Las Huellas Del Hombre Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Серия: Detective Comisario Roy Grace #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:
El pequeño cilindro rojo con las hendiduras para los dedos, la cadena y el enganche para el cinturón pesaba mucho, y eso le inspiraba confianza. Abría repetidamente la tapa de seguridad y practicaba apuntando con el pitorro. El tipo que se lo había vendido en Los Angeles, antes de regresar a Inglaterra, le dijo que contenía diez toques de un segundo y que podría cegar a una persona durante diez segundos. Lo había colado en Inglaterra escondiéndolo en el neceser de maquillaje dentro de su maleta.
Volvió a guardárselo en el bolsillo, se levantó y sacó el móvil de su bolso. Estaba a punto de marcar el número de Global Express cuando por fin sonó el timbre.
Corrió por el pasillo hasta la puerta. En el pequeño monitor en blanco y negro vio un casco de moto. Se le cayó el alma a los pies. Ese teleoperador imbécil, Jonathan, le había dicho que vendría una furgoneta. Ella contaba con que vendría una furgoneta.
Mierda.
Pulsó el botón del interfono
– Sube, octavo piso -dijo-. Me temo que el ascensor no funciona.
Los pensamientos volvían a agolparse en su cabeza, intentaba replantearse la situación a toda prisa. Cogió el sobre acolchado. Tendría que volver al plan original, decidió mientras lo estudiaba detenidamente durante los dos largos minutos que pasaron antes de oír los golpes bruscos en la puerta.
Alerta como siempre, se acercó a la mirilla y vio a un motociclista, vestido con un mono de piel, con casco negro y la visera oscura bajada, sujetando una especie de carpeta.
Abby giró la llave, descorrió las cadenas de seguridad y abrió la puerta.
– Creía… Creía que vendría una furgoneta -dijo.
El hombre dejó caer la carpeta, que aterrizó en el suelo con un ruido metálico, y le dio un fuerte puñetazo en el estómago. La cogió totalmente desprevenida y la dobló en dos con un dolor punzante. Abby se tambaleó de lado contra la pared.
– Me alegro de verte, Abby -dijo el hombre-. No me mata tu cambio de imagen.
Luego, le dio otro puñetazo.
47
Octubre de 2007
Poco antes de las siete de la tarde, Cassian Pewe conducía su Opel Astra verde oscuro a través del embate del viento y la oscuridad de neón de la carretera de la costa que bordeaba los acantilados. Pasó por dos minirrotondas y entró en Peacehaven, luego continuó un kilómetro y medio más por interminables calles de tiendas, la mitad de ellas agencias inmobiliarias, al parecer, el resto locales de comida rápida con decoración estridente. Le recordó las afueras de las ciudades pequeñas de Estados Unidos que había visto en el cine.
Como no conocía esta zona situada a unos kilómetros al este de Brighton, se dejaba guiar por la voz femenina de su GPS. Ahora, después de dejar atrás Peacehaven, seguía a una autocaravana que avanzaba lentamente por la colina llena de curvas que llevaba a Newhaven. La mujer del navegador le indicó que siguiera recto durante ochocientos metros más. Entonces su móvil sonó en el dispositivo de manos libres.
Miró la pantalla, vio que era Lucy, su novia, y alargó la mano para contestar.
– Hola, cariño -la saludó con voz melosa-. ¿Cómo está mi ángel precioso?
– ¿Tienes puesto el manos libres? -preguntó ella-. Suenas como un robot.
– Lo siento, cielo. Estoy conduciendo.
– No me has llamado -dijo ella. Sonaba dolida y un poco enfadada-. Ibas a llamarme esta mañana, para lo de esta noche.
A Lucy, que vivía y trabajaba en Londres de secretaria personal del gerente de un fondo de cobertura, no le había impresionado el reciente traslado a Brighton de Cassian. Muy probablemente, pensaba éste, porque no la había invitado a mudarse con él. Siempre mantenía las distancias con las mujeres con quienes salía, rara vez las llamaba cuando decía que lo haría y a menudo cancelaba las citas en el último momento. La experiencia le había enseñado que ésa era la mejor forma de tenerlas donde él quería.
– Ángel mío, he estado muuuuy ocupado -volvió a utilizar su voz melosa-. No he tenido un momento libre. Llevo todo el día de reunión en reunión.
«Gire a la izquierda a ciento cincuenta metros», le indicó la voz de mujer del GPS.
– ¿Quién es ésa? -preguntó Lucy con desconfianza-. ¿Quién está en el coche contigo?
– Es el navegador, cielo.
– Bueno, ¿vamos a quedar esta noche o no?
– Creo que esta noche no será posible, ángel. Me han asignado un caso urgente. Podría ser el comienzo de una investigación de asesinato importante, con algunas consecuencias desagradables dentro de la policía local de aquí. Creían que yo era el hombre adecuado para ello, dada mi experiencia en la Met.
– ¿Y después?
– Bueno… Si cogieras el tren, quizá podríamos cenar aquí a última hora. ¿Qué te parece?
– ¡Ni pensarlo, Cassian! Tengo que estar en el despacho a las siete menos cuarto de la mañana.
– Sí, bueno, sólo era una idea -contestó él.
Estaba cruzando el puente de Newhaven. Delante de él apareció un aluvión de señales: una para el ferry del Canal, otra para Lewes. Luego, aliviado, vio un cartel que señalaba Seaford, su destino.
«Gire la segunda a la izquierda», dictó el navegador.
Pewe frunció el ceño. Estaba seguro de que la señal de Seaford indicaba seguir recto.
– ¿Quién era ésa? -preguntó Lucy.
– El GPS otra vez -contestó él-. ¿No vas a preguntarme cómo me ha ido el primer día en el departamento de investigación criminal de Sussex?
– ¿Qué tal te ha ido? -preguntó ella de mala gana.
– En realidad, ¡me han concedido una especie de ascenso! -contestó.
– ¿Ya? Creía que dejar la Met ya era un ascenso. Pasar de inspector jefe a comisario.
– Ahora es mejor. Me han puesto a cargo de todos los casos sin resolver, y eso incluye todos los casos no resueltos de personas desaparecidas.
Lucy no dijo nada.
Cassian giró a la izquierda.
El mapa de la carretera desapareció de la pantalla del GPS. Entonces, la voz le ordenó:
«Realice un cambio de sentido.»
– Mierda -dijo Cassian.
– ¿Qué pasa?-preguntó Lucy.
– Mi navegador no sabe dónde estoy.
– Estoy de acuerdo con ella -dijo Lucy.
– Tendré que llamarte luego, ángel mío.
– ¿Quién habla, tú o tu navegador?
– Oh, ¡muy graciosa!
– Te sugiero que la invites a una bonita cena romántica. -Lucy colgó.
Diez minutos después, el navegador se había orientado otra vez y lo llevó a la dirección que estaba buscando en Seaford, una ciudad costera tranquila y residencial a unos kilómetros de Newhaven. Escudriñando la oscuridad para ver los números de las puertas, se detuvo delante de una casa pareada pequeña, de paredes rugosas sin nada destacable. En la entrada había aparcado un Nissan Micra.
Encendió la luz interior, comprobó el nudo de la corbata, se arregló el pelo, bajó del coche y lo cerró. Una ráfaga de viento le alborotó el pelo al instante mientras corría por el sendero del jardín bien cuidado que llevaba a la puerta. Encontró el timbre y lo pulsó, maldiciendo que no hubiera porche. Se oyó una sola campanada bastante fúnebre.
Al cabo de unos momentos la puerta se abrió unos centímetros y una mujer -de unos sesenta y pocos años, calculó- lo miró con recelo desde detrás de unas gafas bastante austeras. Veinte años atrás, con un peinado mejor y sin las arrugas gruesas producto de la preocupación que surcaban su rostro, pudo ser bastante atractiva, pensó. Ahora, con el pelo entrecano, un jersey ancho naranja que la envolvía toda, pantalones marrones de poliéster y playeras, miró a Pewe como una de esas señoras aguerridas, británicas hasta la médula, que atienden los puestos de los mercados benéficos de la parroquia.
– ¿La señora Margot Balkwill? -preguntó Pewe.