El Baile De La Victoria
- Автор: Skármeta Antonio
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Baile De La Victoria». Краткое содержание книги:
Al salir de la cárcel, un imaginativo joven y un famoso ladrón tienen dificultades para rehacer su vida. El dispar dúo decide que la única salida que les queda es dar el Gran Golpe. Pero en la vida de ambos se cruza la joven Victoria, un talento natural para la danza, hermosa y sensible, asediada sin embargo por el desamparo familiar.
– ¿No te da cosa, Marín, echarte a un gallo que no te ha hecho absolutamente nada?
– Así son las cosas por encargo, Viuda. Si uno se pone sentimental, caga.
La mujer sintió que el bochorno le subía desde los muslos hasta la frente. Apartó con un dedo la parte de la tela del cuadrito que le cubría el vientre, y sin demorar en sacárselo, desbrozó los pelos que le tapaban el clítoris, y exponiéndolo en toda su majestad, le ordenó al criminaclass="underline"
– Muérdamelo como usted sabe, perrito.
TREINTA
La noche en la Asistencia Pública fue pendular.
Un latido del corazón traía a Victoria a la vida, el otro se la retiraba. La respiración le entraba en turbulencias. Su cuerpo era agitado por el delirio, y éste no se mitigaba con los susurros de aliento que Vergara Grey y eljoven Santiago inyectaban en sus oídos. Sus violentas taquicardias llevaban al par de hombres a desesperarse, aljoven doctor Ortega a volver, y al reloj de pared a avanzar camino a la madrugada. El último dictamen de la medicina fue -en los joviales pero no menos dramáticos postulados de Ortega- que el «partido estaba reñido», que los «rivales se daban con todo», y que «el desenlace era incierto».
Esta misma incertidumbre fue la que descentró a Santiago: supo que, si seguía un minuto más en ese cuarto sería él quien colapsaría. Levantó la cortina, atisbó la calle y vio que el sol despuntaba en la cordillera: un fuego no entorpecido por nubes que dibujaba sobre la ciudad, hoy sin smog, una promesa casi primaveral.
– ¿Qué piensa, profesor?
– Tú ya oíste el veredicto. El partido está empatado.
– Usted debería irse a la casa y dormir un poco.
– No te preocupes. Emergencias como ésta me suben la adrenalina.
– ¿Vio el tremendo día que está abriendo?
– Sí, ¿por qué?
– Nadie puede morirse en un día como éste, ¿no es cierto, don Nico?
– Sería un contrasentido.
– Si la Victoria muere…
– Ni lo pienses. Ni lo digas. Sácate eso de la cabeza.
El muchacho arrancó de su mochila un cartón de jugo de frutas, rompió la punta con las uñas y lo puso en las manos del viejo. Éste bebió un sorbo largo, hizo un gesto de disgusto y se lo ofreció a Ángel.
– Estos jugos funcionan recién salidos del refrigerador. Así, tibios, son purgativos.
Asintiendo, el joven apartó el líquido y sacó de la mochila la bufanda que le había regalado Santoro. Parecía haber envejecido en esos pocos días. En la habitación blanca, los potentes tubos fluorescentes revelaban algunos trozos de biografía de la prenda que el chico no había sabido observar: un pequeño orificio, tal vez producto de la brasa de un cigarrillo no apagada oportunamente, una mancha de vino tinto, algunos flecos de tono amarillento en ambos bordes, y un cartelito de seda que decía «Confecciones Arequipa».
– Quiero pedirle otro favor más, maestro.
– ¡El Golpe, no!
– Tal vez el último favor que le pida en la vida.
– ¡Qué les ha dado a todos hoy que hablan como letristas de tango!
Ángel Santiago puso la mano vertical e hizo que el hombre leyera lo que había escrito en la piel.
– Éste es el número del teléfono de esta pieza. Yo saldré por un par de horas y a las ocho en punto lo llamaré.
Mientras decía esta frase miró el crucifijo que colgaba sobre la cabecera del lecho y se frotó las manos en la bufanda.
– ¿Qué vas a hacer a esta hora, muchacho? ¡La ciudad esta vacía!
Ángel Santiago apuntó con la barbilla hacia el demacrado Cristo sufriente, cuyas articulaciones se habían descoyuntado, permitiendo que la cabeza cayera derrotada sobre el pecho.
– En primer lugar, darle tiempo al Caballero ahí colgado para que trabaje por Victoria. En segundo lugar, voy a hacer algo de lo que no quiero hablarle.
– ¿Un asalto?
– Mejor me callo, profesor. Dentro de dos horas sonará puntual el teléfono, ¿de acuerdo? Le preguntaré si Victoria vive o muere.
– ¿Qué harás en ese caso?
– Usted mismo me prohibió ponerme en ese caso.
– Es que quiero saberlo antes de dejarte ir.
– En ese caso, dejaría la cagada, maestro.
– ¿Qué harías?
– ¡Alguien tiene que pagar por todo esto!
– ¿Pero quién?
– Tengo mis ideas al respecto.
Vergara Grey lo tomó de la chamarra de cuero, lo atrajo con violencia y lo sacudió como a un monigote.
– Escucha, tontorrón. Nadie es culpable ni de la vida ni de la muerte de nadie. Es el destino que es así. Por mucho que hagas, no puedes cambiarlo.
Sorpresivamente, una leve y brillante sonrisa abrió los labios del muchacho por primera vez ese día.
– ¿Quién es el que está cantando tangos ahora?
Disfrutó de la faz atónita de Vergara Grey y salió de la habitación arrastrando, sin darse cuenta, la punta de la bufanda. El hombre se asomó al pasillo y se concedió un largo suspiro para recuperar su aplomo.
– ¿Ángel Santiago?
– ¿Profesor?
– Si a las ocho de la mañana estuvieras vivo, ¿serías tan amable de pasar por el hotel y traerme una camisa de muda y mi escobilla de dientes? Me siento como un cerdo flotando en mierda.
– Con mucho gusto, maestro.
En ese momento, el chico pareció recapacitar y, golpeándose los bolsillos, hizo un gesto de disgusto.
– Qué lata, maestro. ¿Pero no podría prestarme cien pesos para la telefoneada?
Vergara Grey le alcanzó la moneda y lo miró severo a los ojos, apretando al mismo tiempo los dientes.
– ¿Te das cuenta de que te lo estás jugando todo al cara y sello?
– Es la filosofía que le enseñaron a Victoria en el colegio. Muerte o vida. No hay nada más entremedio.
– ¡No seas idiota! Entremedio está el magnífico y abigarrado espectáculo de la existencia.
Por toda respuesta, el joven se limitó a señalar con el índice el lecho donde yacía febril Victoria Ponce.
TREINTA Y UNO
Dale, rucio, casco y fuego, dale herradura y arena, coz y barro, avanza, corcel y cabalga, cuadrúpedo de aire y besos,jamelgo hecho de cielo, semental y centinela, trota, cabalga y llévarne, esparce arena, traga tierra, rema barro, mi rocín de pezuñas tristes, cae la cola y baja hecha un cometa, se alza la crin y trepida el herraje, cabalga y corre, corre, que te pilla la vieja de la guadaña, que te muerde las ancas con sus encías desdentadas, arranca, que te chupa la cincha, que tironea de tu montura, que quiere galoparte a pelo la vieja arrecha, dale lista y látigo, rucio del alma, guarda con la araña y la escoba mocha, mira que a tantos los ha barrido la bestia negra riéndose con el ojo bizco, corre, mi rocín, que ella te quiere mojar de luto, reventarte un sacristán borracho quiere la anciana, un esfuerzo más, mi boquiduro, mi boquifresco, y te libraré del bozal cuando podamos gritar que ella vive, hazle una aureola de aire con tus coces, enfríala con un galope de nubes, unta su fiebre con las nieves de la cordillera, dale, mi rucio, no me falles, mi mohíno, mi matungo, no te pongas percherón ni te redomes, corcovea y desbócate, porque mil caninos de perros te rasgan ya las grupas, son los mastines, los aullidos de los esqueletos que crujen cuando tú los aplastas, mi jadeante boquiabierto, mi grande de fauces, mi príncipe, mi rucio oración, aleteado y chicoteado de ángeles, que no se te quiebre el espinazo, que no me revientes en sangre, guarda con la guadaña que siega y ciega, coletea las avispas que te clavan en el sudor del lomo, Llévame de aquí, caballito mío, llévame al pueblo donde yo nací, la muerte en carretela de bueyes negros te espera ese recodo de nubes turbulentas derramadas en el cielo, sáltala como batiendo vallas, mófate de ella, sométela al escarnio, si tú corres, Victoria respira, si despliegas tus alas, mi centauro, ella se encenderá de estrellas, dame de vuelta lo único que tengo, no te alagartes ni bufes, brama libertad, haz brillar tus herraduras de plata entre las piedrecillas, socava los guijarros como si buscaras oro, corre que ya te pilla, que ahora te alcanza la muerte con su moganga, su vejiga de coágulos, sus ubres fláccidas de lecho, negra, córrete, córrala, córrele, por el cerro, por la arpor el esterito abajo, por la quebrá, dale, potrillito de flema y nervio, dale corazón y redoble, dale tensos los ijares, al tas las orejas y triunfal el esternón de atleta, no te que sin aliento, muere y resucita tranco a tranco, salto y corre por ella, llévala a un mundo sin riendas, al desboque y el desfogue, no te pares, caballito de mierda, ay, no caigas en la nadita, rucio de mis sueños, no jadees agónía pedazo de bestia, no te encabrites, te lo ordeno y te ruego, yo, tu dueño sin títulos ni cetro, guarda, que ya no va tocando esa murga de fantasmas, ya te maman la sangre los murciélagos, ya llega la muerte a mano airada, ya te trae el duelo de paladines grises y te roen los pies los duendes y sus cancerberos, ya tu manta se transforma en mortaja, ya las trompetas de los cazadores emiten fanfarrias fúnebres, ya estás en este umbral de llanto, Victoria Poncel tan exangüe, tan exánime e inanimada, ya salen expulsados del cine los babosos con sus sudarios, los lamedores amortajados, los espectros de saliva en ascuas, no te detengas, no te pares, rucio, respira profundo, mi reina, llena tus huesos de gracia, santa María, ruega por ella, rucio mío, gana la carrera, cualquiera que sea el tiempo que pongas, gánala.