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Seduciendo A Mister Bridgerton

Электронная книга - «Seduciendo A Mister Bridgerton». Краткое содержание книги:

A sus veintiocho años, Penélope se ha resignado ya a convertirse en una solterona destinada a envejecer cuidando a su madre. Durante una década, ha asistido a todas las fiestas de la aristocracia londinense, y siempre ha sido la muchacha mediocre, callada, la que nadie saca a bailar más que por compromiso, la que pasa inadvertida para todos. También para Colin Bridgerton, hermano de la mejor amiga de Penélope, guapo, audaz, soltero de oro… y su amor platónico desde siempre. Para Colin, Penélope siempre ha estado ahí, simpática, agradable, pero casi invisible. ¿Cómo es posible que todo cambie de repente? Sin saber bien cómo, el menor de los Bridgerton descubre a una mujer inteligente, sensible, audaz… y muy atractiva. Durante años se han conocido casi como hermanos, y de repente se dan cuenta de que no saben nada el uno del otro. Pero no todo lo que descubrirán va a resultar tan placentero…
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"Sr. Bridgerton," ella murmuró, no sabiendo que más decir. ¿Qué decía una al hombre que recientemente había besado? Penelope ciertamente no tenía ninguna experiencia en aquella área. Sin mencionar la agregada complicación de la tormentosa salida de su casa una vez que se separaron.

"Yo había esperado…" comenzó Colin, luego se detuvo y frunció el ceño, alzando la vista hacia la tarima. ¿"Qué miran todos?"

"A Cressida Twombley tiene que hacer algún tipo de anuncio," dijo Lady Danbury.

La cara de Colin cambio de un ceño fruncido a uno vagamente enojado. "No puedo imaginar lo que ella tiene que decir que yo quisiera escuchar," refunfuñó él.

Penelope no podía menos que sonreír abiertamente. Cressida Twombley era considerada una líder en la sociedad, o al menos ella lo había sido cuando era más joven y soltera, pero a los Bridgertons nunca les había gustado, y de alguna manera esto siempre hacía sentir a Penelope un poco mejor.

En ese momento una trompeta resonó, el salón quedo en silencio todos dirigieron su atención al Conde de Macclesfield, que estaba de pie en la tarima al lado de Cressida, pareciendo vagamente incómodo con toda la atención.

Penelope sonrió. Le habían dicho que el conde había sido una vez un terrible libertino, pero ahora él era un tipo de estudiante, dedicado a su familia. Todavía era bastante hermoso para ser un libertino, sin embargo. Casi tan hermoso como Colin.

Pero sólo casi. Penelope sabía que no era objetiva, pero era difícil imaginar cualquier otra criatura tan magneticamente apuesta como Colin cuando sonrie.

"Buenas noches," dijo el conde en voz alta.

¡"Buenas noches a usted!" vino un grito borracho de la parte trasera edl salon.

El conde dio una cabezada bondadosa, una media sonrisa tolerante que manipulo sus labios. "Mi, er, estimada invitada aquí" – él indico a Cressida-" le gustaría hacer un anuncio. Entonces si pueden prestarle toda su atención a la señora a mí lado, Los dejo con la Señora Twombley."

Una creciente extensión de suaves murmullos creció en el salón mientras Cressida caminaba hacia adelante, saludando regiamente con la cabeza a la muchedumbre. Ella esperó quedara en finalmente en silencio, y luego ella, "Señoras y señores, gracias por hacerse el tiempo de sus festividades para prestarme su atención."

¡"Apresúrese!" alguien gritó, probablemente la misma persona que había gritado buenas noches al conde.

Cressida ignoro la interrupción. "He llegado a la conclusión que ya no puedo seguir con el engaño que ha gobernado mi vida durante estos once últimos años. "

El salón de baile se estremeció bajo la ola de susurros. Todos sabían lo que ella iba a decir, y aún nadie podía creer que fuera realmente cierto.

"Por lo tanto," Cressida siguió, su voz que creció en volumen, "he decidido revelar mi secreto.

"Señoras y señores, yo soy Lady Whistledown."

El CAPÍTULO 11

Colin no podía recordar la última vez que él había entrado en un salón de baile con tanta aprehensión.

Los últimos días anteriores no habían sido los mejores. Él había estado de un pésimo humor, que sólo había empeorado por el hecho de ser reconocido por su excelente humor, lo que significó que todos se habían sentido obligados a comentar sobre su asquerosa disposición.

Nada era mas terrible para un pésimo humor que estar sujeto a constantes preguntas, "¿Por qué estas de tan mal humor?"

Su familia había dejado de preguntarle cuando él comenzó a gruñir – ¡gruñó! – Con Hyacinth cuando ella le había pedido acompañarla al teatro la semana siguiente.

Colin nunca había sido consciente de que él sabía gruñir.

Él iba tener que pedir perdón a Hyacinth, seria toda una tarea, ya que Hyacinth nunca aceptaba disculpas graciosamente al menos no aquellas que vinieran de la compañía Bridgertons.

Pero Hyacinth era la menor parte de sus problemas. Colin gimió. Su hermana no era la única persona que merecía una disculpa.

Y por eso su corazón latía de forma extraña, rápido y nervioso, sin parar cuando él entró en el salón de baile de los Macclesfield. Penelope estaría allí. Él sabía que estaría allí porque ella siempre asistía a los principales bailes, incluso más a menudo que antes por que ahora era la chaperona de su hermana soltera.

Había algo humillante e incómodos sentimientos al mirar Penelope. Penelope era… Penelope. Era como si ella siempre estuviera allí, sonriendo cortésmente al costado del salón de baile. Y él había dado por sentado, que ella estaria. Algunas cosas no cambiaban y Penelope era una de ella.

Excepto que ella si había cambiado.

Colin no sabía cuando había pasado, o aun si alguien además de él lo hubiera notado, pero Penelope Featherington no era la misma mujer que él solía conocer.

O tal vez seguía igual, y era él el que había cambiado.

Lo que lo hizo sentirse aún peor, porque si ese fuera el caso, entonces Penelope había sido hace años interesante y encantadora y besable, y él no tenía la madurez para notarlo.

No, mejor era pensar que Penelope había cambiado. Colin nunca había sido un gran fan de la mortificación.

Independientemente del caso, él debía disculparse, y él debía hacerlo pronto. Tenia que pedir perdón por el beso, porque ella era una dama y él era (la mayor parte del tiempo, al menos) un caballero. Y tenia que pedir perdón después por comportarse como un idiota delirante, porque era simplemente correcto hacerlo.

Solo Díos sabía lo que Penelope creía que él pensaría ahora de ella.

No fue difícil encontrarla una vez dentro del salón de baile. Ni siquiera se molestó en mirar entre las parejas que bailaban (lo cual lo enfado – ¿por qué los otros hombres no pensaron en pedirle un baile?). Mejor dicho, él enfocó su atención a lo largo de las paredes, y con bastante seguridad, estaría allí, ubicada en un largo banco al de lado – OH, -Dios Lady Danbury.

Bueno, no había nada más que hacer, que caminar directamente. Por la forma en que Penelope y la vieja entrometida se tomaban las manos, él no podía esperar que Lady Danbury desapareciera pronto.

Cuando alcanzó al par de damas, él se giró primero hacia Lady Danbury en una simple y elegante reverencia. "Lady Danbury," dijo, antes de prestar atención a Penelope. "Señorita Featherington."

"Sr. Bridgerton," saludo Lady Señora Danbury, con una carencia sorprendente de agudeza en su voz, "que agradable verle."

Él asintió con la cabeza, luego contempló a Penelope, preguntándose lo que ella pensaba, y si él sería capaz de verlo en sus ojos.

Pero independientemente de lo que ella pensaba – o sentía – estaba escondido bajo una capa bastante gruesa de nerviosismo. O tal vez el nerviosismo era todo lo que ella sentía. Él realmente no podía culparla. Por la forma en que él había salido de su salón sin explicación… ella debía sentirse confundida. Y según su experiencia la confusión invariablemente conducía a la aprehensión.

"Sr. Bridgerton," finalmente murmuró, su porte entero escrupulosamente cortés.

Él aclaro su garganta. ¿Cómo extraerla de los embragues de Lady Danbury? realmente no deseaba humillarse delante de la vieja y curiosa condesa.

"Yo esperaba…" comenzó, teniendo la intención de decir que él había esperado tener algunas palabra en privado con Penelope. Lady Danbury estaba ferozmente curiosa, pero realmente no existía otra forma de lograrlo, y probablemente la haría bien ser abandonada en la oscuridad aunque fuera una vez.

Pero cuando sus labios formulaban la pregunta, él vio que algo extraño sucedía en el escenario del salón de baile de los Macclesfield. La gente susurraba y señalaba hacia la pequeña orquesta, cuyos miembros habían parado de tocar recientemente sus instrumentos. Además, ni Penelope ni Lady Danbury le prestaban atención.

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