Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]
- Автор: Шеффилд Чарльз
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-7735-934-2
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]». Краткое содержание книги:
Sólo unos pocos seres humanos que habitan en las primitivas colonias en órbita en torno a la Tierra logran escapar a la hecatombe Nuclear. Deben iniciar el éxodo en busca de nuevos mundos lejos de la Tierra destruida.
27.698 D.C.
A estos mundos llegan los inmortales, seres con extraños lazos con la vieja tierra, que parecen vivir eternamente, que pueden recorres años luz en sólo unos días, y que utilizan sus extraños poderes apara controlar la existencia de los simples mortales. En el planeta Pentecostes, un pequeño grupo se prepara para encontrar a los Inmortales y enfrentarse a ellos. Pero en la búsqueda deberán transformase ellos mismos en inmortales y descubrirán una nueva amenaza que se cierne no sólo sobre ellos mismos sino sobre toda la galaxia.
La mujer le tendió la mano, y de repente en ella apareció un recipiente con un líquido de color amarillo pajizo.
—Quiero que intente cogerlo. ¿Puede hacerlo? Luego bébaselo todo y trate de hablar conmigo.
Peron alzó el brazo y una vez más sintió que las leyes de la física habían cambiado. Tuvo que controlar deliberadamente su mano para que se moviera en la dirección que quería. Tomó con cuidado el recipiente, se lo llevó a los labios y bebió. Fue como un bálsamo que suavizó su garganta y le hizo ver por primera vez lo desesperadamente sediento que estaba. Lo bebió todo.
—Bien. Orden: Retiradlo.
El recipiente desapareció. La mujer parecía un poco menos irritada.
—¿Puede hablar? Intente decir alguna palabra.
Peron tragó saliva, dio una orden a sus cuerdas vocales y fue recompensado con un gruñido y una tos seca. Lo intentó de nuevo.
—Ssséé… S-ssí —su voz le sonaba extraña.
—Excelente. Dele tiempo. Y escúcheme. Tiene que saber unas cuantas cosas, y no ganamos nada con esperar. ¿Sabe quiénes son los Inmortales?
—Vissi-vizzit-n Pen-ctés. No ssé si hum-nos o no. Beben… viven eeter-namente.
—Ojalá fuera verdad. —La mujer le dirigió una sonrisa amarga—. Soy una Inmortal. Y ahora también lo es usted. Pero no vivimos eternamente. Viviremos unos mil setecientos años según nuestras mejores estimaciones… si es que no nos matan antes. Eso es algo que tiene que aprender. Se le puede matar con tanta facilidad como antes. Vivir en el espacio-L no le protegerá. ¿Comprende?
—Commm-prendo. —Peron sentía como si le hubieran estirado la piel de la cara y por eso no podía mostrar la emoción que sentía. Si era un Inmortal, ¿qué les había ocurrido a los otros? ¿Sobreviviría a Elissa mil seiscientos años? Ninguna buena noticia podía hacer que aceptara aquel pensamiento. Alzó la cabeza, una vez más, aquella extraña sensación, y miró directamente a la mujer—. ¿Qué s-cedió a lostros en Rem-linó?
—No estoy en posición de decírselo. Lo que sí le digo es que lo que Wilmer hizo por usted ha creado más problemas de los que pensaba. Antes de que se nos permita decirle más, tenemos que conseguir la aprobación del Mando del Sector, y eso significa que tenemos por delante un largo viaje. Ya llevamos casi cinco horas de viaje, y nos faltan unos dos días para llegar. Hasta entonces, tendrá que ser paciente. Mi paciente, en realidad. —Le dirigió su primera sonrisa real—. Puede empezar descansando un poco. En unos minutos sentirá la reacción del historex y le voy a dar otro sedante. Orden: Cinco centímetros cúbicos de asfanol.
Siguió sin apreciar nada visible, pero otra vez notó dolor en el muslo. Peron no estaba dispuesto a irse a dormir… había cien preguntas por contestar, y no estaba seguro de por dónde empezar.
—¿Vamos a regresar a la Nave?
La mujer pareció primero molesta, luego divertida.
—No. No puedo decirle mucho, pero sí eso. Vamos a hacer un viaje más largo. El Mando del Sector está fuera del sistema Cass… casi a un año-luz de distancia de Cassay y Pentecostés.
—Y estaremos allí en dos días. ¡Así que efectivamente viajan más rápido que la luz!
Ahora ella parecía muy incómoda.
—No puedo decirle nada. Soy un médico, no un… maldito administrador. —En su tono había irritación hacia algo o hacia alguien, y Peron archivó el dato para futuras referencias—. Pero no viajamos más rápido que la luz. En el espacio-L, la luz viaja casi dos mil años-luz de distancia normal en uno de nuestros años. Viajamos sólo a una fracción de la velocidad de la luz.
Peron quedó abrumado por el pensamiento. ¿Podía estar diciéndole la verdad? Si así era, el Sol y la Tierra estaban sólo a un par de meses de distancia. Y si ya llevaban cinco horas de viaje, debían haberse adentrado ya profundamente en el espacio interestelar. Empezó a sentirse cansado pero, de repente, tuvo el terrible deseo de volver a ver a Cassay. ¿Cómo sería el panorama a esta tremenda velocidad?
—¿Qué le pasa? —preguntó la mujer. Viendo su expresión.
—¿Podemos mirar… las estrellas?
Ella sacudió la cabeza.
—A veces yo misma tengo ese deseo. Cuando se despierte, eche un vistazo a la habitación contigua. Hay un ventanal. Descubrirá que las cosas son bastante diferentes en el espacio-L. Pero ahora tengo que irme. Mi nombre, por cierto, es Ferranti. Doctora Olivia Ferranti. Nos veremos regularmente hasta que estemos seguros de que su condición vuelve a ser estable. Volveré mañana. Sea paciente. Orden: Llevadme a mi apartamento.
—Pero…
Peron no se molestó en terminar la frase. La mujer se había desvanecido instantáneamente. Treinta segundos después, las drogas se apoderaron de él y se quedó dormido.
La habitación en la que había recuperado el conocimiento por primera vez carecía de ropas, comida y bebida. Había un terminal cerca de la mesa, que claramente debía de comunicar con otras partes de la nave, pero cuando despertó de nuevo, Peron resistió su primer deseo de llamar y pedir algo de comer. Se sentía hambriento y extrañamente desorientado todavía, pero había otras prioridades que atender antes.
Todos los monitores que había junto a la mesa funcionaban aún, pero ahora recibían datos telemétricos cuya fuente eran los pequeños sensores que tenía colocados en el cuerpo. Indudablemente aquellas señales pasaban a otro ordenador central, pero posiblemente aquél respondía sólo a las emergencias. Peron sintió que debería tener al menos unos pocos minutos antes de que sus acciones fueran controladas de nuevo. Se bajó de la mesa, recuperó el equilibrio y se dirigió a una de las dos puertas de la habitación.
La puerta conducía a un pasillo sin ventanas. Elección equivocada. Volvió sobre sus pasos y descubrió que la otra puerta conducía a una habitación más grande con una gran portilla transparente en un extremo. Peron se acercó y se asomó a ella.
Ciertamente había esperado algo distinto del paisaje normal del sistema Cass; tal vez las constelaciones familiares sutilmente variadas. Pero lo que estaba contemplando era completamente inexplicable.
Más allá de la portilla el cielo estaba cubierto por un débil brillo blanquecino. No parecía tener ninguna orientación, y en todas partes tenía el mismo brillo uniforme. No había estrellas, ni nebulosas, ni nubes de polvo estelar, ni galaxias. El Universo entero había desaparecido, perdido en un resplandor difuso.
Peron notó que la cabeza le daba vueltas. Estaba en el espacio-L, y éste era tan diferente de todo lo que había imaginado que no tenía ni idea de qué hacer a continuación. Si estuviera prisionero (así era como empezaba a percibir su situación a bordo de la nave), y se hallara en un entorno ordinario tal vez podría intentar algo. ¿Pero qué podía hacer aquí? No había nada en la ciencia de Pentecostés que indicara siquiera la posibilidad de eso. Sy, con muchos más conocimientos científicos que Peron, se habría reído de la idea.
Peron se sintió molesto por un momento. Si Sy estuviera aquí y viera hasta dónde habían llegado sus teorías…
El resto de la habitación carecía de muebles o de fuentes de información útiles. Había un juego de pequeñas puertas o paneles en la base de la pared, cada uno de sólo unos centímetros de altura, pero no pudo abrirlos. Se dio la vuelta para regresar al pasillo y recordó que tenía hambre y sed. Recordó la habilidad de la doctora Ferranti para conjurar cualquier cosa de la nada. (También tendría que pedirle a Sy que tratara de explicar eso.) ¿Podría funcionar también con él? No perdía nada con intentarlo.
—Orden. —Aunque estaba solo, se sintió ridículo. Lo que estaba intentando era imposible. Pero había funcionado antes. Estaba seguro—. Orden: Traedme una bebida.