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¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]

Электронная книга - «¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva e hilarante entrega de Mundodisco, Terry Pratchett nos presenta a un nuevo grupo de personajes que viven en Ankh-Morpork. Bueno, viven..., digamos que moran o habitan, que ya se sabe que en Ankh-Morpork el único que vive es el patricio… La guardia (turno de noche) está formada por un grupo de hombres rudos, con alguna debilidad de carácter, de acuerdo, que se entregan con aplomo a su trabajo y hacen frente sin temor a un cúmulo de situaciones peligrosas.
Pese a algunos contratiempos, los miembros de la guardia (turno de noche) se las venían apañando para mantener la ley y el orden… Hasta que empezaron los problemas… Varios a la vez.
El primero, de carácter interno, lo constituyó la llegada del joven Zanahoria. Había algo muy extraño en ese chico, y no era sólo su estatura o el hecho de que se hubiese ofrecido voluntario… Tenía una extraña fijación con las ordenanzas, y no sólo parecía sabérselas de memoria sino que se empeñaba en hacerlas cumplir al pie de la letra. Así, un buen día detiene al ilustre presidente del Gremio de Ladrones acusándole de ser, eso, el presidente del Gremio de Ladrones…
Por si fuera poco, Ankh-Morpork empieza a sufrir los ataques de un dragón que nadie sabe de dónde puede haber salido, pues esos feroces e inteligentes animales se creían extinguidos desde hacía muchísimo tiempo. (No, la variedad doméstica de dragones del pantano no puede tenerse en cuenta aquí.) Lo peor del caso es que no parece haber ningún héroe a mano que pueda encargarse del dragón, y ¿a quién le va a tocar hacerse cargo de la situación…?
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—¿Te encuentras bien, capitán? —se interesó Colon, preocupado.

—¡Claro! ¡Perfectamente! ¡Démosle la bienvenida a la guardia! —rugió Vimes, recorriendo la habitación a grandes zancadas—. ¡Genial! Al fin y al cabo, nos tratan como a animales, no sé por qué no vamos a tener mon…

La mano del sargento tapó respetuosamente la boca de Vimes.

—Eh…, sólo hay un problema, capitán —dijo Colon con tono apremiante a los ojos atónitos de Vimes—. No uses jamás esa palabra que empieza por «M». Se vuelve loco. No lo puede evitar, señor, pierde el control. Es como un toro cuando ve un trapo rojo. Le puedes llamar «Simio», pero no la palabra que empieza por «M». Porque, cuando se enfada, no se limita a poner mala cara e irse a un rincón, señor, no sé si me explico. Aparte de eso no da ningún problema. De verdad. Sólo hay que tener cuidado de no decir mono. Oh mierda.

Los Hermanos estaban nerviosos.

Los había oído hablar. Las cosas iban demasiado deprisa para ellos. Pensaba que los había guiado a la conspiración poco a poco, sin proporcionarles más verdad de la que sus diminutos cerebros podían soportar, pero era obvio que los había sobreestimado. Allí hacía falta una mano firme. Firme, pero justa.

—Hermanos —dijo el Gran Maestro Supremo—, ¿están bien enfiladas las Gargantillas de la Veracidad?

—¿Qué? —se sorprendió el Hermano Vigilatorre—. Ah. Las Gargantillas. Enfiladas. Claro.

—Y los Martílleles de Solicitación, ¿han sido adecuadamente entonados?

El Hermano Revocador se sobresaltó con gesto de culpabilidad.

—¿Yo? ¿Qué? Ah. Bien, sin problemas. Entonados a tope. Sí.

El Gran Maestro Supremo hizo una pausa.

—Hermanos —empezó, con suavidad—, estamos muy cerca. Sólo una vez más. Sólo unas pocas horas. Una vez más, y el mundo es nuestro. ¿Lo comprendéis, Hermanos?

El Hermano Revocador dio unas pataditas al suelo.

—Bueno… —dijo—. Sí, claro. Por supuesto. No te preocupes por eso. Estamos contigo al ciento diez por ciento…

Va a decir pero, pensó el Gran Maestro Supremo.

—… pero… Ah.

—… yo…, es decir, nosotros, estamos algo… extraños, de veras, te sientes muy raro después de invocar a un dragón, no sé si me entiendes, como…

—Como lavados —aportó el Hermano Revocador.

—Sí, es como si… —El Hermano Vigilatorre peleó con las complicaciones de la comunicación—. Como si nos estuviera sacando algo…

—Como si nos secara —dijo el Hermano Revocador.

—Eso, como ha dicho éste, y nosotros…, bueno, quizá sea un poco arriesgado…

—Nos sentimos como si las criaturas del más allá nos estuvieran sacando trozos del cerebro —concluyó el Hermano Revocador.

—A mí me da unas jaquecas terribles —asintió impotente el Hermano Vigilatorre—. Y nos estábamos preguntando, ya sabes, esas cosas sobre el equilibrio cósmico y todo eso, porque bueno, no sé si te acuerdas de lo que le pasó al pobre Yonidea. Quizá fue una especie de venganza. No sé.

—No fue más que un cocodrilo rabioso que se escondió en su cama —replicó el Gran Maestro Supremo—. Podría haberle pasado a cualquiera. Pero no os preocupéis, comprendo cómo os sentís.

—Ah, ¿sí? —se asombró el Hermano Vigilatorre.

—Sí. Es de lo más natural. Todos los grandes magos se sienten un poco inquietos después de hacer una obra tan importante como ésta.

Los Hermanos se crecieron un poco. Grandes magos. Ellos eran grandes magos. Y tanto.

—Pero en pocas horas todo habrá terminado, y estoy seguro de que el rey nos recompensará generosamente. Nos aguarda un futuro glorioso.

Aquello solía funcionar. Pero esta vez no parecía suficiente.

—Pero el dragón… —empezó el Hermano Vigilatorre.

—¡No habrá ningún dragón! ¡No lo necesitamos para nada! Mira —dijo el Gran Maestro Supremo—, todo es muy sencillo. El chico traerá una espada maravillosa. Todo el mundo sabe que los reyes tienen espadas maravillosas.

—¿Será esa espada maravillosa de la que nos has estado hablando? —lo interrumpió el Hermano Revocador.

—En cuanto toque al dragón —le aseguró el Gran Maestro Supremo—, ¡la bestia….pumba!

Sí, es lo que suele pasar —asintió el Hermano Portero—. Una vez, mi tío dio una patada a un dragón de pantano. Se lo encontró mordisqueando sus calabazas. El maldito bicho casi le voló las piernas.

El Gran Maestro Supremo suspiró. Unas cuantas horas más, sí, y se acabaría todo aquello. Lo único que no había decidido era si los dejaría por su cuenta y riesgo (al fin y al cabo, ¿quién iba a creer lo que dijeran?) o si enviaría a la Guardia a arrestarlos por ser irremediablemente imbéciles.

—No —dijo con paciencia—. Quiero decir que el dragón desaparecerá. Lo enviaremos de vuelta a su lugar. Se acabará el dragón.

—¿No sospechará nada la gente? —preguntó el Hermano Revocador—. ¿No esperarán ver trocitos de dragón por todas partes?

—No —replicó el Gran Maestro Supremo, triunfal—. ¡Porque un solo golpe de la Espada de la Verdad y la Justicia destruirá por completo al Engendro del Mal!

Los Hermanos lo miraron.

—Bueno, eso es lo que creerá la gente —añadió—. También podemos crear un poco de humo místico para ese momento.

—Claro, el humo místico está tirado —asintió el Hermano Dedos.

—Entonces, ¿no habrá trocitos? —quiso saber el Hermano Revocador, algo decepcionado. El Hermano Vigilatorre carraspeó.

—No sé si la gente se lo creerá —dijo—. Me parece demasiado limpio.

—Escuchad —rugió el Gran Maestro Supremo—, ¡aceptarán lo que sea! ¡Lo verán con sus propios ojos! La gente estará tan deseosa de que el chico venza al dragón, que ni siquiera lo pensarán dos veces! ¡Podéis estar seguros! Ahora… empecemos…

Se concentró.

Sí, era más fácil. Cada vez era más fácil. Podía sentir las escamas, la rabia del dragón cuando llegó al lugar a donde fueron los dragones y empezó a controlarlo.

Aquello era poder. Y le pertenecía.

—Aay —gimió el sargento Colon.

—No sea blandengue —replicó lady Ramkin alegremente, aplicando las vendas con las manos hábiles de muchas generaciones de señoras Ramkin—. Si casi no le ha tocado.

—Además, el pobre lo lamenta mucho —añadió Zanahoria—. Venga, dile al sargento cuánto lo sientes. Díselo.

—Oook —dijo el bibliotecario, contrito.

—¡No dejéis que me dé un beso! —aulló Colon.

—¿Crees que coger a alguien por los tobillos y golpearle repetidamente la cabeza contra el suelo es una violación de la regla sobre Agresiones a un Oficial Superior? —quiso saber Zanahoria.

—Yo, personalmente, no pienso presentar cargos —se apresuró a aclarar el sargento.

—¿Podemos continuar? —preguntó Vimes, impaciente—. Queremos saber si Errol puede olfatear algún rastro y llevarnos hasta la madriguera del dragón. Lady Ramkin dice que vale la pena intentarlo.

—¿Se refiere a que, para atrapar a un ladrón, cava un agujero bien hondo y pone en el fondo estacas afiladas, minas explosivas, cuchillas giradoras propulsadas por agua, cristales rotos y escorpiones, capitán? —titubeó el sargento—. ¡Aay!

—Sí, no nos interesa que desaparezca el rastro. Deje de ser crío, sargento.

—Perdone el atrevimiento, señora, pero me gustaría felicitarla por la excelente idea de utilizar a Errol —dijo Nobby mientras el sargento se ponía colorado bajo las vendas.

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