¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]
- Автор: Пратчетт Теренс Дэвид Джон
- Год: 1993
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1720-0
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]». Краткое содержание книги:
Pese a algunos contratiempos, los miembros de la guardia (turno de noche) se las venían apañando para mantener la ley y el orden… Hasta que empezaron los problemas… Varios a la vez.
El primero, de carácter interno, lo constituyó la llegada del joven Zanahoria. Había algo muy extraño en ese chico, y no era sólo su estatura o el hecho de que se hubiese ofrecido voluntario… Tenía una extraña fijación con las ordenanzas, y no sólo parecía sabérselas de memoria sino que se empeñaba en hacerlas cumplir al pie de la letra. Así, un buen día detiene al ilustre presidente del Gremio de Ladrones acusándole de ser, eso, el presidente del Gremio de Ladrones…
Por si fuera poco, Ankh-Morpork empieza a sufrir los ataques de un dragón que nadie sabe de dónde puede haber salido, pues esos feroces e inteligentes animales se creían extinguidos desde hacía muchísimo tiempo. (No, la variedad doméstica de dragones del pantano no puede tenerse en cuenta aquí.) Lo peor del caso es que no parece haber ningún héroe a mano que pueda encargarse del dragón, y ¿a quién le va a tocar hacerse cargo de la situación…?
Los guardias estaban borrachos. Al menos, dos de los tres guardias estaban borrachos. Habían convencido a Zanahoria para que probara una cerveza con jengibre, y no le había gustado mucho. Además, no se sabía las canciones, y los trozos que llegaba a aprender no los entendía.
—Ah, ya entiendo —decía de cuando en cuando—. Es un juego de palabras, ¿no?
—¿Sabes? —empezó Colon, contemplando las nieblas espesas que casi cubrían el Ankh—. En momentos como éste es cuando me gustaría que el pobre…
—No lo digas —le advirtió Nobby, con la lengua algo empastada—. Tú estuviste de acuerdo en que no hablaríamos de eso, no sirve de nada.
—Esta era su canción favorita —suspiró Colon con tristeza—. Era un buen tenor.
—Vamos, sargento…
—Buen tipo, el pobre Gaskin.
—No pudimos evitarlo —dijo Nobby, ceñudo.
—Sí que pudimos —replicó Colon—. Deberíamos haber corrido más.
—¿Qué sucedió? —quiso saber Zanahoria.
—Murió en el cumplimiento de su deber —le explicó Nobby.
—Se lo dije —insistió Colon, echando un trago de la botella que llevaban para que les hiciera compañía—. Se lo dije. Ve más despacio, le dije. Te va a pasar algo, le dije. No sé qué le dio para echar a correr de esa manera.
—Para mí, la culpa la tuvo el Gremio de Ladrones —dijo Nobby—. No se puede permitir que esa gente vaya por las calles…
—Fue ese tipo que vimos robando una noche —siguió Colon con tristeza—. ¡Y ante nuestras propias narices! Y el capitán Vimes dijo, Vamos, y echamos a correr, pero lo importante es no correr demasiado, claro. Si no, puedes alcanzar a la gente. Eso causa un montón de problemas.
—No les gusta —asintió Nobby.
Se oyó un trueno. La lluvia seguía cayendo.
—No les gusta —asintió Colon—. Pero a Gaskin se le olvidó, echó a correr, dobló la esquina… y aquel tipo no estaba solo, iba con un par de amigos…
—Fue el corazón —suspiró Nobby.
—Bueno. Pues eso —dijo Colon—. El capitán Vi-mes se quedó hecho polvo. En la Guardia no debes correr demasiado, chico —añadió dirigiéndose a Zanahoria—. Se puede ser un guardia rápido o un guardia viejo, pero no las dos cosas. Pobre Gaskin, pobre.
—Las cosas no deberían ser así —señaló el muchacho. Colon bebió otro trago de la botella.
—Pues son así —dijo.
La lluvia le tamborileaba sobre el casco y le corría por el rostro.
—Pero no deberían serlo.
—Pero lo son.
Había otras mentes inquietas en la ciudad. Una de ellas pertenecía al bibliotecario.
El sargento Colon le había dado una placa. El bibliotecario se dedicó a darle vueltas y más vueltas entre sus manos grandes, gentiles.
No le molestaba que la ciudad tuviera un rey de repente. Los orangutanes son tradicionalistas por naturaleza, y no se puede tener nada más tradicional que un rey. Pero también les gustan las cosas claras y limpias, y aquello no era limpio. O quizá era demasiado limpio. La verdad y la realidad nunca eran tan limpias. Los herederos del trono no crecen de los árboles, y él lo sabía mejor que nadie.
Además, nadie se dedicaba a buscar su libro. Así eran las prioridades humanas.
El libro era la clave de todo. De eso estaba seguro. Bueno, había una manera de averiguar qué ponía en aquel libro. Era una manera peligrosa, pero el bibliotecario vivía siempre al borde del peligro.
En el silencio de la biblioteca dormida, abrió su escritorio y sacó de uno de los rincones más remotos una pequeña lámpara, cuidadosamente diseñada para evitar que la llama quedara en ningún momento al descubierto. Cuando hay tanto papel alrededor, todas las precauciones son pocas.
Cogió también una bolsa de cacahuetes y, después de pensarlo un momento, un gran rollo de cordel. Cortó un trozo de cordel y lo usó para colgarse la placa del cuello, a modo de talismán. Luego, ató un extremo del ovillo a la pata del escritorio y, tras concentrarse un instante, echó a andar entre las estanterías, mientras el cordel se desenroscaba tras él.
El conocimiento equivale al poder…
El cordel era muy importante. Tras un rato, el bibliotecario se detuvo. Concentró todos los poderes de su profesión.
El poder equivale a energía…
A veces, la gente era idiota. Pensaban que la biblioteca era un lugar peligroso por culpa de los libros mágicos, cosa que era cierta. Pero lo que la convertía de verdad en uno de los lugares más peligrosos del mundo era el hecho de ser una biblioteca.
La energía equivale a materia…
Se metió por el pasillo formado por dos estanterías, que aparentemente no medía más allá de un par de metros, y caminó por él a buen paso durante media hora.
La materia equivale a masa.
Y la masa distorsiona el espacio. Lo distorsiona en un Espacio-B polifractal.
Así que, aunque el sistema Dewey tiene sus puntos elogiables, cuando buscas algo entre los pliegues multidimensionales del Espacio-B lo que de verdad necesitas es una bobina de cordel.
Ahora la lluvia se estaba empleando a fondo. Rebotaba contra las losas de la Plaza de las Lunas Rotas, se acumulaba aquí y allá, corría arrastrando banderines y botellas rotas, así como alguna que otra cena regurgitada. Seguían sonando los truenos, y el aire olía a fresco, a verde. Unos cuantos jirones de niebla del Ankh rondaban por las calles. Pronto amanecería.
Las pisadas de Vimes resonaban húmedas contra los edificios circundantes cuando cruzó la plaza. El chico se había bajado del caballo en aquel punto exacto.
Escudriñó los edificios entre la niebla para situarse mejor. Así que el dragón había planeado sobre este…, dio unos pasos… sobre este punto exacto.
—Y aquí —murmuró Vimes—, es donde lo mató.
Rebuscó algo en sus bolsillos. Llevaba todo tipo de cosas: llaves, trocitos de cuerda, corchos… Por fin, encontró una tiza.
Se arrodilló. Errol se bajó de su hombro y empezó a inspeccionar los restos de la celebración. Vimes había advertido que siempre lo olfateaba todo antes de comérselo. Era extraño, porque al final se lo comía, fuera lo que fuera.
La cabeza de la bestia había estado, a ver, aquí.
Caminó hacia atrás, dibujando con tiza sobre las losas, moviéndose lentamente por la plaza desierta como si avanzara por un laberinto. Aquí un ala, curvándose hacia atrás en dirección a una cola que llegaba hasta aquí, ahora el otro lado, el otro costado…
Cuando terminó, se situó en el centro del dibujo y pasó las manos sobre las piedras. Se dio cuenta de que casi había esperado notarlas calientes.
Debería haber quedado algo. No sabía muy bien qué, oh, quizá algo de grasa, o por ejemplo unos trocitos de pulmones fritos de dragón.
—¿Sabes lo que creo? —le dijo Vimes—. Creo que se fue a alguna parte.
El trueno retumbó de nuevo.
—Vale, vale —murmuró—. No era más que una idea, nada tan teatral.
Errol se detuvo a medio mordisco.
Muy despacio, como si funcionara gracias a un engranaje perfectamente engrasado, el dragoncito giró la cabeza hacia arriba.
Lo que contemplaba con tanta atención era una zona de cielo desierto. No se podía decir mucho más.
Vimes se estremeció bajo su capa. Aquello era una tontería.
—Oye, no pongas esa cara —dijo—. Ahí arriba no hay nada.
Errol empezó a temblar.
—No es más que la lluvia —insistió Vimes—. Venga, termínate la botella. Mmm, qué botella tan rica, vamos, come.