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READ-E-BOOK » Научная фантастика » Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]
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Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]

Электронная книга - «Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]». Краткое содержание книги:

2010 D.C.
Sólo unos pocos seres humanos que habitan en las primitivas colonias en órbita en torno a la Tierra logran escapar a la hecatombe Nuclear. Deben iniciar el éxodo en busca de nuevos mundos lejos de la Tierra destruida.
27.698 D.C.
A estos mundos llegan los inmortales, seres con extraños lazos con la vieja tierra, que parecen vivir eternamente, que pueden recorres años luz en sólo unos días, y que utilizan sus extraños poderes apara controlar la existencia de los simples mortales. En el planeta Pentecostes, un pequeño grupo se prepara para encontrar a los Inmortales y enfrentarse a ellos. Pero en la búsqueda deberán transformase ellos mismos en inmortales y descubrirán una nueva amenaza que se cierne no sólo sobre ellos mismos sino sobre toda la galaxia.
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Antes de que Peron tuviera tiempo de objetar nada, Wilmer se le había colocado al lado y sintió el agudo aguijón de una aguja en el músculo trapecio izquierdo.

—Ahora tenemos menos de un minuto antes de que empieces a sentirte atontado. —Wilmer había arrojado la hipodérmica y estaba sacando otra—. Escucha atentamente. Quiero que desconectes todos los cierres del traje para que podamos sacarte sin problemas cuando estés inconsciente. No hables. Sigue intentando respirar todo lo lentamente que puedas. Cuando pienses que va a vencerte, no intentes resistirte. Déjalo que ocurra. ¿De acuerdo?

El área helada en el centro de su estómago se extendía rápidamente subiendo hasta su torso. Al mismo tiempo, tuvo la sensación de que el horizonte de Remolino se estaba retirando, alejándose más y más. Asintió a Wilmer y manipuló los controles que transferían todos los cierres del traje al acceso externo. Su respiración le parecía rápida y entrecortada, y se esforzó por inspirar lenta y firmemente.

—Buen chico. Lamento no tener tiempo para explicaciones, pero nunca había oído que esta situación se hubiera producido antes. Acabarán conmigo cuando descubran qué es lo que intento hacer, pero tienes suerte. Una vez tuve problemas en Remolino, hace más de trescientos años. Y recuerdo cómo me sentía. —Wilmer le dio un apretón de manos—. Buena suerte, Peron. Si te despiertas, estarás en el Espacio-L.

En el espacio-L. «Si sobrevivo, —pensó Peron—, habrá un misterio resuelto.» Devolvió el apretón a Wilmer.

—Me hará falta ayuda —dijo Wilmer. Había vuelto a conectar el circuito abierto—. Tenemos que sacar a Peron de ese traje en cuanto la presión nos lo permita. Y estará inconsciente. Elissa, ¿quieres organizado de la manera más rápida posible?

Peron sintió el deseo irracional de reír. Wilmer, dijo una voz en su interior, mi extraño y calvo amigo, cómo has cambiado. Allá en Pentecostés eras un viejo gusano tardón y ahora te has transformado en una mariposa de alas doradas. ¿O será en una planta, una forma exótica que sólo florece fuera del planeta? De repente, esa cuestión fue muy importante, pero sabía que no podría conseguir una respuesta.

Había perdido el control. Sabía que estaban a punto de entrar en el domo, pero no pudo ver la puerta. Ni las estrellas, ni el suelo. La escena que se desarrollaba ante él empezaba a apagarse poco a poco. Era como un puzzle gigantesco donde todas las piezas eran negras. Sólo podía ver a Wilmer que aún le sostenía la mano.

«Así que esto es lo que se siente al morir. La verdad es que no está mal. Nada mal.»

La última pieza del puzzle fue colocada en su sitio. Wilmer desapareció y el mundo entero se volvió negro.

17

Despertar fue una agonía.

Comenzó sólo como un murmullo de voces que hablaban un lenguaje familiar pero con un tono y una entonación tan agudos que apenas eran comprensibles. Era como la voz de una máquina. Se esforzó por entenderlas.

—…poco más de asfanol… unos cuantos minutos más… hasta que sepamos qué hacer con los poros (¿los otros?)… los latidos del corazón cortantes (¿constantes?)…

Luego una afirmación más clara con una voz baja, furiosa y petulante.

—Maldita molestia. No podemos hacer nada hasta que tengamos un estamento policial. ¿Por qué ese loco tuvo que hacer lo que hizo? Nos llevará un mes…

Estaba respirando. El aire caliente entró en sus pulmones cauterizando los delicados alveolos con cada inspiración. Lo sintió arder a través de la barrera de la sangre, y luego embriagadores ríos de oxígeno surcaron las arterias y los capilares hasta el último rincón de su cuerpo. Sintió una agonía al reanudarse la circulación, acompañada de espasmos musculares que no podía controlar.

Peron movió la lengua, y cuando ésta tocó sus dientes le pareció seca e hinchada, demasiado grande para su boca. Pero cuando la pasó por los labios notó una sensación lustrosa, una textura de glicerina y un sabor que se infiltró en su boca. Gruñó de disgusto, pero ningún sonido surgió de su garganta.

—Está despierto —dijo otra voz—. Prepárate. Peron Turca: ¿puede abrir los ojos?

Peron intentó hacerlo. Parecía como si tuviera las pestañas pegadas, pero con algo de esfuerzo consiguió liberarlas. Entreabrió los ojos y encontró que estaba mirando un techo gris pálido que se curvaba para encontrarse con unas paredes del mismo color. En algún lugar a su derecha había un sonido constante de contracción y pulsación.

Giró la cabeza. Los músculos de su cuello crujieron, se resistieron pero obedecieron su orden mental. Estaba tendido junto a una gran masa de equipo médico, monitores, bombas, V/Is y unidades telemétricas. Numerosos tubos y cables corrían por su brazo desnudo. Otros se extendían hasta su nariz y bajaban por su cuerpo. Estaba desnudo.

Alzó la cabeza. Sintió que había algo sutilmente distinto al hacer el movimiento, pero no parecía que fuera un problema interno. Más bien era como si las leyes de la mecánica hubieran cambiado, y que aunque no estaba claramente en caída libre, tampoco se movía bajo ninguna forma normal de gravedad.

Y también pasaba algo raro con sus ojos. Muy raro. Podía ver, pero todo era difuso e indiferenciado, con los contornos pobremente definidos y con todos los colores convertidos en sombras pastel.

Peron giró la cabeza hacia la izquierda. Junto a la mesa en la que se encontraba había una mujer de mediana edad que le miraba con el ceño fruncido, en obvia desaprobación. Su cara tenía una piel suave, casi de bebé, y llevaba una capucha azul firmemente sujeta a su cabeza.

—De acuerdo —dijo. No parecía estar hablándole a Peron—. El control motor parece correcto. Orden: Tres centímetros cúbicos de historex en el muslo.

Era la voz que había oído en primer lugar, y una vez más sonó ronca y extrañamente mecánica. No vio ni oyó nada, pero después de unos segundos sintió un pinchazo en el muslo. Entonces el dolor que notaba en todos los músculos empezó a menguar. La mujer miró su expresión y asintió.

—Excelente. Orden: Comprobad los monitores, y si son satisfactorios, retirad las sondas. Con cuidado.

Peron miró las sondas que se introducían en su cuerpo y se aseguró de que no apartaba los ojos de ellas. Una vez más ni vio ni sintió nada, pero después de un instante las sondas desaparecieron, y también el tubo que había en su nariz. Emitió un suspiro largo y temblequeante. El fuego en sus pulmones continuaba aún.

La mujer parecía todavía molesta.

—Se siente extraño e incómodo. Lo sé. El espacio-L tiene al principio ese efecto en todo el mundo. No dura mucho. Agradezca que está vivo cuando debería estar muerto.

¡Vivo! Vivo. Peron recordó de repente los últimos minutos en Remolino. Se estaba muriendo allí, resignado a lo inevitable, seguro de su final. ¡Y aquí estaba! ¡Vivo! Todo el dolor desapareció en un momento, anulado por la certeza de la vida. Quiso hablar, emitir un gran grito de alegría ante el simple hecho de que existía, pero una vez más no consiguió hacer surgir las palabras.

—No lo intente —dijo la mujer—. Todavía no. Tendrá que aprender a hablar, y eso lleva un rato. Y no se frote los ojos; funcionan normalmente, pero las cosas parecen diferentes aquí. Hay cosas que hacer antes de que esté preparado para hablar. Ese loco de Wilmer nos ha creado un buen problema, pero supongo que no podemos hacer otra cosa. No podemos matarle ahora. Orden: Dadle algo de beber. El agua servirá, pero comprobad los balances de iones y el azúcar de la sangre, y haced las adiciones necesarias si le hace falta algo.

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