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Электронная книга - «El Beso Perfecto». Краткое содержание книги:

El apuesto Rory Kincaid provoca que los hombres hablen de él… y que las mujeres se desmayen a su paso. Después de estar fuera de circulación por los escándalos de su familia, especialmente los de su padre y su abuelo, que entre ambos suman once viudas, ha decidido volverse respetable.
Jilly Skye no es la mujer que más le conviene… ¡pero le parece tan terriblemente sexy! Está claro que ambos se sienten atraídos, aunque a Jilly no acaba de convencerla el aire anticuado de Rory.
Pero cuando son pillados en una situación, digamos «comprometida», Jilly accede a hacerse pasar por su novia, al menos hasta que la reputación del muchacho vuelva a ser honorable. Grave error: pues Cupido anda suelto repartiendo sus flechas… Un apuesto millonario y una mujer terriblemente sexy, ¿quién da más?
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– Yo también tengo sed -dijo Jilly, y retrocedió.

Rory se acercó a ella y le cogió un mechón de pelo.

– No tan rápido, guapetona.

Suave pero firmemente, Kincaid se acercó centímetro a centímetro.

A Jilly se le disparó el corazón, que pareció ponerse a bailar bossa nova en su pecho. Rory no era el tipo de hombre a quien le gustaba hacer el ridículo y temió que sospechase que eso era exactamente lo que ella se proponía.

¡Tal vez podría distraerlo con ese movimiento de cruzar los brazos que le subía los pechos! No hubo suerte, la formación de sor Bernadette le impidió llevar a cabo una maniobra tan descarada y traidora. No le quedó más remedio que prepararse para afrontar las consecuencias… fueran las que fuesen.

De repente algo hizo que Rory desviase su atención. Miró por encima de la cabeza de la joven y su expresión de contrariedad no tardó en trocarse en desconcierto. Distraído, soltó el mechón de pelo y Jilly aprovechó la situación para replegarse. ¡Salvada por la campana!

Eso fue lo que pensó… hasta que se dio la vuelta para ver a qué o a quién tenía que agradecérselo. ¡A Kim!

– ¿De dónde conozco a esa mujer? -preguntó Rory. Entrecerró los ojos y se rascó el mentón-. Me resulta muy familiar.

Los latidos del corazón de Jilly alcanzaron el ritmo del merengue. Era imposible… Sería desastroso que en ese momento Rory relacionase a Kim y a Iris. Era verdad que tarde o temprano todo saldría a la luz, pero para eso faltaba mucho. Saldría cuando Rory no estuviese irritado por su mentirijilla sobre la astróloga. Saldría cuando estuviesen en condiciones de sostener un diálogo sereno y racional sobre Iris y su custodia. Jilly deseaba que, cuando ocurriese, Rory ya la conociera, la apreciase y confiara en ella.

Evidentemente, ese no era el momento oportuno. Por lo tanto, ¿qué podía hacer para distraerlo?

Kincaid volvió a rascarse el mentón, por lo que Jilly centró su atención en su pícara boca de jeque en el oasis a medianoche.

¿Era capaz…? ¿Se atrevería…?

Experimentó un escalofrío que la recorrió de la cabeza a los pies. En realidad, era muy sencillo…

– Veamos, ¿quién…? -comenzó a decir Rory.

Jilly se puso de puntillas, se colgó del cuello de Rory y lo besó.

Capítulo 9

La boca de Rory quemó los labios de Jilly. La joven dejó escapar un suave gemido e intentó librarse de ese calor abrasador, pero Kincaid la sujetó firmemente. La manga de la camisa de seda de Rory rozó la piel de su espalda, ya que se le había subido el jersey.

Bruscamente la piel de Kincaid se separó de la suya. La cogió de los brazos, la apartó y masculló roncamente:

– Aquí no.

Convencida de que se había quemado, Jilly se tocó los labios con dedos temblorosos. Aspiró aire a bocanadas, pero el oxígeno se consumió rápidamente cuando Rory la aferró de la muñeca y la arrastró para cruzar la galería.

Con el rabillo del ojo pudo ver la dorada cabellera de Kim. Por suerte, su socia estaba lejos, en dirección contraria a la que había tomado Rory. Momentáneamente Jilly no supo por qué esa cuestión era tan importante, pero frunció el ceño y echó hacia atrás el brazo del que Rory tironeaba como si de una correa se tratase.

Kincaid se volvió.

– ¡No! -La paralizó con la mirada, que enseguida bajó hasta su boca-. Ni lo sueñes. Vendrás conmigo.

A Jilly le dio un vuelco el corazón. Pensó que debía resistirse, pero recordó el áspero calor de la boca de Rory, la forma astuta en la que ese calor se colaba por otras partes de su cuerpo y le proporcionaba una deliciosa calidez.

Rory tironeó nuevamente de ella y Jilly se dejó llevar. Se dijo que durante unos minutos se entregaría a ese impulso extraño y voluptuoso y que compartiría un beso, a lo sumo dos.

Rory ya le había dado tres besos cuando salieron. Jilly estaba tan mareada que le costaba respirar. Una suerte de intuición masculina había conducido infaliblemente a Kincaid hacia la puerta trasera de la galería. La abrió, hizo pasar a su acompañante y llegaron a la pequeña y solitaria zona de entregas. A renglón seguido la inmovilizó contra la pared de estuco y se dedicó a anular hasta el último de los pensamientos sensatos de la joven.

– Jilly… -susurró Rory, en tono tan tentador como si le contase un secreto-. Cariño, tienes que abrirte para mí.

En medio de la oscuridad casi absoluta, Rory parecía una sombra negra como la tinta. Aunque sus cuerpos apenas se tocaban, Jilly se sintió eróticamente encerrada; el estuco frío se pegaba a su espalda y la ardiente presencia de ese hombre rozó sus pezones.

– Ábrete para mí -insistió.

Jilly fue incapaz de pensar claramente y obedecer, por lo que preguntó desconcertada:

– ¿Te refieres a la puerta?

Rory apartó las manos apoyadas en la pared, a los lados de la cabeza de Jilly, y le cogió la cara.

– La boca, cariño, abre la boca.

– Ah…

Era cuanto Rory necesitaba. Le tocó la boca con los labios, con la suavidad de un beso infantil, e introdujo la lengua. La punta de su lengua tocó la de Jilly.

El cuerpo de la joven se estremeció.

Rory gimió, se apoyó en ella y la inmovilizó con su cuerpo abrasador. De repente a Jilly le flaquearon las rodillas. Esa lengua la recorría osadamente, por lo que volvió a estremecerse. Como si quisiera tranquilizarla, Rory le acarició las mejillas con los pulgares, pero ese contacto avivó el fuego desconocido que recorría su cuerpo.

La lengua de Rory abandonó su boca; Jilly deseó desesperadamente que volviera. El irresistible deseo la llevó a aplastarse contra su cuerpo espectacular.

Rory volvió a gemir y deslizó las manos hasta las caderas de Jilly. La estrechó contra su cuerpo y la inclinó. Su miembro inflamado presionó la uve de los muslos de Jilly, que se ruborizó. Rory volvió a hundir la lengua en la boca de la joven; el ardor de la piel de la muchacha no era nada en comparación con el fuego pecaminoso que corrió por sus venas o la humedad que súbitamente se deslizó entre sus muslos.

De pronto Jilly se dio cuenta de que gemía y tuvo que aferrarse a los hombros de Rory para no caer. Le clavó las uñas en los músculos tensos cuando Rory se deslizó por su boca con ritmo deliberado y la aplastó con las caderas.

Estremecida ante esa estimulación abrumadora, Jilly se entregó un poco más; abrió la boca y separó las piernas. La lengua de Rory volvió a penetrar en esos labios e introdujo una pierna entre las de ella. Su muslo tenso halló la fuente de la calidad humedad y presionó.

Jilly experimentó un potente escalofrío, su cabeza chocó contra la pared de estuco y el beso tocó a su fin.

– Tranquila, tranquila -musitó Rory. Mantuvo con el muslo esa deliciosa presión productora de cosquilleos al tiempo que con mucha delicadeza exploraba la nuca de la muchacha-. ¿Estás bien?

– Estoy mareada -reconoció Jilly, y notó cosquilleos de la cabeza a los pies: en las piernas, los brazos, el torso y el cerebro.

Kincaid rió suavemente.

– Querida, yo también.

Tras pronunciar esas palabras, Rory inclinó la cabeza y le besó el cuello.

Jilly volvió a gemir y se dio cuenta de que la succión y el calor de la boca de Rory y el roce del muslo entre sus piernas le impedían mantenerse quieta. Giró la cabeza hacia la pared para facilitarle el acceso; los labios de Rory continuaron su camino descendente y lamieron la piel que cubría la vena palpitante de su cuello.

Aquella lengua resultó ser muy lista y traviesa. Descendió un poco más y se dirigió hacia su canalillo. Los músculos de Jilly se tensaron y sus pezones se convirtieron en puntas más sensibles si cabe.

Rory presionó un poco más con el muslo, hizo estallar el cosquilleo desaforado que la joven experimentaba y dirigió la mano hacia el cuarto botón del jersey de Jilly.

Ella le cogió la mano. Ambos se sobresaltaron.

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