grabación del ascensor. Y tampoco lo vi ingresar por esta puerta de la escalera. Pero sí se retira por allí. Mira cómo empuja la puerta con su cadera, sin tocarla con las manos. Apuesto a que no dejó huellas en ninguna parte. Es demasiado cuidadoso. Y fíjate cómo se inclina hacia delante, como si supiera que está siendo filmado. Sabe que lo estamos buscando.
– ¿Tenemos alguna identificación?
– Ninguna de las enfermeras pudo decir quién era.
– Mierda, estaba en su piso.
– Igual que tanta gente. Todos estaban concentrados en salvar a Hermán Gwadoswski. Todos menos él.
Rizzoli se acercó a la pantalla de video, la mirada congelada sobre la solitaria silueta enmarcada por el pasillo blanco. A pesar de no verle la cara, sintió el escalofrío que le hubiera producido ver los ojos del diablo. «¿Eres el Cirujano?»
– Nadie recuerda haberlo visto -dijo Moore-. Nadie recuerda haber subido con él en el ascensor. Pero ahí está. Un fantasma que aparece y desaparece a voluntad.
– Se retiró a los ocho minutos de comenzada la emergencia -dijo Rizzoli, mirando la hora en la pantalla-. Había dos estudiantes de medicina que pasaron caminando justo delante de él.
– Sí, hablé con ellos. Tenían que asistir a una clase a las once. Por eso dejaron el código antes de tiempo. No notaron que este hombre los siguió hasta las escaleras.
– De modo que no tenemos testigos.
– Sólo la cámara.
Ella todavía estaba concentrada en la hora. A los ocho minutos del código. Trató de armar una coreografía en su mente. Caminar hacia el policía: diez segundos. Decirle que lo siga unos pasos por el corredor, hacia la sala de abastecimiento: treinta segundos. Cortarle la garganta: diez segundos. Salir, cerrar la puerta, entrar en la habitación de Nina Peyton: quince segundos. Despachar a la segunda víctima, salir. Treinta segundos. Eso sumaba dos minutos como máximo. Pero quedaban seis minutos. ¿Para qué utilizó ese tiempo de sobra? ¿Para limpiar? Había una gran cantidad de sangre; bien podría haberse salpicado con ella.
Tuvo tiempo suficiente para trabajar. La asistente de enfermería no descubrió el cuerpo de Nina hasta diez minutos después de que ese hombre, en la pantalla de video, caminara hacia la puerta de la escalera. Para entonces, ya podía estar a más de un kilómetro de distancia, en su auto.
«Una sincronización admirable. Este asesino se mueve con la exactitud de un reloj suizo».
Abruptamente se enderezó en la silla, con esta nueva convicción hormigueando en su interior como una descarga eléctrica.