Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Medicina para asesinos
Medicina para asesinos - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Medicina para asesinos

Электронная книга - «Medicina para asesinos». Краткое содержание книги:

Un médico se ha atrevido a introducir un veneno mortal dentro del círculo del emperador de China. El juez Di recibe el encargo de investigar el Gran Servicio Médico, una institución única en el mundo que recoge todos los conocimientos médicos y forma a los mejores sabios del imperio. De la acupuntura a la farmacopea, Di emprende la búsqueda de un asesino brillante y temible y nos lleva a descubrir los refinamientos del arte médico chino.
1 ... 36 37 38 39 40 41 42 43 44 ... 49
Перейти на страницу:

– ¿Y dónde quieres encontrar agua? -replicó Di, al que su lugarteniente apartaba de sus cavilaciones-. ¡Aquí no hay tabernas!

– Está este pozo -respondió el hombre de mano señalando la calle lateral.

Di se volvió hacia ese lado sin ver nada. A los 47 años, su vista ya no era lo que había sido. Su inspector, en cambio, seguía teniendo vista de lince, quizá porque no había pasado lo mejor de su vida colgado sobre las máximas de Confucio. Al acercarse Di comprobó que había un pozo que la oscuridad disimulaba.

– Ya que tienes tanta sed, baja ahí dentro -ordenó.

El lugarteniente del magistrado se quitó el sobretodo preguntándose si le convenía aceptar ese puesto de guardia de corps que le había ofrecido un presidente de una sociedad secreta la semana pasada. Se le oyó chapotear un momento en el agua fría. Cuando subió llevaba en la mano un grueso saco que hizo un sonoro «floc» al aterrizar a los pies de su jefe.

– Vuelvo, aún queda otro -gruñó antes de bajar.

Tal y como esperaban, el bulto estaba lleno de frascos, de libros especializados y de botes de cerámica etiquetados que se desperdigaron sobre el suelo de tierra batida. Di fue a descolgar un farol y lo puso junto al montón y empezó a comparar los recipientes con los números anotados en la lista. A «general Qin Feng» correspondían unas setas acartonadas con muy mala pinta. El número de la viuda Mo remitía a una pasta negruzca de aspecto nauseabundo. La familia Wu Liang había disfrutado de un inquietante polvillo rojo sangre.

El segundo saco contenía todo un lote de agujas de acupuntura que se habían escapado del sobre de seda donde su propietario solía guardarlas. Tsiao Tai se acercó a recogerlas.

– ¡Ni se te ocurra tocarlas! -exclamó Di-. Tengo motivos para creer que Hua las ha utilizado para matar a sus víctimas.

En medio del amasijo descubrió un trozo de tela y lo utilizó para recogerlas.

– ¡Eso es difamación! -protestó ofendida la costurera-. Mi marido es un benefactor de la humanidad reconocido por los hombres más poderosos de esta ciudad. ¡Sabrá a quién debe dirigirse para que se reconozca su inocencia!

– ¿Ah sí? -dijo Di volviéndose hacia ella, con las agujas en la mano-. ¿Y qué cree que dirán esos hombres tan poderosos a los que trató con estas agujas, cuando sepan cómo utiliza su marido sus instrumentos?

Se acercó a ella, con las puntas de las agujas hacia adelante, hasta rozar su vestido. La costurera se estremeció.

– Si tu marido no ha hecho nada malo, tú no tendrás miedo de un mero pinchazo, ¿no?

La esposa del acupuntor volvió la cabeza para no ver las finas agujas metálicas apuntando a su pecho.

– Veamos -continuó el mandarín-. Te veo muy nerviosa. No soy experto, pero creo recordar que ahí, en la base del cuello, existe un nudo de fuerzas que es aconsejable pinchar para aliviar la ansiedad. ¿Qué aguja debo escoger? ¿La que ha curado a la viuda Mo? ¿O la que tu marido usó para tratar a esa desgraciada familia cuyos miembros yacen ahora mismo bajo tierra?

Eligió una y se dispuso a hundirla en la piel de la costurera, a la que pinchó con dos dedos de la mano izquierda.

– ¡Deténgase! ¡Se lo ruego! -gritó la mujer-. ¡Confieso! Todos esos objetos pertenecen a Hua Yan. Él me ordenó que lo tirara todo y es lo que he hecho. Y habría tirado el resto si Su Excelencia no hubiese llegado, ¡advertida por el dios de la Justicia!

Ya que parecía tan favorablemente dispuesta, Di tomó la dirección de su casa, seguido por sus lugartenientes con su prisionera y los dos sacos. Encendió una lámpara, se sentó en un taburete y mandó arrodillarse a la sospechosa ante él, con la esperanza de que esta solemnidad facilitaría su confesión.

– Estoy enterado ya de muchas cosas -anunció para acabar con cualquier esperanza de engaño-. Sé que ese hombre tiene dos esposas, que viven separadas, y que usted le ayuda a llevar a cabo sus proyectos criminales. Mientras una le sirve de gancho, la otra se presenta como un familiar para hacerse con la herencia, sienten predilección por los objetos preciosos, que son fáciles de vender.

Estas palabras terminaron de convencer a la desdichada de que el dios de la Justicia hablaba al oído del mandarín.

– Mi marido atendió al general Qin el mes pasado, pero no funcionó, y su orden de misión para un destino lejano le salvó la vida. Nunca supe cómo lo hacía, pero al final llegué a la conclusión de que tenía relación con las agujas.

Di creía haber comprendido cómo funcionaba el sistema. Hua Yan experimentaba sobre sus pacientes los diferentes venenos que elaboraba en su gabinete. Sus preparados no iban destinados a sanar al paciente sino a matarlo. No satisfecho con utilizar sus conocimientos para asesinar a la gente y defraudar la confianza de sus clientes, se había atrevido a propagar por una metrópolis con más de un millón de habitantes las más funestas enfermedades.

Di encargó a Tsiao Tai que fuera a detener a la otra esposa, y a Ma Jong que condujera a prisión a la costurera. Ma Jong sacó una cuerda de su cintura y ató con ella las muñecas de la prisionera.

Di, por su parte, buscó material para escribir en los estantes. «A mi amigo el juez Wei le encantará verme de vuelta», pensó cogiendo dos grandes hojas de pergamino vírgenes. Redactó en primer lugar la orden de encarcelamiento de las dos mujeres de Hua por complicidad de asesinato con agravante, luego un acta de acusación que el magistrado utilizaría para pronunciar la inculpación del acupuntor. Dejó caer una gota de cera blanda en la parte inferior de los documentos y los selló con el emblema del Ministerio de Obras Públicas, que guardaba en su manga. Seguro que era la primera vez que un acta de este tipo era validada por el símbolo administrativo de Aguas y Bosques.

16

Un asesino huye inesperadamente; Di localiza a un criminal en un plato de tallarines.

Después de una noche de sueño tranquilo por la satisfacción del trabajo bien hecho, Di se disponía a saborear la primera comida del día cuando un criado le anunció que un carcelero estaba esperando en las dependencias del servicio a que despertara. El director de la cárcel lo enviaba a avisar a Su Excelencia de que el acupuntor Hua Yan se encontraba en las últimas.

Di renunció a su desayuno y pidió que le trajeran sus ropas. Ordenó que fueran a buscar a Choi Ki-Moon y corrió al calabozo del tribunal, preocupado por lo que allí encontraría.

Un guardia le hizo entrar en la celda del asesino, inmóvil en su camastro, y se colocó cerca del cuerpo, linterna en mano. Di observó que Hua había sangrado por la nariz. Como el enfermo no reaccionó al verlo entrar, lo tocó con la mano. Estaba apenas tibia. Se volvió hacia el esbirro.

– Dime, cuando han enviado a avisarme de que estaba enfermo, en realidad ya estaba muerto, ¿no es cierto? Y nadie se ha atrevido a venir antes a molestarme…

El matón agachó la cabeza. Habían antepuesto el respeto al sueño del viceministro a toda consideración.

A lo largo de su carrera de juez, cuando se instalaba en una ciudad confiada a su administración, Di empezaba dando instrucciones para que se le comunicaran los hechos importantes fuera cual fuera la hora. Pero aquí, en la capital, el orden social primaba sobre las investigaciones. Reprimió un arrebato de ira, que no le habría llevado a nada, y preguntó cómo había pasado la noche. El guardia respondió que el detenido se había quejado de dolores de cabeza. Era incapaz de dormir y su cuerpo parecía hervir por dentro. Terminó delirando.

– ¿Lo ha visto algún médico? -preguntó Di sin hacerse ilusiones.

– Está prohibido entrar en la cárcel antes de que salga el sol, señor -respondió el carcelero a ese funcionario que no sabía nada de las costumbres de la capital.

Di dio un profundo suspiro. No le quedaba ya más que asistir al examen posmorten, con la esperanza de que colmaría las lagunas de esta explicación.

1 ... 36 37 38 39 40 41 42 43 44 ... 49
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)