Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » La Luna De Los Asesinos
La Luna De Los Asesinos - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Luna De Los Asesinos

Электронная книга - «La Luna De Los Asesinos». Краткое содержание книги:

Parker, el personaje más emblemático creado por Donald E. Westlake (Brooklyn, Nueva York, 1933), es un ladrón profesional y, eventualmente, un asesino. Un hombre frío y calculador, reservado hasta la exasperación y dueño de una inteligencia más que destacable. Dos años atrás, Parker se vio obligado a abandonar en la pequeña y apacible ciudad de Tyler, en el estado de Mississippi, los setenta y tres mil dólares de botín de un robo a un coche blindado. Ahora ha llegado el momento de recuperar lo que es suyo, y para ello se va a ver involucrado en una guerra entre las mafias que controlan la ciudad. Parker, acompañado por Grofield, su cómplice, tendrá que demostrar su profesionalidad y agudizar el ingenio para lograr su objetivo, tarea nada fácil dado el poder de sus adversarios…
Escrita en 1974, La luna de los asesinos es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de este gran escritor norteamericano que revolucionó el género policíaco al ofrecer una nueva concepción que se aleja de los lugares comunes y los viejos clichés que siempre lo habían acompañado. El estilo ágil y directo, sin florituras ni descripciones innecesarias, acompañado de un elegante sentido del humor, acentúa la tensión de la novela, que no deja de crecer desde la primera página, hasta resolverse en un final brutal e inolvidable que revela la precisión narrativa de uno de los principales escritores norteamericanos de novela policíaca del siglo XX.
1 ... 34 35 36 37 38 39 40 41 42 ... 71
Перейти на страницу:

Cuando se adentraba en la calle de Dutch, vio la furgoneta de reparación de televisiones y supo que eso significaba que los federales o el DIC estatal estaban registrando su llegada, pero no se preocupó mucho. La policía ya sabía quién era él y poco importaba si visitaba a Dutch Buenadella o no. Además, el problema principal no era la policía. Al menos, no la policía de fuera. Su problema principal era el policía de dentro, Calesian.

Fue una de las feas sirvientas de Buenadella quien lo condujo hasta la oficina, donde Buenadella estaba sentado tras su escritorio, con aspecto desasosegado e infeliz, incluso algo enfermo, mientras Calesian se paseaba de un lado a otro con pasos lentos y medidos, la cabeza inclinada hacia el suelo, obviamente pensando. Miró a Shevelly y se detuvo en medio del cuarto para decir:

– Hola, Ted.

Shevelly consideró importante mantener la jerarquía. No sabía a qué obedecía ese sentimiento, pero lo obedecía siempre.

– Hola, Dutch -le dijo a Buenadella, y luego se volvió para saludar a Calesian-: Harold.

Pero ya era tarde para mantener las jerarquías. Calesian había tomado la voz cantante y Shevelly no tardó en darse cuenta de ello. Buenadella estaba en su escritorio, con aspecto preocupado, y sus ojos no se apartaban de Calesian; era éste el que hablaba, con voz dura y autoritaria, mientras reanudaba su paseo.

– Tenemos un problema, Ted -dijo-. Parece que Parker y Green mataron a Al Lozini.

– ¿Qué?

– Lo siento, Ted -Calesian se detuvo para tocar el brazo de Shevelly, y luego siguió-: Sabía que estimabas mucho a Al, y lamento decírtelo así.

– ¿Qué diablos…? -Shevelly no podía aceptarlo-. ¿Por qué?

– Creo que se impacientaron -contestó Calesian-. Supongo que fue por eso, por impaciencia. Estudiaron la situación y decidieron que Dutch sería probablemente el número uno si Al moría, de modo que lo liquidaron y se pusieron en contacto con Dutch para decirle que si en veinticuatro horas no reunía los setenta y tres mil dólares lo matarían a él y tratarían con Ernie Dulare.

– ¡Dios santo! -exclamó Shevelly.

– Todo sucedió esta mañana -explicó Calesian-. Dutch me llamó y entre los dos preparamos una encerrona; Dutch les dijo que vinieran aquí a recoger el dinero. Cuando vinieron herimos a uno, pero el otro se escapó.

– ¿Cuál?

– Parker.

– Tiraste contra el que no debías -dijo Shevelly.

– Los dos son pájaros de cuidado -contestó Calesian-. Lo que pasa es que Parker es más notorio, eso es todo… Lo que importa es que todavía anda por ahí. Tenemos que liquidarlo antes de que cause más problemas. Ya tenemos suficiente con las elecciones del martes.

Shevelly se pasó la palma de la mano por la frente:

– Todos estos malditos asuntos a la vez -comentó-. Y Al… no puedo creerlo.

Buenadella intervino por fin:

– Yo quería a Al Lozini -aseguró.

Su voz temblaba el decirlo; Shevelly, al mirarlo, sospechó que el temblor se debía más al miedo que al afecto, pero no hizo ningún comentario.

– El asunto -volvió a decir Calesian- es terminar con Parker. Tenemos que atraerlo de nuevo y liquidarlo.

– ¿Atraerlo? -preguntó Shevelly-. ¿Cómo?

– Sé cómo ponerme en contacto con él -agregó Calesian-. Puedo arreglar un encuentro con él, una reunión. Tú vas a verlo, le cuentas la historia y él viene.

– Estás loco -dijo Shevelly-. ¿Por qué va a querer encontrarse conmigo? Creerá que es otra trampa.

– Le dejaremos elegir el lugar a él -contestó Calesian-. No será una trampa, así que nos da lo mismo el sitio. Lo importante es contarle la historia; eso lo hará venir.

– ¿Qué clase de historia -preguntó Shevelly- crees que puede hacer venir a Parker a un sitio donde puedes atraparlo?

– Una historia con pruebas -respondió Calesian. Fue al escritorio de Buenadella y cogió una cajita blanca, del tipo de las que traen los gemelos o los anillos baratos, rellenas con algodón. Shevelly notó que Buenadella miraba la caja con repugnancia y torcía los labios, como si estuviera a punto de vomitar.

Calesian le entregó la caja a Shevelly.

– Esta prueba -dijo, y abrió la caja. Dentro, en el inevitable algodón, había un dedo cortado justamente por la segunda articulación.

XXXI

Cuando Parker regresó a casa de Lozini, el mayordomo le dijo:

– Hubo un aviso telefónico para usted. Pero no del señor Lozini.

No, no de Lozini.

– ¿De quién? -preguntó Parker.

– Del detective Calesian. Dejó un número para que usted lo llamara.

Parker miró al trozo de papeclass="underline" un nombre, siete números.

– ¿Este número significa algo para usted?

– Sí, señor -respondió el mayordomo. En la última hora había perdido el miedo, o se había acostumbrado a él; fuera como fuera, ahora estaba mejor y actuaba más relajado-. Es uno de los números de la casa del señor Buenadella -dijo.

– Perfecto -contestó Parker-. Llame a Dulare, a Shevelly, a Faran, a Walters y a Simms. Quiero verlos aquí a los cinco ahora mismo. Usaré este teléfono, usted use el otro.

El mayordomo lo miró indeciso.

– ¿No se opondrá el señor Lozini? No me dejó instrucciones…

– Usted conoce esos cinco nombres -le interrumpió Parker-. El señor Lozini quiere que vengan aquí.

Al mayordomo esto le pareció sensato.

– Está bien -respondió-; sólo quería asegurarme.

Parker fue al teléfono y un segundo después el mayordomo se iba. Parker marcó el número del papel, a la primera señal de llamada respondió la voz de Buenadella, trémula.

– ¿Sí? ¡Hola!

– Parker.

– Oh. -Buenadella parecía casi aliviado, como si cualquier otro pudiera darle peores noticias-. Escuche, Parker -dijo-, no fue idea mía. Fue un error.

Un error de Calesian; Parker ya se lo había imaginado. Y Calesian estaba en el despacho con Buenadella, por eso éste lo había identificado por su nombre.

– ¿Parker?

– Aquí estoy.

– No contestó.

– No sabía que hubiera terminado -respondió Parker.

– No… en realidad no he terminado. -La voz de Buenadella se volvía cada vez más nerviosa, como la de un estafador a punto de venderse a sí mismo. El problema de Buenadella es que no era suficientemente delincuente; podía enredar a alguien como Lozini cuando se trataba de política o de negocios, pero un trabajo como el de Lozini no era para un político o un comerciante. Buenadella lo habría descubierto tarde o temprano; podía considerarse afortunado de haberlo descubierto antes de probarse la corona.

– ¿Parker?

– Si tiene algo que decir, Buenadella, adelante, dígalo.

– Sobre su socio…

– Ése no es el asunto.

– Está bien. El dinero.

Otra maldita pausa. ¿Qué quería Buenadella, hablar del tiempo, cómo está su esposa y sus hijos, qué le parecieron los delfines de Miami? Una maldita comida de negocios por teléfono.

– Tengo prisa, Buenadella -dijo Parker.

– Quiero una entrevista. -Lo dijo de un tirón; se había decidido al fin a decir la mentira.

– ¿Para qué?

– Para… para explicarnos. Para hacer otro trato.

– ¿Dónde y cómo?

– Donde usted diga. Y no será conmigo, ni con Calesian, ni con ningún otro de los míos. ¿Conoce usted a Ted Shevelly, no?

– Sí.

– No trabaja para mí, en absoluto. Es fiel a Lozini.

Parker lo creyó. Era sensato mandar un cordero al matadero.

– Está bien.

– Él llevará el mensaje -dijo Buenadella-. Usted se encontrará con él, hablarán y tomará su decisión. ¿De acuerdo?

1 ... 34 35 36 37 38 39 40 41 42 ... 71
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)