Medicina para asesinos
- Автор: Lenormand Frederic
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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– ¡Eso es! ¡Márchense! -les espetó furiosa.
Se alejaron a zancadas sin esperar a que lanzara sobre ellos a toda la milicia local.
15
Di Yen-tsie repara los errores de sus lugartenientes; y atrapa a una costurera con ayuda de unas agujas.
Di no había abandonado los locales de la cárcel. Había dado la consigna de vigilar a Hua Yan desde muy cerca, prohibiendo que fuese liberado, aunque la misma diosa Kwanyin en persona descendiese del cielo para proclamar su inocencia. Se hizo servir el té y ahora reflexionaba sobre su investigación. Cuando el acupuntor fue detenido, ignoraba de qué se lo acusaba y tenía motivos para creer que estaba relacionado con sus actividades como asesino. Con el apremio de librarse de un indicio que lo comprometía, había arrojado su lista por el camino, donde la soldadesca lo recogió poco después. Era imposible que al ver el documento un investigador sagaz no estableciera el vínculo entre los crímenes y su autor.
Al cabo de una hora, uno de los carceleros comunicó al mandarín que el preso no había recibido ninguna visita. Había pasado el rato con un detenido a punto de ser liberado, un raterillo al que habían venido a pagarle la multa.
Un gong colosal de bronce empezó a resonar con toda su potencia en la cabeza del magistrado. Pidió que le relatara sin saltarse un detalle la liberación. El carcelero le explicó que la mujer del detenido había pagado todos los gastos, lo que iba a permitir que saliera en cuanto se cumpliesen todas las formalidades. Di tradujo lo que acababa de oír: «Una persona que se ha presentado como la esposa del condenado había traído inesperadamente la suma necesaria para liberarlo». ¿Cuántas probabilidades había de que la compañera de un infeliz ladronzuelo reuniese el dinero de la multa precisamente cuando acababa de conocer a un criminal mucho más astuto que él?
– ¡Quiero hablar con este estafador! -manifestó Di.
Por desgracia, acababan de soltarlo.
– ¡Por las letrinas de la diosa Púrpura! -protestó el mandarín.
Y ése fue el momento que eligieron Ma Jong y Tsiao Tai para regresar de su brillante incursión al barrio del «Clamoroso Éxito». La presencia de la vieja banderola en manos del lugarteniente disparó las alarmas en la mente del mandarín. Pese a su aspecto tristón, Tsiao Tai intentó darle un aire triunfal a sus operaciones del día, desde la desaparición inesperada de los jades hasta el registro calamitoso en casa de la señora Hua. Mientras, su amigo hacía señas a su espalda manifestando que nada tenía que ver con el desastre. Di notó una repentina tirantez en el cuello que no tardaría en convertirse en migraña a menos que lograra extraer algo positivo de este cúmulo de improvisaciones insensatas. Sólo recordar que él mismo no lo había hecho mejor, refrenó su ataque de ira, sin pruebas contra Hua Yan y la fuga de un codetenido encargado de una misión desconocida.
Ésta era la pista que había que seguir. Pidió la dirección del ladrón y una vez más se fue a hacer una visita a los bajos fondos de Chang'an flanqueado por sus hombres de mano.
De regreso al barrio con peor fama de la capital, se dijo que seguramente no estaba ayudando mucho a que sus colegas mejorasen la opinión que tenían de él. Había ropa tendida en las ventanas, los chiquillos jugaban desnudos en el barro, mujeres lascivas les guiñaron los ojos al margen de toda ley, mientras estallaban gritos imposibles de localizar, tanto como era imposible determinar si estaban degollando a algún animal o algo peor.
Ma Jong agarró a un adolescente desharrapado y prometió darle dos sapeques si le decía dónde estaba la casa del maleante por el que estaban dando este alegre paseo. Unos instantes después, estaban delante de un tugurio minúsculo donde al menos cinco personas se hacinaban ya. Vieron a una anciana ir y venir arrastrando cubos, a unos niños persiguiéndose a gritos y oyeron la voz de un viejo enfadado que llegó desde la única habitación que todo ese pequeño mundo compartía. Tsiao Tai era el que menos disfrutaba de la excursión a un lodazal que le había sido demasiado familiar durante demasiado tiempo. Un panorama que le inspiraba algunas filosóficas reflexiones.
– Si se acabara con la miseria, se acabaría con el crimen -afirmó dando un suspiro de amargura.
Di, por su parte, opinaba que con eso sólo se desplazaría el crimen, que era inherente a la naturaleza humana. Los ricos se robaban y asesinaban entre ellos tan alegremente como los pobres. Aliviar los sufrimientos humanos era un hermoso proyecto, sin duda, pero obedecía más a la compasión que a la realización de un orden perfecto. Había perseguido a demasiados comerciantes ladrones, a nobles damas y a monstruos poderosos para saber que la riqueza no abolía los malos instintos.
– Más bien convendría difundir el pensamiento de Confucio entre esos desdichados -respondió-. Eso les enseñaría a soportar sus penurias.
Tsiao Tai se abstuvo de contradecir a su señor, aunque en su opinión juzgaba a su conveniencia. Qué fácil era considerar estos asuntos desde un punto de vista confuciano cuando se ha tenido siempre con qué llenar la panza y un profesor a mano para abrirte la mente.
Ma Jong, que no había intervenido en este diálogo desengañado, chasqueó de pronto la lengua para atraer su atención. Un individuo desgarbado se acercaba a la casucha silbando. La vieja de los cubos también lo vio.
– ¡Ah, aquí estás, inútil! -gritó a modo de bienvenida-. ¿Dónde has estado metido estos ocho días? ¿Por qué no te buscas un buen trabajo y otra mujer que se ocupe de tu sopa? Ya tengo bastante con tu padre inútil, que ya no puede ni moverse del camastro!
Di vio confirmadas todas sus sospechas: ninguna esposa había ido a pagar la multa para sacarlo. Para acabar con las reprimendas que le estaban lloviendo, el antiguo preso entregó dos taeles a su madre, dejándola boquiabierta.
«Ahí tenemos un dinero fácil que augura malos resultados para mi investigación», se lamentó en su fuero interno el mandarín. Algo similar pensó la anciana.
– ¿A quién has matado para conseguir tanto dinero? -preguntó la madre-. No habrás vendido a tus chicas, espero.
Con ojos cargados de recelo, vio a su hijo entrar en la chabola. Sus dudas fueron en aumento al ver que un funcionario de larga barba y dos tipos forzudos con hombros del tamaño de sendos armarios cruzaban la calle con paso decidido, cara de pocos amigos y se detenían ante el umbral de su casa. Levantó hacia ellos una cara llena de astucia preguntándose qué nueva calamidad iba a traerle el idiota de su retoño. Di estaba ya entrando cuando un tufo nauseabundo a cuerpos mal lavados y cocina grasa golpeó su olfato.
– Dile a tu hijo que salga -ordenó a la anciana.
– ¡Imbécil, ven aquí! -gritó la mujer con voz ronca-. ¡Tus taeles nos traen problemas!
En cuanto el hombre vio al mandarín, quiso darse a la fuga, pero Ma Jong, que le llevaba media cabeza, lo sujetó con fuerza entre sus bíceps.
– Soy el viceministro de Obras Públicas -anunció Di, contento de ver que su título le servía de algo.
Muerto de miedo, el ladrón abría y cerraba los ojos desmesuradamente mientras su madre se llevaba una mano a la frente como diciendo: «¡Pero qué le habré hecho yo a los dioses para que me castiguen así!».
– No hay que tomarlo en serio, señor -lo defendió la mujer-. Es un retrasado, como su padre.
Di apuntó con el dedo acusador al infeliz, que se habría disuelto en el polvo de la calle si Ma Jong no lo mantuviese sujeto.
– Me han dicho que una mujer se ha hecho pasar por tu esposa para pagar tu multa hace un momento.
La anciana lanzó un grito de sorpresa.
– ¿Y ahora chulo?
– Es la mujer de un amigo, señor -gimió el ratero-. Nunca quise engañar a las autoridades. Pero ¿cómo negarse si te viene alguien y se ofrece a pagar la multa?