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¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]

Электронная книга - «¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva e hilarante entrega de Mundodisco, Terry Pratchett nos presenta a un nuevo grupo de personajes que viven en Ankh-Morpork. Bueno, viven..., digamos que moran o habitan, que ya se sabe que en Ankh-Morpork el único que vive es el patricio… La guardia (turno de noche) está formada por un grupo de hombres rudos, con alguna debilidad de carácter, de acuerdo, que se entregan con aplomo a su trabajo y hacen frente sin temor a un cúmulo de situaciones peligrosas.
Pese a algunos contratiempos, los miembros de la guardia (turno de noche) se las venían apañando para mantener la ley y el orden… Hasta que empezaron los problemas… Varios a la vez.
El primero, de carácter interno, lo constituyó la llegada del joven Zanahoria. Había algo muy extraño en ese chico, y no era sólo su estatura o el hecho de que se hubiese ofrecido voluntario… Tenía una extraña fijación con las ordenanzas, y no sólo parecía sabérselas de memoria sino que se empeñaba en hacerlas cumplir al pie de la letra. Así, un buen día detiene al ilustre presidente del Gremio de Ladrones acusándole de ser, eso, el presidente del Gremio de Ladrones…
Por si fuera poco, Ankh-Morpork empieza a sufrir los ataques de un dragón que nadie sabe de dónde puede haber salido, pues esos feroces e inteligentes animales se creían extinguidos desde hacía muchísimo tiempo. (No, la variedad doméstica de dragones del pantano no puede tenerse en cuenta aquí.) Lo peor del caso es que no parece haber ningún héroe a mano que pueda encargarse del dragón, y ¿a quién le va a tocar hacerse cargo de la situación…?
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—Le vi la nariz desde aquí —dijo el capitán Vimes, embobado. Consiguió enfocar la vista y mirar el rostro preocupado del sargento—. ¿Adonde ha ido? —quiso saber.

Colon señaló hacia el otro lado de la calle.

Vimes contempló la forma que se alejaba sobre los tejados.

—¡Sigámoslo! —ordenó.

El cuerno sonó de nuevo.

Había más gente que corría hacia la plaza. El dragón los precedía como un tiburón hacia su presa, moviendo la gigantesca cola de un lado a otro de la calle.

—¡Un chalado va a luchar contra el dragón! —exclamó Nobby.

—Ya sabía yo que alguien lo intentaría tarde o temprano —suspiró Colon—. Pobre tipejo, lo va a asar dentro de su propia armadura.

La mayor parte de la multitud que bordeaba la plaza parecía compartir esta opinión. Los habitantes de Ankh-Morpork tenían un excelente olfato para la diversión, y no se andaban con rodeos: aunque deseaban ver morir al dragón, también se conformarían con ver a alguien cocido vivo en su propia armadura. No todos los días se puede ver a alguien cocido vivo en su propia armadura. Sería algo para contar a los nietos.

Vimes recibió los empujones de la multitud cuando más gente empezó a llegar a la plaza tras ellos.

El cuerno lanzó su tercer desafío.

—Es un cuerno de metal —explicó Colon con voz de entendido—. Como uno de rebato, pero el sonido es más profundo.

—¿Seguro? —dudó Nobby.

—Sí.

—¿Y qué bicho tiene cuernos de metal?

—¡Cacahuetes! ¡Higos! ¡Salchichas calientes! —aulló una voz tras ellos—. Hola, muchachos. ¡Hola, capitán Vimes! A ver el espectáculo, ¿eh? Tome una salchicha. Invita la casa.

—¿Qué está pasando, Ruina? —dijo Vimes, apretándose contra la bandeja del vendedor cuando recibió todavía más empujones.

—Ha llegado un chico a caballo, y dice que va a matar al dragón —explicó Y-Voy-A-La-Ruina—. También dice que tiene una espada mágica.

—¿Tiene una piel mágica?

—Qué poco romántico, capitán —replicó Ruina.

Sacó un tenedor extremadamente caliente de la sartén que llevaba en la bandeja, y lo aplicó al trasero de una mujer muy corpulenta que tenía delante.

—Apártese, señora, el comercio es la vida de la ciudad. Gracias, muchas gracias. Por supuesto —continuó—, para hacer las cosas como es debido, debería haber una doncella encadenada a una roca. Pero la tía se negó. Eso es lo malo de algunas personas, no respetan las tradiciones. Además, ese chico dice que es el legítimo aireadero del trono.

Vimes sacudió la cabeza. Desde luego, el mundo se estaba volviendo loco a su alrededor.

—Ahí me he perdido —dijo.

—Aireadero —repitió Ruina con paciencia—. Ya sabes, el aireadero del trono.

—¿Qué trono?

—El trono de Ankh.

¿ Qué trono de Ankh?

Ya sabes, los reyes y todo eso. —Ruina parecía preocupado—. Me gustaría saber cómo demonios se llama —dijo—. He hecho un pedido de jarras de coronación a ígneo, el troll, y va a ser muy molesto tener que pintarles a todas el nombre al final. ¿ Le reservo un par de ellas, capitán? Por ser usted, a noventa peniques, y voy a la ruina.

Vimes se dio por vencido, y retrocedió entre la multitud utilizando a Zanahoria como faro para orientarse. El muchacho sobresalía entre la multitud, y el resto del grupo se había aferrado a él.

—Todo el mundo se ha vuelto loco —gritó—. ¿ Qué está pasando, Zanahoria?

—Hay un chico a caballo en el centro de la plaza —respondió éste—. Tiene una espada muy brillante. Pero, por ahora, no hace gran cosa.

Vimes se acercó a lady Ramkin.

—Reyes —jadeó—. Reyes de Ankh. Y tronos. ¿Hay de eso?

—¿Qué? Ah, sí. Bueno, los hubo —respondió la dama—. ¿Por qué lo pregunta?

—¡Ese chico dice que es el heredero del trono!

—Es cierto —asintió Ruina, que había seguido a Vimes con la esperanza de venderle algo—. Ha hecho un discurso diciendo que iba a matar al dragón, expulsar a los usurpadores y desfacer todos los entuertos. Todo el mundo le aplaudió. Salchichas calientes, dos por un dólar, de puerco auténtico. ¿Por qué no invitan a la señora?

—¿No querrá decir «cerdo», amigo? —preguntó Zanahoria, examinando los brillantes cilindros.

—Es una manera de hablar, es una manera de hablar —replicó Ruina rápidamente—. Digamos que son derivados. Pero auténticos derivados.

—En esta ciudad todo el mundo aplaude a cualquiera que haga un discurso —gruñó Vimes—. ¡Eso no quiere decir absolutamente nada!

—¡Compren salchichas, cinco por dos dólares!

—exclamó Ruina, que nunca permitía que una conversación se interpusiera en el camino de los negocios—. Puede que eso de la monarquía sea bueno para las ventas. ¡Salchichas de puerco! ¡Salchichas de puerco! ¡En panecillo! Y lo de desfacer los entuertos también parece buena idea. ¡Con cebollas!

—¿Puedo ofrecerle una salchicha caliente, señora?

—preguntó Nobby.

Lady Ramkin miró la bandeja que Ruina llevaba colgada del cuello. Miles de años de buena educación acudieron en su ayuda, y sólo había un atisbo de espanto en su voz cuando respondió.

—Vaya, tienen buena pinta. Qué excelentes… alimentos.

—¿Las hacen los monjes de alguna montaña mística? —quiso saber Zanahoria.

Ruina le dirigió una mirada extrañada.

—No —replicó con paciencia—. Las hacen puercos.

—¿Qué entuertos? —lo apremió Vimes—. Venga, explícate. ¿Qué entuertos va a desfacer?

—Bueeeno… —titubeó Ruina—. Yo creo que, por ejemplo, los impuestos. Eso está mal, para empezar.

Tuvo la honradez de enrojecer un poco. En el mundo de Ruina, los impuestos eran algo que les sucedía a otras personas.

—Es verdad —intervino una mujer que estaba cerca—. Y el tejado de mi casa está lleno de goteras, y el casero se niega a arreglarlo. Eso es un entuerto.

—Y la calvicie prematura —aportó el hombre que estaba ante ella—. Eso también es un entuerto. Vimes se quedó boquiabierto.

—Ah. Los reyes pueden curar eso, ya sabéis —dijo otro experto protomonárquico.

—Pues ya que hablamos de eso —dijo Ruina mientras rebuscaba entre sus paquetes—, me queda un frasco de este asombroso ungüento, hecho… —Miró a Zanahoria—. Hecho por los monjes de una montaña mística…

—Y no pueden responder, ¿sabes? —siguió el monárquico—. En eso se les nota que son regios. Incapaces, como lo oís. Tiene que ver con la regiedad.

—Qué cosas —dijo la mujer de las goteras.

—Y está lo del dinero. —El monárquico disfrutaba con tanta atención—. Nunca llevan dinero. Por eso se sabe que son reyes.

—¿Por qué? No pesa tanto —dijo el hombre cuyos restos de cabello se extendían sobre la cúpula de su cabeza como los últimos soldados de un ejército vencido—. Yo no puedo llevar encima cien dólares sin problema.

—Debe de ser que a los reyes se les ponen débiles los brazos —intervino la mujer, sensata—. De tanto saludar, digo yo.

—Siempre he pensado —siguió el monárquico, que había sacado una pipa y la estaba llenando con el aire serio de quien se dispone a dar una conferencia—, que uno de los peores problemas de ser rey es tener una hija que se pinche.

Hubo una pausa.

—Y se quede dormida cien años —añadió, impasible.

—Ah —suspiraron los demás, aliviados.

—Y también está lo de dormirse encima de guisantes.

—Debe de ser muy molesto —dijo la mujer, insegura.

—Claro, y es que siempre tienen que poner guisantes en la cama.

—Debajo de cien colchones, que es lo peor.

—Seguro.

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