El Beso Perfecto
- Автор: Ridgway Christie
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Beso Perfecto». Краткое содержание книги:
Jilly Skye no es la mujer que más le conviene… ¡pero le parece tan terriblemente sexy! Está claro que ambos se sienten atraídos, aunque a Jilly no acaba de convencerla el aire anticuado de Rory.
Pero cuando son pillados en una situación, digamos «comprometida», Jilly accede a hacerse pasar por su novia, al menos hasta que la reputación del muchacho vuelva a ser honorable. Grave error: pues Cupido anda suelto repartiendo sus flechas… Un apuesto millonario y una mujer terriblemente sexy, ¿quién da más?
– Cariño… -susurró Rory con voz seductora y ronca-. Déjame.
Jilly no lo soltó, pero en su mente vio la imagen de sor Bernadette frente a la pizarra verde, con el hábito arremolinado a la altura de los tobillos y los zapatos ortopédicos negros al descubierto. «Debéis impedirlo, es lo que quieren los chicos malos», insistía la severa monja.
Jilly tragó saliva y tuvo la sensación de que el corazón estaba a punto de escapársele del pecho. Sor Bernadette nunca había explicado cómo había que comportarse si también la chica buena quería. Lo quería desesperadamente, con cada latido de su corazón y cada estremecimiento palpitante del ardor que notaba entre las piernas. Supo que debía impedir que Rory le tocase los pechos porque…
Kincaid volvió a besarla con labios ardientes, suaves y húmedos.
Debía impedirlo porque… No sabía por qué.
Rory levantó la cabeza y musitó con la respiración entrecortada:
– Por favor, cariño, ahora no seas pudorosa.
«Pudorosa… sor Bernadette…»
– No. -Jilly se apartó y se situó fuera de su convincente alcance. Había hecho votos, votos casi monjiles, y sabía que si Rory le acariciaba los pechos se olvidaría totalmente de lo que había prometido. Desde el primer momento ese hombre había sacado lo peor que había en ella-. Lo siento, pero no.
Desesperada por alejarse, Jilly se volvió y buscó a tientas el picaporte de la puerta de la galería.
– Jilly… -Kincaid avanzó hacia ella.
– ¡No!
Finalmente Jilly dio con el picaporte, lo accionó, entró en la galería y se perdió en medio del gentío.
Rory se detuvo en la puerta de un vestidor de grandes dimensiones y contempló la deliciosa vista de un trasero perfectamente redondo cubierto por una tela de algodón bordado. Apretó los dientes cuando Jilly se inclinó para recoger una percha que había caído a sus pies.
– Ah, estás aquí -comentó Kincaid. La joven lanzó un chillido, saltó medio metro y cayó de rodillas.
Rory se cruzó de brazos y no se sintió ni remotamente culpable por haberla asustado. En el pasado la habitación había sido de su padre y, vestidor incluido, contaba con una gruesa moqueta. Además, una ligera incomodidad no era nada en comparación con lo que Jilly le había hecho. Hacía tres noches la joven lo excitó hasta límites inimaginables, tanto que tuvo que pasar un cuarto de hora bajo el aire fresco de la noche para recuperar el control.
Ese rato bastó para que Jilly escapase.
Por otro lado, no le sirvió para recobrar la sensatez, ya que estaba firmemente empeñado en volver a estrecharla entre sus brazos.
Cuando por fin se serenó lo suficiente y regresó a la galería, el fogonazo de la cámara de un fotógrafo le permitió recobrar los cabales. ¡Dios, se habían salvado por los pelos de convertirse nuevamente en material de la prensa sensacionalista! De haber podido acceder a los impresionantes pechos de Jilly, sin duda le habría levantado la falda recta y la habría penetrado allí mismo, junto a la condenada pared de estuco.
De esa forma Celeb! on TV habría tenido un espectacular aumento de los índices de audiencia.
Y lo habría hecho caer tan bajo como a su abuelo y a su padre. Semejante idea le resultó repugnante. Lo que menos le apetecía era que Jilly se viese nuevamente comprometida.
Mientras Rory la observaba, la muchacha se liberó de varias prendas de seda revueltas que se encontraban en el suelo del vestidor y se puso en pie. Se volvió lentamente y lo miró con expresión cautelosa y curiosidad gatuna.
– ¿Qué quieres? -preguntó Jilly.
Rory sabía que era ella a quien quería… porque bajo aquellos ojos muy abiertos se acumulaba suficiente dinamita sexual como para hacer saltar por los aires esa monstruosidad llena de fantasmas, razón por la cual no podía permitirse acercarse a ella, existiera o no compromiso.
Kincaid suspiró.
– En cuanto te vi supe que me traerías problemas.
La nube plomiza que se cernía sobre él no dejó de oscurecerse porque, a pesar del riesgo de que entre ellos se produjese una explosión, tenía que pedirle un favor.
Jilly se replegó en el vestidor y se mordisqueó el labio inferior. Rory volvió a suspirar y acortó distancias. El vestidor estaba bien iluminado y percibió la respiración agitada y nerviosa de la joven cuando su pecho subió y descendió bajo la camisa de algodón bordada. Ella hizo un ademán distraído y varias prendas colgadas en la barra se balancearon.
– Me parece… Creo que esta mañana a primera hora tendría que haber hablado contigo.
Sin dejar de disfrutar de la evidente incomodidad de Jilly, Rory enarcó las cejas y apoyó el hombro en el marco de la puerta del vestidor.
– Soy todo oídos.
Ella volvió a mover las manos.
– Deberíamos hablar sobre lo que ocurrió la otra noche -propuso Jilly. A Rory le pareció buena idea, pues no había reflexionado sobre la reacción de la muchacha tras huir de él. De pronto se dio cuenta de que estaba agitada y nerviosa. Jilly añadió-: Lo siento.
Rory repitió para sus adentros que Jilly lo sentía y meditó sobre esas palabras. Le parecía bien que lo sintiera, tal vez incluso le permitiría sacar partido de la situación, que era algo que necesitaba desesperadamente, sobre todo porque era imprescindible que accediese a hacerle un favor.
– ¿Qué es lo que…?
El diálogo se interrumpió a causa de los gritos y el estrépito procedentes del pasillo situado al otro lado de la habitación. Greg, Iris, la señora Mack y Dios sabe quién más correteaban por esa ala de la casa y pronunciaban el nombre de aquella maldita artista de la fuga: la chinchilla Beso.
Rory masculló algo ininteligible, entró en el vestidor y entornó la puerta para amortiguar los ruidos del grupo que buscaba al animal.
– ¿Qué es lo que lamentas?
Titubeante, Jilly volvió a mordisquearse el labio inferior, por lo que Rory tuvo tiempo de examinar el estrafalario atuendo vintage que llevaba aquel día. Los vaqueros acampanados llevaban bordados de temas naturales; tuvo que reconocer que eran espectaculares. Hacía tres décadas una joven con demasiado tiempo libre había bordado a mano árboles, flores y mariposas de colores vibrantes, por lo que la tela de los vaqueros era prácticamente invisible. Rory entornó los ojos y se corrigió: una joven con demasiado tiempo libre y un gran sentido del humor. Un árbol de hojas verdes trepaba por la pernera izquierda y una de las ramas se extendía hasta la parte delantera del pantalón. Era un manzano.
Una jugosa fruta roja estaba bordada de tal modo que colgaba sobre la parte inferior de la abertura de la cremallera, justo encima de la uve de los muslos de Jilly.
¡Por Dios!
– No tendría que habértelo permitido -declaró Jilly de repente.
La mirada de Rory pasó de la manzana al rostro de la joven y vio que se había sonrojado. Frunció el ceño.
– ¿A qué te refieres?
– A que me besaste. -Jilly volvió a titubear-. Y… ya lo sabes… contra la pared.
– Estoy totalmente de acuerdo. -Le resultó imposible abstenerse de esbozar una lenta sonrisa-. Habría sido muchísimo mejor sobre unas sábanas de raso negro.
Jilly abrió desmesuradamente los ojos.
– ¿Cómo dices? ¡Claro que no! -Pese a esas palabras, Rory se dio cuenta de que ella imaginaba la situación. Jilly se puso de todos los colores-. ¿De ra… de raso negro?
Era la criatura ideal para tumbarla sobre unas sábanas de raso negro. Rory imaginó la piel clara de la joven y sus pecas doradas en contraste con la sedosa oscuridad.
– Querida, deberías buscarte amantes más competentes. El raso negro te sienta indiscutiblemente de maravilla.
La joven continuó en silencio unos segundos y negó con la cabeza, como si se liberase de una fantasía.
– No es eso, no lo entiendes. Intento decir que de ninguna manera quiero realizar esa clase de actividades. No es justo.