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La promesa [Promise me-es]

Электронная книга - «La promesa [Promise me-es]». Краткое содержание книги:

Han pasado seis años desde que el agente Myron Bolitar hizo de superhéroe. En seis años no ha dado ni un puñetazo. No ha tenido en la mano, y mucho menos disparado, una pistola. No ha llamado a su amigo Win, el hombre más temible que conoce, para que le ayude o para que le saque de algún lío. Todo eso está a punto de cambiar… debido a una promesa. El año académico está llegando al final. Las familias esperan con ansia noticias de las universidades. En esos últimos momentos de tensión del instituto, algunos chicos cometen el muy común y muy peligroso error de beber y conducir. Pero Myron está decidido a ayudar a los hijos de sus amigos a mantenerse a salvo, y hace que dos chicas del vecindario le hagan una promesa: si alguna vez están en un apuro pero temen llamar a sus padres, le llamarán a él. Unas noches después, recibe una llamada a las dos de la madrugada, y fiel a su palabra, Myron recoge a una de las chicas en el centro de Manhattan y la lleva a una apacible calle sin salida de Nueva Jersey donde ella dice que vive su amiga. Al día siguiente, los padres de la chica descubren que su hija ha desaparecido. Y que Myron fue la última persona que la vio. Desesperado por cumplir una promesa bien intencionada convertida en pesadilla, Myron se esfuerza por localizar a la chica antes de que desaparezca para siempre. Pero su pasado no es tan fácil de enterrar, porque los problemas siempre le han perseguido. Ahora Myron debe decidir de una vez por todas quien es y a que va a enfrentarse si quiere conservar la esperanza de salvar la vida de una jovencita.
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– Hay dos «hombres» muy bestias… -decía Win en castellano…

Fue entonces cuando a Myron le cayó el golpe.

Rochester le había dado un puñetazo que le rozó la parte alta de la cabeza. El instinto de Myron estaba oxidado, pero conservaba la visión periférica. Vio a Rochester preparar el puño en el último segundo. Se agachó a tiempo para esquivar lo peor. El puño le golpeó oblicuamente la parte alta del cráneo. Le dolió, pero seguramente Rochester se llevó la peor parte.

El móvil cayó al suelo.

Myron se apoyó en una rodilla. Cogió el brazo extendido de Rochester por la muñeca. Apretó los dedos de la mano libre. Casi todo el mundo pega con el puño. Era necesario a veces, pero en realidad deberíamos evitar hacerlo. Si pegas contra algo duro con el puño, te rompes la mano.

En general es más efectivo el golpe con la palma de la mano, sobre todo en zonas vulnerables. Con un puñetazo, tienes que hacer un movimiento rápido o clavar. No hay que proyectar toda la fuerza directamente, porque los huesecitos de la mano no soportan la tensión. Pero si pegas correctamente con la palma de la mano, con los dedos hacia dentro y protegidos, la muñeca hacia atrás, el golpe repercute en la parte carnosa inferior de la palma con presión en el radio, el cúbito, el húmero…, en los huesos del brazo más grandes.

Eso fue lo que hizo Myron. El lugar más evidente al que apuntar era la entrepierna, pero se imaginaba que Rochester habría participado en muchas escaramuzas. Lo estaría esperando.

Lo estaba. Rochester levantó una rodilla para protegerse.

En cambio Myron apuntó al diafragma. El golpe cayó justo debajo del esternón, y el hombretón echó aire. Myron le tiró del brazo y lo lanzó en lo que parecía una torpe llave de judo. En realidad, en las peleas de verdad, todas las llaves parecen torpes.

La zona de juego. Ya estaba en ella. Todo empezó a moverse más despacio.

Rochester estaba todavía volando cuando se detuvo el coche. Bajaron dos hombres. Rochester aterrizó como un saco de piedras. Myron se puso de pie. Aquellos dos iban a por él.

Ambos sonreían.

Rochester rodó recuperándose. Se levantaría enseguida. Y entonces serían tres. Los dos hombres del coche no se acercaban despacio. No parecían alarmados o preocupados. Iban a por Myron con el abandono de un niño en pleno juego.

«Dos hombres muy bestias…»

Pasó otro segundo.

El hombre que iba en el asiento del pasajero llevaba los cabellos recogidos en una cola de caballo y se parecía al profesor de arte hippy del instituto que olía siempre a hierba. Myron evaluó sus opciones. Lo hizo en décimas de segundo. Así era como funcionaba. Cuando estás en peligro, el tiempo se para o la mente se acelera. Es difícil de decir.

Myron pensó en Rochester tirado en el suelo, en los dos hombres que se acercaban, en la advertencia de Win, en lo que podía buscar Rochester, en por qué le habría atacado sin mediar provocación, en lo que había dicho Cingle de que era un pirado.

La respuesta era evidente: Dominick Rochester creía que Myron tenía algo que ver con la desaparición de su hija.

Probablemente Rochester sabía que Myron había sido interrogado por la policía y que no habían sacado nada. Un tipo como Rochester no lo aceptaría. Y haría lo que fuera, absolutamente lo que fuera por averiguarlo.

Los dos hombres ya estaban apenas a tres pasos.

Otra cuestión: estaban dispuestos a atacarle allí mismo, en la calle, donde todos podían verlos. Eso sugería un cierto grado de desesperación y despreocupación, y también de seguridad, un nivel con el que Myron no quería tener nada que ver.

Así que se decidió: corrió.

Los dos hombres tenían ventaja. Ya estaban acelerados. Myron salía de una posición de inmovilidad.

Ahí es donde el atletismo puro ayudaba.

La lesión de Myron no había afectado demasiado a su velocidad. Era más un problema de movimiento lateral. Así que Myron fingió que daba un paso a la derecha para hacer que se desviaran. Lo hicieron. Después se fue a la izquierda hacia su entrada. Uno de los hombres – el otro, no el profesor de arte hippy- perdió pie pero sólo un segundo. Volvió a recuperarse. Lo mismo que Dominick Rochester.

Pero era el profesor de arte hippy el que le estaba dando más problemas. Era muy rápido. Estaba tan cerca que habría podido hacerle un placaje.

Myron pensó en la posibilidad de echarse encima de él.

Pero no. Win había llamado para avisarle y si lo había hecho era porque probablemente era un tipo muy bestia. No le haría caer de un solo golpe. Y aunque lo hiciera, el retraso les daría a los otros dos la oportunidad de atraparlo. No había manera de eliminar al profesor de arte y seguir en movimiento.

Myron intentó acelerar. Quería ganar suficiente distancia para llamar a Win con el móvil y decirle…

El móvil. Maldita sea, no lo tenía. Se le había caído cuando le golpeó Rochester.

No dejaban de perseguirle. Estaban en una calle apacible de las afueras, cuatro adultos corriendo como locos. ¿Los estaba viendo alguien? ¿Qué pensarían?

Myron tenía otra ventaja. Conocía el vecindario.

No miró por encima del hombro, pero oía al profesor de arte jadeando detrás de él. No llegas a ser atleta profesional -por breve que fuera su carrera, él había jugado al baloncesto profesional- sin que se arreglen un millón de cosas interna y externamente. Myron había crecido en Livingston. Su curso del instituto tenía seiscientos alumnos. Miles de atletas que cruzaban las puertas. Ninguno había llegado a profesional. Dos o tres habían jugado en la liga local de béisbol. Uno, tal vez dos, habían sido reclutados para uno u otro deporte. Nada más.

Todos los chicos lo sueñan, pero la verdad es que ninguno lo consigue. Ninguno. Crees que tu hijo es diferente. No lo es. No llegará a la NBA, la NFL o la MLB. No sucederá.

Las posibilidades son demasiado reducidas.

La cuestión ahora, mientras intentaba acelerar el paso, era que sí, se había entrenado mucho, había encestado durante cuatro o cinco horas al día, había sido aterradoramente competitivo, tenía la actitud mental correcta y todas esas cosas y las había hecho todas, pero ninguna que le hubiera ayudado a alcanzar el nivel que había alcanzado de no haber tenido la suerte de nacer con unos dones físicos extraordinarios.

Uno de esos dones era la velocidad.

El jadeo seguía detrás de él.

Alguien, tal vez Rochester, gritó:

– ¡Dispárale a la pierna!

Myron siguió acelerando. Tenía un destino en la cabeza. Ahora le ayudaría su conocimiento del vecindario. Llegó a la colina de Coddington Terrace. Al llegar arriba, se preparó. Sabía que si llegaba allí con suficiente ventaja, habría un punto ciego en la curva de descenso.

Cuando llegó a la curva de descenso, no miró atrás. Había un sendero medio escondido entre dos casas a la izquierda. Myron lo utilizaba para ir a la Escuela Elemental Burnet Hill. Todos los chicos lo usaban. Era muy raro -un sendero pavimentado entre dos casas- pero seguía allí.

Los bestias no lo sabrían.

El camino asfaltado era público, pero Myron tenía otra idea. Los Horowitz vivían en la casa de la izquierda. Myron había construido un fuerte en los árboles con uno de ellos hacía mucho tiempo. La señora Horowitz se había puesto furiosa. Se metió en esa zona. Había un sendero bajo las matas para pasar arrastrándose, que conducía al patio de atrás de los Horowitz en Coddington Terrace y daba a la casa de los Seiden en Ridge Road.

Myron apartó el primer matorral. Seguía allí. Se puso a cuatro patas y se arrastró por la abertura. Las ramas le arañaron la cara. No le hizo tanto daño como le devolvió a una época más inocente.

Al salir por el otro lado, en el antiguo patio de los Seiden, se preguntó si seguirían viviendo allí. Tuvo la respuesta inmediatamente.

La señora Seiden estaba en el patio. Llevaba un delantal y guantes de jardinería.

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