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READ-E-BOOK » Научная фантастика » Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]
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Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]

Электронная книга - «Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]». Краткое содержание книги:

2010 D.C.
Sólo unos pocos seres humanos que habitan en las primitivas colonias en órbita en torno a la Tierra logran escapar a la hecatombe Nuclear. Deben iniciar el éxodo en busca de nuevos mundos lejos de la Tierra destruida.
27.698 D.C.
A estos mundos llegan los inmortales, seres con extraños lazos con la vieja tierra, que parecen vivir eternamente, que pueden recorres años luz en sólo unos días, y que utilizan sus extraños poderes apara controlar la existencia de los simples mortales. En el planeta Pentecostes, un pequeño grupo se prepara para encontrar a los Inmortales y enfrentarse a ellos. Pero en la búsqueda deberán transformase ellos mismos en inmortales y descubrirán una nueva amenaza que se cierne no sólo sobre ellos mismos sino sobre toda la galaxia.
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Peron dio un paso para mirar a través de la tapa del cofre más cercano. En su interior yacía Kallen, envuelto hasta el cuello por un suave material blanco. Parecía muerto. Tenía los ojos hundidos en las cuencas, y la cara gris y mustia. Peron se dirigió al otro contenedor. Allí estaba Elissa. Tembló al ver en lo que se había convertido. Sin su animación habitual, su cara era como un modelo de cera.

—¿Está seguro de que se encuentran bien? Parecen…

—No puedo perder el tiempo repitiéndome. Están bien. Ya le he dicho y mostrado más de lo que pretendía. Comerá con el resto de nosotros y le veré entonces. Si necesita comida antes, use el terminal. Orden: Llevadle a su recámara.

No había posibilidad de protestar. Rinker y la habitación con Elissa y los demás desaparecieron de repente. Peron se encontró solo con su preocupación, frustrado y perplejo, en una habitación en la que sólo había una cama, una mesa y un terminal.

Durante los juegos de la Planetfiesta había vivido momentos de terror, cansancio, suspense y desesperación. Pero no había sentido nada semejante a la frustración de las doce horas que siguieron. Cuando acabaron, Peron había tomado una decisión: si le habían clasificado como creaproblemas, se iba a ganar el título.

Sólo había querido conocer más sobre la nave y su entorno, lo que había resultado mucho más difícil de lo que esperaba. La habitación a la que había sido asignado daba a un estrecho corredor que pronto se bifurcaba hacia otras habitaciones más grandes y otros pasillos. Los había recorrido por turnos, anotando mentalmente los cambios de dirección.

Pronto descubrió la pauta. Si continuaba por el corredor de la izquierda, era libre de vagabundear como quisiera. Había encontrado un comedor y una biblioteca cuyos terminales ignoraban sus peticiones de información, pero servían comida o bebida que aparecía instantáneamente y misteriosamente delante de él en el momento en que se introducía la orden en el terminal y desaparecía con la misma rapidez en cuanto lo pedía. Conoció también a los otros miembros de la nave, todos mucho más amistosos que el capitán Rinker. Sólo eran tres. A Peron le pareció que aquel número era demasiado reducido para controlar una estructura tan grande. Pero como le había señalado Olivia Ferranti cuando llegó a su recámara en uno de sus paseos, eran más de lo que necesitaban. Todo se hacía de modo automático. El capitán Rinker solo podía encargarse de todo. En realidad, los demás estaban haciendo su primer viaje y habían venido al sistema Cass desde el Mando por sus propios motivos (que ella rehusó discutir). La doctora incluso había ofrecido una especie de disculpa por la conducta de Rinker.

—Es demasiado valioso. No hay muchas personas a las que les guste hacer estos viajes tan largos, a menudo sin compañía. Hace falta un temperamento especial. Al capitán Rinker le gusta que todo esté en orden. No puede soportar la idea de que haya perturbado usted su modo de vida.

—Pero fue Wilmer quien lo ha hecho, no yo.

—Tal vez. Pero Wilmer no está aquí, y usted sí. Así que es usted quien recibe el trato.

—¿Y se le permite mantener inconscientes a mis compañeros?

—Él es el capitán. Está al mando hasta que lleguemos a nuestro destino. Entonces tendrá que explicar sus acciones, pero no tendrá problemas, está siguiendo las reglas. Y, honestamente, no está causando ningún daño a sus compañeros. Ahora tengo que irme. Podemos seguir hablando si quiere en la próxima comida. Orden: Llevadme a las instalaciones deportivas.

Y desapareció.

Peron descubrió que podía llegar hasta la puerta de la sala de suspensión, pero ésta rehusaba abrirse. Podía formular cuantas órdenes quisiera, en cualquier tono de voz, pidiendo todo lo que se le antojara, y todas eran ignoradas.

Cuando salía de su habitación y recorría el pasillo de la derecha las cosas eran aún menos satisfactorias. El corredor izquierdo le llevaba a la parte superior de la nave, en términos de gravedad efectiva. El corredor derecho, entonces, tendría que haberle llevado a la parte inferior, y ciertamente empezaba de esa forma. Pero no importaba qué camino tomara, cuando había progresado un poco, se producía un parpadeo deslumbrador y aparecía de vuelta en su habitación, sentado ante la mesa. Toda una sección de la nave, de tamaño indeterminado, le era inaccesible.

Después de una docena de intentos fallidos, Peron se tumbó en la cama y se dedicó a pensar. Habían pasado doce horas desde su encuentro con Rinker, pero no se sentía cansado. Olivia Ferranti le había dicho que tendría poca necesidad de dormir.

—Una ventaja del espacio-L —le había dicho—. Descubrirá que duerme tal vez una hora de cada veinte.

Seguía sintiéndose de un modo peculiar, pero ella había tenido razón también en eso. Después de un cierto tiempo, se acostumbró. Aún tenía la impresión de que movía su cuerpo en un mundo donde las leyes de la mecánica habían sido modificadas ligeramente, pero la sensación desaparecía.

—¿Quiere cenar con nosotros? —La voz apareció de repente en el terminal que tenía junto a la cama. Era Garao, uno de los miembros de la tripulación que había conocido en uno de sus paseos.

—No lo creo. —Entonces se sentó rápidamente—. No, espere un minuto. Si quiero. Voy para allá.

No sentía hambre, excepto de más información. Y la única manera de conseguirla parecía ser a través de los demás. La exploración directa de la nave había sido totalmente infructuosa.

—No es necesario —dijo Garao—. Agárrese fuerte.

Notó la sensación ya familiar de desorientación y descubrió que estaba sentado en el comedor con los otros tres. El capitán Rinker no estaba presente. Como le había dicho Ferranti, el capitán prefería su propia compañía y cenaba solo.

Todos parecían aceptar de antemano que Peron no comería ni bebería lo mismo que ellos. Había cinco o seis platos diferentes sobre la mesa… todos desconocidos. Encontró algo que parecía un filete de pescado, pero claramente no lo era. Y había también varios productos parecidos a la carne con una guarnición de alguna especie de verdura. Nada sabía a lo que esperaba… y toda la comida estaba fría.

Los otros parecieron sorprenderse cuando lo mencionó. Ferranti miró a Garao y al lingüista, Atiyah, y luego se encogió de hombros.

—Tendría que habérselo mencionado antes. No se come caliente en el espacio-L. Mejor que se acostumbre.

—¿Pero por qué?

—Espere hasta que lleguemos al Mando y pregunte allí. —Ferranti se hallaba claramente cohibida por su respuesta. Estaba sentada junto a Peron, así que sólo la veía de perfil, pero su voz mostraba su incomodidad—. Por mí se lo diría, pero va en contra de las órdenes del capitán. Si le gusta la comida caliente, puede hacer que lo que estamos comiendo sea más aceptable. Es bastante fácil ordenar especias. Orden: Traed más platos para Peron Turca, pero con especias picantes.

Hubo un retraso de unos quince segundos, y entonces los nuevos platos aparecieron ante Peron. Estaba a punto de servirse cuando advirtió la expresión de Garao y Atiyah.

—¿Qué pasa? ¿No está bien que me coma esto?

—Ése no es el problema. —Garao alzó un plato vacío—, Orden: Retirad esto.

Una vez más hubo un retraso de segundos, y luego el plato desapareció de repente.

—¿Veis? —Garao parecía extrañado—. Es el mismo problema que tuvimos en el viaje de ida. Parece haber empeorado.

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