La promesa [Promise me-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Серия: Myron Bolitar #8
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Переводчик: Esther Roig
- Жанр: Крутые детективы
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– No.
Sus ojos se movieron hacia arriba.
– Su amigo hizo lo que debía. Matar a los Gemelos, quiero decir. De haberlos dejado marchar, habrían torturado a su madre hasta que hubiera maldecido el día que le parió.
Myron decidió no hacer comentarios.
– Fue una estupidez contratarlos -dijo Rochester-. Pero estaba desesperado.
– Si busca mi perdón, váyase a la mierda.
– Sólo quiero que lo entienda.
– No quiero entender -dijo Myron-. Quiero encontrar a Aimee Biel.
Myron tuvo que ir a urgencias. El médico miró el mordisco de su pierna y meneó la cabeza.
– Por Dios, ¿es que le ha atacado un tiburón?
– Un perro -mintió Myron.
– Debería matarlo.
– Ya está hecho -intervino Win.
El médico lo suturó y después lo vendó, lo cual dolió de mala manera. Dio antibióticos a Myron y algunos analgésicos para el dolor. Cuando se marcharon, Win se aseguró de que Myron todavía llevara la pistola. La llevaba.
– ¿Quieres que me quede? -preguntó Win.
– Estoy bien. -El coche aceleró en Livingston Avenue-. ¿Te has deshecho de esos dos?
– Para siempre.
Myron asintió. Win le miró a la cara.
– Les llaman los Gemelos -dijo Win-. El mayor, el del lazo, te habría mordido primero los pezones. Así es como se calientan. Primero un pezón y después el otro.
– Entiendo.
– ¿No me das un sermón por pasarme?
Myron se palpó el pecho.
– Me gustan mucho mis pezones.
Era tarde cuando Win le dejó en casa. Cerca de la puerta Myron encontró el móvil en el suelo, donde había caído. Miró el identificador de llamadas. Había un montón de llamadas perdidas, casi todas del trabajo. Estando Esperanza en Antigua de luna de miel, debería haber estado localizable. Pero era demasiado tarde para preocuparse por eso.
Ali también le había llamado.
Hacía un siglo le había dicho que pasaría a verla esa noche. Habían bromeado sobre la «siesta» tardía que harían juntos. Caramba, ¿era posible que hubiera sido hoy?
Dudó en esperar a la mañana siguiente, pero Ali podía estar preocupada. Además, sería agradable, realmente agradable, oír la calidez de su voz. Lo necesitaba, en ese día enloquecedor, agotador y doloroso. Le dolía todo. La pierna no paraba de palpitar.
Ali contestó al primer timbre.
– Myron.…
– Eh, espero no haberte despertado.
– Ha venido la policía.
Su voz no era cálida.
– ¿Cuándo?
– Hace unas horas. Querían hablar con Erin. Sobre una promesa que las chicas te hicieron en el sótano.
Myron cerró los ojos.
– Maldita sea. No quería involucrarla en esto.
– Por cierto, confirmó tu versión.
– Lo siento.
– He llamado a Claire. Me ha contado lo de Aimee. Pero no lo entiendo. ¿Por qué les hiciste prometer algo así a las chicas?
– ¿Que me llamaran?
– Sí.
– Las oí hablar de que habían ido en coche con un chico borracho. No quería que volvieran a hacerlo.
– Pero ¿por qué tú?
Él abrió la boca, pero no le salió nada.
– Quiero decir que conociste a Erin ese día. Fue la primera vez que hablaste con ella.
– No fue planeado, Ali.
Hubo un silencio. A Myron no le gustó.
– ¿Estamos bien? -preguntó.
– Necesito un poco de tiempo después de esto -dijo ella.
Myron sintió un vuelco en el estómago.
– Myron.…
– Bueno -dijo él, arrastrando la palabra-, supongo que no hay otra oportunidad para la siesta.
– No es momento para bromas.
– Lo sé.
– Aimee ha desaparecido. La policía ha venido y ha interrogado a mi hija. Para ti puede que sea rutinario, pero no es mi caso. No te echo la culpa, pero.…
– ¿Pero?
– Es que… necesito tiempo.
– Necesito tiempo -repitió Myron-. Eso suena muy parecido a lo de «necesito espacio».
– Ya estás bromeando otra vez.
– No, Ali, no.
25
Había una razón por la que Aimee Biel había querido que la dejara en aquel callejón.
Myron se duchó y se puso unos pantalones de chándal. Los otros estaban llenos de sangre. La suya. Se acordó de una frase de Seinfeld sobre los anuncios de detergente que dicen que sacan las manchas de sangre, y que, si tienes manchas de sangre en la ropa, la colada no es tu principal preocupación.
La casa estaba en silencio, exceptuando los ruidos habituales. Cuando era pequeño y estaba solo por las noches, los ruidos le daban miedo. Ahora le acompañaban, ni le apaciguaban ni le alarmaban. Podía oír un ligero eco mientras cruzaba el suelo de la cocina. El eco sólo se producía cuando estaba solo. Pensó en eso. Pensó en lo que había dicho Claire, que traía violencia y destrucción, en por qué no se había casado.
Se sentó solo a la mesa de la cocina de su casa vacía. No era la vida que había planeado.
«El hombre planea y Dios dispone.»
Meneó la cabeza. Cuánta razón.
Ya basta de compasión, pensó Myron. Lo de «planear» le devolvió a la realidad. A saber: ¿qué planeaba Aimee Biel?
Había una razón para que hubiera elegido aquel cajero. Y había una razón para que hubiera elegido aquel callejón sin salida.
Era casi medianoche cuando Myron cogió el coche y se dirigió hacia Ridgewood. Ahora conocía el camino. Aparcó al final del callejón. Apagó el coche. La casa estaba a oscuras, como hacía dos noches.
Bien, ¿ahora qué?
Repasó las posibilidades. Una, Aimee había entrado realmente en esa casa del final del callejón. La mujer que había abierto la puerta, la rubia esbelta con la gorra de béisbol, le había mentido a Loren Muse. O tal vez no lo supiera. A lo mejor Aimee tenía un rollo con su hijo o era amiga de su hija, y ella no lo sabía.
No era probable. Loren Muse no era idiota. Había estado en la puerta bastante rato. Habría comprobado esos puntos. Si existían, los habría seguido. Así que Myron lo descartó.
Eso significaba que la casa había sido una distracción.
Myron abrió la puerta del coche y salió. La calle estaba silenciosa. Había una portería de hockey al final de la calle. Seguramente era un barrio con niños. Sólo había ocho casas y apenas tráfico. Los niños probablemente jugaban en la calle. Myron vio un aro portátil de baloncesto en uno de los patios. Probablemente también jugaban a eso. El callejón era un pequeño patio de recreo.
Un coche dobló la esquina, como cuando había dejado a Aimee.
Myron entornó los ojos hacia los faros. Ya era medianoche. Sólo ocho casas en la calle, todas con las luces apagadas, todos recogidos de noche.
El coche paró detrás del suyo. Myron reconoció el Benz plateado incluso antes de que bajara Erik Biel, el padre de Aimee. La luz era escasa, pero Myron notó la rabia en su cara. Le hacía parecer un chiquillo enfadado.
– ¿Qué demonios haces aquí? -gritó Erik.
– Lo mismo que tú, supongo.
Erik se acercó más.
– Puede que Claire se trague tu historia de que dejaste a Aimee aquí pero…
– Pero ¿qué, Erik?
Él no contestó enseguida. Seguía llevando la camisa y los pantalones bien cortados, pero ya no parecían tan almidonados.
– Sólo quiero encontrarla -dijo.
Myron no dijo nada y le dejó hablar.
– Claire cree que puedes ayudar. Dice que eres bueno en estos asuntos.
– Lo soy.
– Eres como el caballero de Claire de brillante armadura -dijo con más de una pizca de amargura-. No sé por qué vosotros dos no acabasteis juntos.
– Yo sí -dijo Myron-. Porque no nos queremos así. De hecho, desde que conozco a Claire, eres el único hombre a quien ella ha amado de verdad.