Medicina para asesinos
- Автор: Lenormand Frederic
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Medicina para asesinos». Краткое содержание книги:
Di se fijó en una banderola blanca próxima a la puerta. Esos emblemas de duelo le producían el mismo efecto que una de las pociones revigorizantes del maestro Cai.
– ¿Quién ha muerto? -preguntó a una camarera que estaba limpiando las mesas dispuestas bajo el tejadillo.
– Nuestro patrón, el señor Si -respondió la mujer sin dejar de frotar-. ¡Quién iba a decir que nos dejaría tan pronto! ¡El sacerdote taoísta ha dicho que era normal cuando un hombre dispersa su energía yang a tontas y a locas! [23]
Di sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. Tuvo el horrible presentimiento de que la coincidencia resultaba como mínimo inquietante.
– De pronto me apetece comer un plato de tallarines -dijo tomando asiento en uno de los taburetes.
Hizo un gesto a Choi Ki-Moon para que se sentara enfrente de él en lugar de hacerse notar quedándose plantado como un criado. El coreano obedeció preguntándose si el mandarín había jurado obtener la condena de todos los médicos de la ciudad. Una mujer entradita en carnes, que Di supuso sería la patrona, acudió a cantarles el plato del día, consistente en pastas salteadas a la tinta seca. Di adoptó la expresión de un gastrónomo maravillado.
– ¿Te había dicho o no que era la mejor taberna de tallarines al norte de la ciudad, viejo amigo? -exclamó dirigiéndose a Choi Ki-Moon, que estaba perplejo-. Ha sido nuestro amigo el médico Cai Yong quien nos ha enviado.
– ¡Que los dioses bendigan eternamente a ese benefactor de las mujeres! -respondió la cocinera juntando las manos para encomendar al interesado a las deidades compasivas.
Este arrebato de gratitud hacia un hombre que no había salvado ni a su esposo ni su matrimonio aumentó el recelo del magistrado. La camarera regresó enseguida con los platos encargados. Di se extasió ante la calidad de las viandas, pero se guardó mucho de hundir en ellas sus palillos y siguió haciendo preguntas como si tuviese ganas de conversar.
– ¿Así que tu patrón ha muerto de repente? ¿Cómo es que el sabio no lo curó?
– La señora hizo venir a un médico muy bueno, pero la enfermedad estaba ya muy avanzada.
– ¿Y era ése el que lo atendía siempre?
– ¡Ah, no! ¡Si el señor era fuerte como una roca!
Lanzó una risita y añadió que el difunto solía prodigarse sin miramientos entre todas las mujeres que se le ponían a tiro. Al parecer, era el galán maduro del barrio y su esposa debía de ser una de las damas a las que menos echaba en falta.
Sin dejar de remover la pasta, Di se formó rápidamente un cuadro de la situación. El restaurador Si dilapidaba el dinero de su negocio en brazos de pelanduscas y descuidaba a su mujer. Quizás habría acabado repudiándola y arrojándola a la calle sin recursos. Al ver fracasados sus intentos de reformarlo, la señora Si tenía motivos para desear su muerte.
Choi Ki-Moon, cuyo apetito parecía no tener límites, estaba atiborrándose enfrente de él. Asqueado del espectáculo, Di desvió su atención a los que lo rodeaban. A pocas mesas de distancia, vio que la patrona se ocupaba de otro cliente. Enseguida reconoció al individuo que ya había visto en la sala de espera, el petimetre ocupado en cortejar a una cliente. Era corto de piernas, tripudo y de tez mate, pero lucía un bigote impecable y tenía buena labia.
– ¿Y ése quién es? -preguntó Di cuando la criada regresó con la sopa con la que terminaban todas las comidas chinas.
Respondió que era el peluquero del barrio, un cliente habitual. Di añadió este detalle al conjunto de los que trataba de organizar en su mente. El añorado señor Si no era, por lo que se veía, el único seductor de la zona, y el peluquero se había propuesto heredar su título de gallo del corral.
– ¿Y ése no habrá sido paciente de Cai Yong? -preguntó el mandarín.
– ¡Su señoría posee el don de la doble visión! -exclamó la camarera-. El señor lo curó de una mala gripe el invierno pasado. Es un gran sabio y sentimos una profunda admiración.
Por lo visto, el médico no sólo salvaba a maridos promiscuos. En esta calle se daban los más hermosos ejemplos de curación por ausencia de moralidad que Di hubiera visto nunca.
Una mujer que subía por la calle a toda prisa pasó muy cerca de ellos. Parecía asustada. Di la siguió con la mirada hasta que entró en casa del médico sin molestarse en hacer sonar el gong. El tambor de alerta que el magistrado tenía en su cabeza, sin embargo, empezó a golpear con gran estrépito. Di sacó unos sapeques del cinturón y los arrojó sobre la mesa. Se levantó, con gran pesar del coreano, que no había acabado su sopa de patas de gallina, y se encaminó al gabinete médico, un lugar cada vez más apasionante.
Tampoco él llamó al gong al cruzar la puerta. La primera sala estaba vacía. Fue directo a la cortina de cuentas, que apartó para entrar en el gabinete. La dama a la que acababa de ver pasar estaba de pie, con expresión abatida. Cai Yong la escuchaba sentado en un sillón donde probablemente la mujer lo había sorprendido al entrar. Había en su cara una mezcla de estupor y de contrariedad, sentimiento que no cambió al ver al mandarín entrar en su casa sin hacerse anunciar, cortando a la visitante en mitad de una parrafada que no parecía alegre.
– Había olvidado hacerle una pregunta sobre la datura -dijo Di mirando fijamente al estupefacto sabio.
La presencia de la dama interesaba mucho más al mandarín que todo lo que podía enseñarle sobre el uso de las plantas medicinales.
– ¿Interrumpo una consulta? -preguntó.
Cai Yong se vio obligado a hacer las presentaciones. Di permaneció inmóvil y en silencio, esperando que la dama le explicara el motivo de su presencia. Estaba persuadido de que su nerviosismo no obedecía a la repentina aparición de un granito indiscreto. Al cabo de unos instantes, la desamparada visitante explicó que había venido a buscar la ayuda del sabio porque tenía a la policía en casa.
– ¿Su marido acaba de morir? -susurró Di.
– ¡Claro que no! -exclamó la dama, espantada-. ¡Al contrario! Es mi marido el que acaba de matar a alguien!
Di vio cómo sus sagaces conclusiones se hacían añicos.
– ¿Y cuando su marido mata a alguien corre usted a casa del médico? -se extrañó.
Ella contó que su esposo se había peleado la noche anterior con un colega de trabajo y lo había matado. Había vuelto a casa sin decir nada, pero la milicia había venido a detenerlo y ya no se movía de su casa.
– En tal caso, es demasiado tarde para las pociones calmantes -concluyó Di alisándose con gesto pensativo su larga barba.
La situación se volvía emocionante. Si los inspectores habían entrado en casa de la mujer, era sin duda para hacer un registro. Tenía curiosidad por averiguar qué encontraban.
– Querida señora, ha dado usted con la persona indicada. Voy a ayudarla a resolver este problema. Lléveme a su casa.
Lanzó una mirada complacida al curandero clavado en su sillón y salió de la sala acompañado por la mujer del asesino, que no sabía a qué carta quedarse.
– Este barrio resulta cada vez más interesante -le susurró a Choi Ki-Moon yendo calle abajo por segunda vez.
Pasaron delante del restaurante de tallarines, desde donde la patrona y su peluquero los contemplaron con curiosidad. «Esperad un poco que ahora vuelvo -se dijo Di-. Y enseguida me ocupo de vosotros.»
El domicilio de la dama consistía en una estancia única dominada por un amplio lecho kang de ladrillos que se calentaba desde abajo. En el patio, unas gallinas picoteaban el suelo de tierra batida. Encontraron a un pequeño grupo de milicianos pertrechados con el equipamiento reglamentario, que incluía un garrote colgado del cinturón. Derrengados sobre la estera que servía de lecho a la pareja, se entretenían vaciando un cántaro de vino. Di se había equivocado sobre el motivo de su intrusión: no habían venido a registrar sino a beber un trago a cuenta del hombre al que acababan de detener, una práctica habitual pues los arrestos se hacían a expensas del sospechoso. Si habían realizado algún registro, lo habían interrumpido en seco nada más descubrieron la reserva de alcohol. Choi Ki-Moon enunció los títulos del mandarín, obligándolos así a abandonar su descanso penosamente para saludar al alto funcionario, convencidos de ser víctimas de una inspección sorpresa. No del todo descontento del malentendido, Di les ordenó realizar un registro en toda regla del domicilio. Casi tuvo que suavizar la orden con un llamamiento al respeto a la propiedad privada, pues los milicianos empezaron por arrojar por todas partes los objetos y piezas de ropa que caían en sus manos. No solamente los gritos de la propietaria le sacaban de quicio, sino que pronto no habría nada que sacar de la leonera que estaban organizando.
[23] La doctrina taoísta preconiza a los hombres que retengan su semen para preservar su yang contra la invasión del yin presente en las mujeres.