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El Baile De La Victoria

Электронная книга - «El Baile De La Victoria». Краткое содержание книги:

Premio Planeta 2003
Al salir de la cárcel, un imaginativo joven y un famoso ladrón tienen dificultades para rehacer su vida. El dispar dúo decide que la única salida que les queda es dar el Gran Golpe. Pero en la vida de ambos se cruza la joven Victoria, un talento natural para la danza, hermosa y sensible, asediada sin embargo por el desamparo familiar.
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– Si la violas, te mato, bestia.

– Ya lo capté, alcaide. No se agite.

– Entonces dime de una vez para qué me llamas.

– Porque se me encendió la ampolleta, alcaide., Si elmuñeco prepara un golpe con Vergara Grey, debe de ser algo del porte de un trasatlántico.

– Nico no se anda con chicas.

– Y si nosotros, por esas casualidades de la vida, cachando Por que estamos cachando, ¿no sería más conveniente.subirse al carro de la victoria que matar al caballo?

– Explícate.

– El viejo es un gran silbador de tangos de la Vieja Guardia. pero el Innombrable tiene que ser el tío que aporta la decisión y las ganas.

– Me consta, porque ganas de matarme no le faltan.

– Pero sí le falta plata. Y sabe que Vergara Grey se la puede dar en cantidades.

– Perfecto el argumento. Pero te falla en un punto, ilustre anónimo: el viejo colgó los guantes.

– No hay campeón mundial de box con los sesos molidos que proclame eso y que a pesar de todo no vuelva al ring por un par de millones. Como Mohammed Alí. Lo hacen papilla, Pero agarra platita para que le traten el Parkinson.

– ¿Qué propones?

– Que averigüe con el alcaide con qué proyecto salió Huerta de su boliche.

– ¿Que: yo hable con Huerta? ¡Si hasta es socialista, el culiao!

– ¡Uy! Aunque sea mahometano! Usted la tiene mejor que yo, alcaide, porque está al otro lado de la ley. Pero perdone la franqueza, ni yo ni usted vivimos holgados. Sí nos metemos en el Golpe del viejo agarraremos nuestra parte, y con el dinero puede arreglarse la dentadura y mandar a sus hijas a un colegio privado. A la Alianza Francesa, por ejemplo.

– Claro que me gustaría sacarlas de la picantería en que se mueven.

– Entonces, pues, señor Santoro, hable con Huerta y entresáquele algo.

El alcaide decidió frenar el ritmo de esa charla. Era muy probable, claro que sí, que para ganarse unos días más de chipe libre Rigoberto Marín lo quisiera implicar en una fantasía de Golpe que le permitiera no arriesgar el asesinato del Querubín. El pendejito era un engreído ladrón de caballos y debía de ser del todo incompatible con la técnica y la inteligencia de Vergara Grey. Podría ser su junior, pero no su cómplice.

– ¿Alcaide?

– Estaba pensando, hombre. Arregla al Innombrable cuanto antes y vuelve a casa.

– Usted me pide que mate a la gallina de los huevos de oro.

– En este momento me interesa más salvar mi vida real que un dinero hipotético.

– ¡Está Vergara Grey de por medio!

– Todo el mundo lo sabe, y los tiras también deben de estar tras sus pasos. No nos metamos en líos, muchacho.

– Llame a Huerta, señor Santoro. Hágame caso.

– Tal vez lo haga. Pero primero arréglame al muñeco.

– El Querubín es un pan de Dios, alcaide.

– Tú sabes que no es cierto. Fresco por fuera, podrido por dentro. Mátalo y punto y aparte.

– ¿Cuánto plazo me da?

– ¿Te quedan dos semanas? Pues eso, dos semanas.

– Se va a arrepentir, alcaide.

– No creas, cuando todos los perros quieren comerse la misma salchicha, se muerden los dientes entre sí.

– Curioso que me diga eso, señor. Vivo rodeado de perros.

– Que no salten sus pulgas a tus andrajos.

– ¡Qué se cree! Hasta con traje nuevo ando.

– ¿Con qué plata?

– Las mujeres me apoyan.

– Así que bien dotado, el hombre.

– La naturaleza es así. A veces da, a veces quita. Entonces, ¿adiós a la educación en la Alianza Francesa de sus niñitas?

– Adiós a tus cojones si el Innombrable sigue vivo de aquí a quince días.

En cuanto colgó fue hasta la estufa de gas licuado y se frotó las manos en la parrilla encendida. Los dedos atraparon algo del calor, lo cual le permitió hojear su libreta de direcciones sin tener que despegar las páginas húmedas. El mismo Huerta atendió la llamada.

– Soy Santoro, de la cárcel pública.

– Imposible olvidarse de usted, alcaide.

– Muchas gracias.

– No se lo dije en sentido positivo. Después del golpe militar, estuve seis meses preso en su recinto.

– ¡Pero estamos hablando de bueyes perdidos! En ese tiempo yo tenía veinticinco años.

– Pero como sargento fue muy colaborador con las nuevas autoridades.

– Igual que la gran mayoría del país. Chile era un caos y se necesitaba mano dura.

– Exactamente. Mano dura es la que aplicó conmigo. ¿Cómo es que llegó a trepar a alcaide después de que se recuperó la democracia?

– Por la carrera funcionaria. Los servidores públicos estamos inmunes a las veleidades políticas.

– ¿Incluso quienes practicaron torturas?

– No sea tan trágico, Huerta. Golpizas. Simples golpizas.

– Aún sigo sin oír bien del oído izquierdo y muchas veces pierdo el equilibrio. En mi caso fue un golpe brutal seco contra la oreja.

– Pero no fui yo, hombre.

– No usted personalmente.

– ¿Ve, pues? Todas las fuerzas armadas lo dicen. Las responsabilidades son individuales, no institucionales.

– Sí, hace veinte años que vengo oyendo la misma cancioncita. ¿Para qué me llamaste?

– Para coordinarnos, colega.

– ¿Usted y yo?

– Efectivamente. A ambos nos interesa que haya paz y orden en Chile.

– Unos con leyes y otros a chalchazos.

– Pero ni usted ni yo somos los mismos. Hoy yo no tocaría a un preso ni con el pétalo de una dama.

– Se ha puesto lírico, Santoro. ¿De qué se trata?

– Usted soltó a Vergara Grey hace unos días, ¿cierto?

– Fue beneficiado por la amnistía.

– Exacto. Dígame, colega, ¿en qué anda el campeón?

– Jubilado.

– Pero si apenas tiene sesenta.

– Será, pero no quiere más guerra.

– ¿De qué vive? Todos saben que el socio le robó su botín.

– De lo que le prestan los amigos.

– Por ahora. ¿Pero más adelante?

– Vaya al grano, Santoro.

– Anda el runrún que el viejo está metido en algo grande.

– ¡Uf!

– Sería bueno que habláramos con él para disuadirlo. Corno servidores públicos le debemos esa gauchada al país. El pueblo no vería con buena cara que en un gobierno democrático criminales amnistiados reincidan con la complacencia de las autoridades.

– Vergara Grey no volverá a delinquir.

– ¿Ah, sí? Sópleme este ojo.

– Búsquelo y encuéntrelo solito. Y solito hágale el chantaje que desea.

– ¿Qué chantaje, Huerta?

– Me imagino que usted va tras la mordida, ¿no?

– ¡No me ofenda!

– Si le molesta tanto, no tiene más que cortar el teléfono.

– Corte usted primero.

– No. señor. Soy un caballero y fue usted quien me llamó.

– Acuérdese de que le pedí colaboración y no quiso participar. Si Vergara Grey hace algo y la prensa sigue la pista, van a llegar a usted y a este diálogo.

– No veo cómo.

– Por ejemplo, si algún pillo lo hubiera grabado.

Huerta se pasó los dedos fríos por los párpados somnolientos.

– Haga lo que quiera, Santoro.

– No haré nada que le cause daño. Pero por esttas que me gustaría verlo algo más colaborador la próxima vez que lo llame.

– ¿Y usted no tiene nada que contarme?

– ¿Como qué?

– ¿Alguna cosa que sea un secreto?

– ¿Como qué cosa?

– Nada. Preguntaba no más.

¿¿¿???concepto filosófico de los existencialistas y los cantantes argentinos de que la vida no vale nada. La conclusión que sacan estos seres plañideros es que, por lo tanto, no es necesario pagar un precio por ella. No conozco la historia de su pariente, señores, pero al parecer no quiere más guerra. Desea morirse simplemente, tan melancólico como suena.

»El otro tema, por supuesto, son los costos. Se agarró una infección más o menos por zambullirse con abrigo y todo en la fuente Alemana, hasta que fue la ambulancia a rescatarla, pero aquí, en la Asistencia Pública, esta pobre enfermita está ocupando una pieza y detrás de ella hay una fila de moribundos, niños atropellados por automovilistas ebrios, ojos expulsados de sus cuencas por cuchillos en riñas callejeras, abortos autoinducidos por empleadas domésticas que se embarazaron del hijo del patrón, apendicitis galopantes a las que urge meterle tajo, episodios de locura que requieren camisa de fuerza y encefalogramas, y para qué les voy a entrar en más detalles.

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