El Baile De La Victoria
- Автор: Skármeta Antonio
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Baile De La Victoria». Краткое содержание книги:
Al salir de la cárcel, un imaginativo joven y un famoso ladrón tienen dificultades para rehacer su vida. El dispar dúo decide que la única salida que les queda es dar el Gran Golpe. Pero en la vida de ambos se cruza la joven Victoria, un talento natural para la danza, hermosa y sensible, asediada sin embargo por el desamparo familiar.
Aflojó después la presión, seguro de que el hombre no atinaría a nada, paralizado ya por la asfixia y el terror. La primera palabra que dijo fue «piedad», con un tono y un volumen que parecía haber ensayado en muchas pesadillas. En todas esas fantasmagorías se había imaginado que el joven Santiago entraba a un bar de la calle Puente y le clavaba un puñal en la garganta cuya punta reaparecía en la nuca. Siempre había un arma entremedio, pero no una bufanda. No la prenda que él le había regalado con estrategia, pero también con afecto.
– Yo te estimo, chiquillo. Nunca quise hacerte daño. No merezco morir por una locura ocasional -jadeó.
– ¿En serio, alcaide?
– Fue una noche extraña. Estábamos todos como náufragos.
– Como bestias, Santoro.
– Es la vida, es esta vida de mierda que todos llevamos.
– Si piensa así -dijo Ángel Santiago, apretando un poco más la bufanda-, ¿por qué se aferra a ella?
– Por los afectos que uno va creando. Tengo mi esposa, dos hijas adolescentes. Me necesitan, Santiago. No es justo que me mates a metros de mi casa.
El joven cogió la cara del alcaide y la estrelló contra el tronco del árbol. Luego, apretando su cabeza desde el cráneo, restregó su faz contra la corteza hasta que la sangre brotó entre los arañazos. Al alzarle el rostro, pudo advertir que los rasgos del funcionario se habían desfigurado. Trozos de astillas y cortezas se le habían adherido a la sangre y al sudor, y sus labios deformados temblaban.
– Esa noche tuvieron que llevarme al hospital para hacerme una transfusión.
– Yo mismo viajé contigo en la ambulancia. ¿No te acuerdas de eso?
– «Hemorragias múltiples», escribió el médico de turno.
– Pero te sanaste, chiquillo. Estás fuerte, eres libre, tienes la vida por delante. ¿Qué le agregas a tu vida si me matas?
– Dignidad.
El joven puso aun más presión en la bufanda y fue tensándola hasta que los ojos del hombre rodaron por sus córneas. Sólo entonces tiró de la alpaca y fue a apoyarse contra la pared para recuperar el aliento.
– ¿Me oye, alcaide?
– Sí, muchacho -susurró Santoro, jadeando y masajeándose simultáneamente el corazón.
– Entonces oiga bien lo que tengo que decirle.
– Te escucho.
– No he venido a matarlo.
– No te creo.
– Como sea, no lo voy a matar ahora.
– Te lo agradezco, Ángel Santiago. ¿Y cuándo vas a matarme?
– Nunca.
– ¿Hablas en serio?
– Totalmente en serio. Por razones que usted jamás entendería, he cambiado mis planes. Mi futuro no incluye una rata como usted, ni siquiera para exterminarla.
Un transeúnte pasó entremedio de los dos hombres y, precavido, siguió de largo, fingiendo que no los había visto. También en la casa del frente una anciana había corrido la cortina de su ventana, y al ser sorprendida por Ángel Santiago la volvió a cerrar.
– Te agradezco la piedad.
– No es piedad, alcaide. Es frialdad. Es mi cabeza lúcida, que separa desde hoy la paja del trigo.
– ¿Y tu historia de la dignidad perdida?
– Ya no es tema. Si hubiera apretado la bufanda un minuto más, usted ahora no estaría filosofando. Me doy por satisfecho.
– Mis preguntas no son gratuitas, muchacho. ¿Cómo puedo saber si tu perdón de hoy no es más que un arrebato generoso y que mañana no te aparecerás frente a mí en cualquier bar y me atravesarás la garganta con un cuchillo?
– No pretenderá que le dé un papel firmado y con timbre fiscal de que no lo haré.
– Está bien, Ángel Santiago. Te creo.
El corpulento hombre se aferró al tronco del árbol y fue alzándose dificultosamente hasta quedar de pie. Se sacudió el abrigo y quiso avanzar hasta la pistola depositada sobre la reja del alcantarillado. El joven se adelantó y se la puso en el bolsillo de la chaqueta de cuero.
– Ésa se la voy a pedir emprestada por mientras, alcaide.
– ¿Qué tienes entre manos?
– Nada que a usted le concierna.
– Pregunto porque me daría mucha pena verte de vuelta en mi cárcel.
– ¿Me trataría igual que antes?
– No, chiquillo. Te trataría como a un príncipe. Pero si vas a usar el arma, conviene que aprendas cómo funciona.
Los dos se quedaron un largo rato callados, casi inmóviles. Una brisa desprendió algunas hojas secas del árbol y Ángel agarró una al vuelo y se entretuvo raspando su quebradiza textura. El alcaide se sobó el cuello magullado y fue hasta el chico con la mano extendida.
– Si me permites, voy a despedirme. Me esperan en casa.
– Vaya no más, alcaide.
Se estrecharon las manos, pero algo retuvo a Santero en ese lugar Limpiándose con un par de dedos el barro adherido a sus cejas, se animó finalmente a su pregunta:
– Si en verdad no querías matarme, ¿para qué viniste?
Ángel Santiago quebró la hoja que tenía en la mano derecha y luego la fue moliendo hasta pulverizarla.
– Para devolverle la bufanda, alcaide.
TREINTA Y CUATRO
Pasadas las diez de la noche parece que los semáforos de la calle de las Tabernas tuvieran tres luces verdes. Los conductores no les prestan atención a las señales del tráfico cuando se divierten estudiando a las chicas sentadas en las vitrinas de los cafés o a quienes conversan en pequeños grupos con abrigos de piel, medias caladas bajo la minifalda y maquillaje rojo entre las cejas y las pestañas.
Al ingresar en la zona, el joven no pudo impedir que la felicidad lo desbordara. Era como si una ducha de pistones, semejante a aquella que usan para pintar la carrocería de los autos, le hubiera barrido el sarro que acumulaba en sus entrañas. Se sentía limpio, ligero, y al darse cuenta de que estaba a punto de ejercer en plena calle una cabriola de baile, entendió por primera vez a aquellos héroes de los musicales de Hollywood que se ponían a cantar o a bailar cuando caían en éxtasis.
Se había descargado de tantas mochilas que le doblegaban el lomo que ahora se sentía un animal liviano y flexible, ágil de mente y rápido de pezuñas. Dúctil, y tan transparente que le parecía que todo el mundo se daría cuenta de la doble fuente de su felicidad: eso que sentía por Victoria Ponce era muy probablemente lo que en el cine y las canciones llamaban «amor», y la indicación de Vergara Grey de que recogiese del hotelucho las chaquetas jeans de la Schendler sonaba como una señal de que el Golpe había prendido en su alma.
Desde la madrugada, cuando había galopado al rucio ganando su carrera, sentía que la suerte le llovía a raudales, que a su alrededor una patota de ángeles le agenciaban milagros y le provocaban lucideces imprevistas. Esos escurridizos y etéreos señores, diligentes y benévolos, cuidaban de que nada malo le pasara, de que aflojase, por ejemplo, la presión de la bufanda en el cuello de buey del alcaide, librándolo así de un asesinato.
No sólo de ese crimen, sino de ese otro repetido fantasmalmente en noches de insomnio en la celda, cuando se veía enterrándole a Santoro un cuchillo cocinero en la garganta. ¿Por qué el viejo le había cantado esa imagen? Exactamente la figura de su sueño. ¿Acaso la angustia en vez de confundir a los hombres los transforma en videntes? ¿Habían soñado la víctima y él, su verdugo, el mismo sueño?
«Nada malo me puede pasar», se dijo, justo en el momento que pasaba al borde de un auto color cereza, desde donde lo espantaron de su dicha con un bocinazo. La ventanilla del chofer se abrió y por el encuadre del vidrio apareció la cabeza del cuidador de autos.
– ¿Cuándo me vái a pagar las dos lucas, cabrito?
Santiago estaba acostumbrado a ver a Nemesio Santelices con un fieltro amarillo señalizándoles a los conductores cómo estacionar su auto en la calle tan concurrida, pero jamás habría pensado que algún día ese tipo iba a estar sentado al volante. No pudo evitar una sonrisa.